El gran impacto de la Caldera de Taburiente

noviembre 13, 2009

Juan Carlos Díaz Lorenzo

La línea que bordea las dos principales cadenas montañosas de La Palma forma un arco de 270 grados, en cuyo interior se encuentra la grandiosa Caldera de Taburiente, una de las depresiones más grandes del mundo y un espacio de gran belleza natural. Ocupa una superficie de 4.525 hectáreas, de las cuales 3.871 pertenecen al Parque Nacional.

Tiene un diámetro de casi 10 kilómetros en dirección NE-SW, un perímetro de 28 kilómetros y una profundidad considerable, con escarpes verticales que casi alcanzan los 900 metros, y sus paredes acantiladas llegan hasta los 2.400 metros, es decir, que tiene unos abismos de unos 1.500 metros salvados mediante dos escarpes escalonados y casi verticales de 850 y 650 metros, respectivamente, por debajo de los cuales continúan aún hasta el fondo en taludes de más de 600 metros cubiertos por bellos pinares. Todos los barrancos que forman la red interior confluyen en el paraje denominado Dos Aguas y hacia el Oeste se abre por el barranco de Las Angustias.

Debido a su gran atractivo, la investigación sobre la Caldera en sus diferentes aspectos ha sido mucho más amplia que la dedicada al resto de La Palma. Existen pocos casos en el mundo en los que se pueda contemplar el substrato de un territorio en una secuencia de algo más de 2.400 metros de altura, con un corte casi vertical que presenta una gran diversidad de materiales y plantea numerosos problemas relacionados con su fase constructiva. Todo ello ha dado origen a diversas teorías, que han ido cambiando a medida que ha avanzado el conocimiento del planeta y la génesis de Canarias.

Inicialmente fue considerada como un gigantesco cráter de explosión, lo que hizo suponer un diámetro primitivo de unos 30 kilómetros, lo cual la convierte en el mayor del mundo. Sin embargo, estudios posteriores asignan su origen a la erosión que destruyó la cúpula que pudo existir en su lugar. Ingentes desplomes de masas, evacuados por las aguas, han configurado su extraordinario aspecto, en el que abundan los “riscos lisos”, que son claros indicadores de los desgastes producidos al ser socavados los materiales de los cimientos.

Toda la vertiente exterior aparece muy abarrancada y forma grandes cañones, como consecuencia de que los barrancos aún no han tenido tiempo para ensanchar su cauce. Los interfluvios constituyen tablados inclinados con aristas de cierta agudeza, aunque no existe homogeneidad. Abundan los conos, que afectan a la erosión y provocan variables en los cursos de los barrancos. Los circos tienen, a veces, un gran desarrollo, como es el caso de la caldera de Marcos y Cordero en el barranco del Agua y la de Siete Fuentes, en el barranco de Los Hombres.

En la vertiente oriental de la Cumbre Nueva se forman los lomos, que son ondulaciones de perfil regular, lo que indica que su formación se produjo con una cobertura vegetal y son relieves con rasgos únicos en Canarias. Desde la arista de la Cumbre se divisa la sucesión paralela de lomos y barrancos, que se hace más notable cuando descienden en altura, unos llamados lomos cortos, que terminan en espigón y otros lomos muertos, que son los que se inician mucho más abajo.

La orografía se compone de un vasto circo montañoso y volcánico, que tiene una gran rotura entre el Pico de las Ovejas y el Bejanado, conocida como La Cumbrecita, un paraje cubierto de vegetación arbórea de gran belleza, que la asemeja a la forma de un balcón desde el que se puede admirar parcialmente la Caldera. Las estribaciones del Bejenado se proyectan hacia el interior del cráter y su caída está erosionada hacia el Lomo de los Caballos, en la pared Sur de la Caldera.

Desde el Pico de las Ovejas, Pico de la Nieve, Piedra Llana o Roque de los Muchachos, la orografía de la Caldera de Taburiente permite apreciar una impresionante cadena de barrancos, que se suceden en forma de abanico hasta el barranco de las Angustias, en el que coinciden todos ellos para encauzarse hacia el mar.

La forma circular permite divisarla desde cualquiera de los picos de referencia, lo que permite admirar la extraordinaria formación geológica y el discurrir de sus aguas, que vierten desde diversos nacientes para coincidir en Dos Aguas, al pie del legendario roque Idafe, canalizadas por las Haciendas de Argual y Tazacorte para regar el valle de Aridane.

Los límites de la Caldera de Taburiente están delimitados por la crestería dominada por el Pico de la Cruz y Piedra Llana (2.321 metros), en el Noreste; Pico de la Nieve (2.247 metros), Pico del Cedro (1.914 metros), de las Ovejas y Corralejo (2.044 metros), en el Este. Continuando por las líneas que unen el Pico de las Ovejas y el Bejenado (1.864 metros), pasa por La Cumbrecita y desde aquí sigue hacia la parte superior del Roque Idafe y Somada Alta (1.926 metros) por el Sur, para seguir por la cumbre marcada por los picos denominados Roque Palmero (2.310 metros) y Roque de los Muchachos por el Oeste; y cerrando la línea Norte, la Cumbre, que enlaza este último vértice con Fuente Nueva (2.366 metros), Tamagantera (2.299 metros) y Pico de la Cruz.

Escarpes de las paredes interiores de la Caldera de Taburiente

La Caldera de Taburiente sugirió a Leopold von Buch su teoría de los cráteres de levantamiento. “Ningún volcán en el mundo -escribe- presenta un cráter de levantamiento de tan gran circunferencia y de tan sorprendente profundidad. Sería vano el querer subir desde el fondo hacia su cresta, o bajar desde esta alta región al fondo”. Agrega que “masas inaccesibles de muchos miles de pies de elevación la cercan por todas partes” y se pregunta “¿dónde se puede encontrar algo tan prodigioso? ¿dónde existe un cráter con un círculo tan gigantesco, en el que los roques circundantes descubren al observador, desde una altura tan asombrosa, la naturaleza de las masas ocultas bajo el suelo que pisa?”.

Sin embargo, casi treinta años después, en 1864, Charles Lyell formuló la tesis de su origen erosivo. El eminente profesor palmero Leoncio Afonso dice, no obstante, que “los palmeros siempre han considerado más sugerente la idea del cataclismo para explicar la formación de la Caldera, que el más largo y lento fenómeno de la erosión”.

Los viajeros, exploradores y científicos, ingleses en su mayoría, que llegaron a La Palma a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, y sobre todo en igual período del siglo siguiente, quedaron sobrecogidos ante la espectacularidad y grandiosidad de la Caldera.

En 1764, George Glas, en su Descripción de las Islas Canarias, escribe que “esta montaña tiene una hondonada, como el Pico de Tenerife; la cima es aproximadamente de dos leguas de diámetro en todos los sentidos, y en la parte interior baja paulatinamente desde allá arriba hasta el fondo, el cual es un espacio de unos treinta acres.

Por las laderas del interior surgen varios riachuelos, los cuales se unen todos en el fondo, y forman una sola corriente a través de un paso hacia fuera de la montaña desde donde desciende, y después de recorrer una cierta distancia mueve dos trapiches. El agua de esta corriente es dañina, debido a estar contaminada por otras aguas de calidad perjudicial, que con ella se mezclan en la caldera”.

A comienzos del siglo XIX, en 1803, el oficial francés Bory de Saint-Vincent, en su libro Ensayos sobre las Islas Afortunadas y la antigua Atlántida o compendio de la Historia General del Archipiélago Canario, describe La Palma y dice que “es muy alta. El centro, donde nieva con frecuencia, está cubierto de bosques oscuros, cuyos pinos producen mucha resina e incluso una madera bastante buena, que se utiliza para construir las barcas que se envían a pescar en la costa de Berbería”.

En 1850, Pascual Madoz, en el capítulo que dedica a La Palma en su célebre Diccionario, escribe que “la parte Norte puede considerarse como producto de un solo volcán, que en tiempos muy remotos ardió en su centro con tanta o mayor fuerza que el Etna o el Vesubio, y que apagado siglos antes de la conquista dejó allí un cráter o caldera rodeada de lomas o barrancos, que como radios de un mismo centro siguen hasta las costas formando del todo una sola montaña, cuya elevación sobre el nivel del mar (en su pico llamado Roque de los Muchachos) se ha calculado en 8.000 pies de París; montaña cuyas alturas son generalmente quebradas, fragosísimas é intransitables”.

En 1884, el arquitecto francés Adolphe Coquet, en su libro titulado Una excursión a las Islas Canarias, describe su visita a la Caldera y escribe que “estamos al borde de una muralla cortada a pico que forma por debajo de nosotros un circo enorme, cráter abierto de 1.000 metros de profundidad en cuyas paredes se apretuja una vegetación tupida de árboles y plantas de todas clases. Este cráter tiene seis leguas de circunferencia, su profundidad da vértigo y está lleno de nubes que se elevan rápidamente con el sol, dejando ver el fondo del abismo, por donde corre un pequeño arroyo. Cabras, pastores medio salvajes y palomas torcaces que pasan volando por el aire son los únicos habitantes de este paraje extraño producido por una gran conmoción volcánica, maravilla olvidada de este rincón perdido de la Tierra, último resto de la Atlántica engullida”.

Olivia Stone, que alcanzó el Roque de los Muchachos en su visita a La Palma en 1887, escribe en su libro Tenerife y sus seis satélites, que “la vista es grandiosa, tanto que, si pudiera transferirse a algún lugar cercano a Inglaterra, pronto se convertiría en una atracción universal. Incluso para nosotros resultaba magnífica, aunque es posible saciarse con tal exceso de bellos paisajes que finalmente empalagan a la vista, al igual que ocurre con los caramelos y el paladar. No es posible, creo, disfrutar realmente de ningún paisaje hasta que nos familiarizamos con él, no con la familiaridad de los que han nacido y crecido conociendo sus bellezas, que frecuentemente hace que no lo valoremos, sino con esa familiaridad que surge cuando conocemos algo tras alcanzar nuestra madurez”.

“En verdad -relata Charles Edwardes en 1888, en su libro Excursiones y estudios en las Islas Canarias-, la Caldera frustra cualquier pluma o lápiz. Su inmensidad desafía al artista, y un escritor ha de estar inspirado para reproducir en otros el efecto que lucha por conseguir. Uno podría hablar de su longitud y anchura, enumerar las montañas que la guardan tan celosamente del mundo exterior, incluso analizar las rocas y cantos que accidentan su fabuloso lecho, y contar los milenios que han transcurrido desde que sus profundas llamas iluminaron los precipicios que se hunden casi perpendiculares varios miles de pies desde su borde circular. Pero, después de todo, ¿qué representarían estos áridos datos?. Los colores de esta enorme depresión no pueden ser capturados. Es imposible ir más allá de simplemente sugerir los vívidos contrastes entre las tremendas paredes de roca que permanecen a la sombra y aquéllas a las que el sol extrae toda su belleza, al trazar las cristalinas líneas carmesí, púrpura y blancas que las surcan irregularmente desde el pico hasta la base; entre los sombríos troncos de los abetos (sic), muertos de vejez y nunca tocados por el hacha del leñador, y los jóvenes y lozanos pinos que refulgen bajo el cielo del mediodía con el intenso vigor que da la vida; o entre las dimensiones de esta hondonada, aislada del mundo, y su silencio, rara vez roto por el retumbante estruendo que provocan las avalanchas en su camino hacia las tumultuosas profundidades”.

A finales del siglo XIX, René Verneau, en su libro titulado Cinco años de estancia en las Islas Canarias, se refiere a la Caldera como “un gigantesco cráter de levantamiento. Una erupción, de la que hay que hacer un esfuerzo para imaginar su potencia, hizo surgir desde abajo el núcleo central y lo elevó a la prodigiosa altura de 2.350 metros. Sin duda, al momento en que esta masa enorme comenzó a emerger, se produjo un gran desgarramiento. Una parte del terreno dejó de elevarse, mientras que la otra continuaba su movimiento de ascensión”.

En 1911, Florence du Cane advierte que “aunque siempre se ha calificado de muy peligrosa la excursión a la gran Caldera, los naturales se sienten decepcionados si un visitante de la isla no va a admirar su inmenso cráter. Este es, efectivamente, enorme: un vasto hoyo que mide, por algunos sitios, y de un borde al opuesto, de 8 a 10 kilómetros, y unos 2.000 a 2.500 metros de profundidad. Estas dimensiones hacen difícil comprobar que se trata de un cráter, pudiendo fácilmente tomarse por una depresión entre las montañas. Aunque sus murallas son unos grandes riscos grisáceos, los pinares que cubren los declives inferiores de las montañas que se alzan desde el fondo del cráter, y los lugares en que el propio fondo está cubierto de árboles, hacen del conjunto lo menos parecido a un cráter ordinario”.

En 1919, Alfred Sawler Brown escribe en su guía Madeira, Islas Canarias y Azores que “la Gran Caldera es el fenómeno geográfico de más interés de la isla, una caldera tan inmensa y de unas proporciones tan colosales que con frecuencia goza de su propio clima sin tener referencia alguna a lo que sucede en la isla de la que es parte. Los haouarythes solían decir que el Pico del Teide, al que veían blanco y hermoso en el horizonte desconocido, salió de la Caldera durante una erupción volcánica colosal”.

 

Publicado en DIARIO DE AVISOS, 23 de septiembre de 2007

Foto: César Borja

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