Un aeropuerto en El Paso

noviembre 17, 2009

A Wifredo Ramos, cronista oficial de El Paso

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Desde que la aviación comercial adquirió cierta consistencia en Canarias, el pueblo palmero empezó a acariciar la idea de que la Isla pudiera tener algún día un aeropuerto y un servicio que permitiera la comunicación aérea con el exterior. El viaje en avión era entonces un sueño inalcanzable para la inmensa mayoría de la población. Para excitar los ánimos y el asombro de lo que todavía se presentía bastante lejano, en 1930, un avión trimotor de CLASSA, en el que viajaba personal de la compañía y algunos periodistas, sobrevoló la ciudad de Santa Cruz de La Palma, ocasión en la que muchos pudieron ver, entonces, un avión por primera vez.

A mediados de 1935, el aviador Eloy Fernández Navamuel, acompañado por el periodista Antonio de las Casas Casaseca, realizó un vuelo a La Palma, sobrevolando la capital insular para tomar unas fotografías y arrojó una saca de correo a la altura de La Explanada. Navamuel se encontraba en Tenerife desde comienzos de año pilotando una avioneta, con la que se dedicó a ofrecer “bautismos de aire”, que acreditaba mediante su correspondiente diploma, y también impartía clases de vuelo en Los Rodeos para los miembros de la organización Aero Popular.

A comienzos de la década de los años cuarenta, en plena autarquía, las autoridades insulares del nuevo régimen y otros sectores de la población pensaban en serio en la necesidad de construir un aeropuerto en La Palma. La Isla contaba entonces con una población de algo más de 60.000 habitantes y la única posibilidad de comunicación con el exterior era a través del mar, en un servicio con una periodicidad de tres veces por semana a cargo principalmente de los correíllos negros de Compañía Trasmediterránea, con el tráfico de personas y mercancías concentrado en el puerto de Santa Cruz de La Palma.

Existía conciencia, obviamente, de las limitaciones impuestas por la especial orografía insular, con montañas que superan los 2.300 metros de altitud y los taludes que discurren por cada banda, situación que limita considerablemente la disponibilidad de encontrar terrenos llanos más o menos cercanos a los núcleos de población más importantes.

Desde que comenzó a rumorearse la posibilidad de construir un aeropuerto en La Palma, comenzaron también los movimientos políticos para su consecución. Aunque el Cabildo Insular abanderó las peticiones ante las autoridades del Ejército del Aire, en la Isla se hicieron “estudios” locales sobre cuáles serían los sitios más idóneos para su emplazamiento, adelantándose el municipio de El Paso, gracias a los esfuerzos de Antonio Pino Pérez, que entonces ocupaba el cargo de consejero del Cabildo, siendo el autor, además, de una serie de artículos publicados en la prensa de la época en los que exponía y defendía la necesidad de contar con un aeropuerto y la conveniencia de que se construyera en la zona alta de su municipio donde, en efecto, se realizaron los estudios preliminares.

A mediados de 1945 llegaron a La Palma los oficiales Font y Cañadas, enviados por el Mando Aéreo de Canarias, quienes, en unión del delegado del Gobierno y presidente del Cabildo Insular y el alcalde de El Paso, visitaron unos terrenos situados en el Llano de las Cuevas y en el Llano del Pino, localizados a unos 800 metros de altitud, los cuales, por su extensión y planicie se consideraban posibles emplazamientos para el futuro aeropuerto insular, considerando tanto su situación como su distancia respecto de los principales centros de población.

Los militares quedaron “altamente satisfechos” de los lugares que habían recorrido, quedando pendientes de los informes de las condiciones meteorológicas, por lo que la corporación municipal encargó al aparejador Álvaro Ménix de Pro, “sin que se escatime medio alguno”, el levantamiento de un plano de acuerdo con las indicaciones de los citados oficiales.

Por entonces estaba en proyecto la construcción la carretera de la Cumbre, con un túnel que atravesaría la sierra en dirección Este-Oeste. El mayor inconveniente para el futuro aeropuerto estaba, precisamente, en la proximidad de la montaña, que se eleva a una altura de 1.000 metros y origina vientos descendentes que generan turbulencias, lo que podría afectar negativamente a las maniobras de los aviones.

Vista aérea de El Llano de las Cuevas y aledaños, donde se pensaba construir el primero aeropuerto de La Palma

Unos días después, en agosto, los comandantes Font y Penche visitaron otra vez los terrenos citados, avanzando así en el trabajo de campo encomendado para decidir el posible emplazamiento del campo de aviación, manifestando entonces que “sin ulteriores experimentos no pueden indicar de momento si este lugar tiene condiciones” para ello. Los visitantes y las autoridades insulares fueron agasajadas en el Teatro Monterrey, regentado entonces por Vicente Monterrey Hernández.

En el mes de septiembre, el pleno de la comisión gestora del Cabildo Insular de La Palma, presidido por Fernando del Castillo Olivares, tuvo conocimiento detallado de las gestiones “llevadas a cabo últimamente para la instalación de un campo de aterrizaje en esta isla, que probablemente será preferido el ofrecido en la ciudad de El Paso”.

En noviembre de ese mismo año comenzaron los trabajos de nivelación de una pista provisional de 800 x 150 metros, situada en dirección Este-Oeste, para que un informador meteorológico enviado por el coronel-jefe de la Zona Aérea de Canarias y África Occidental Española, pudiera realizar los estudios previos durante un período de tiempo.

En el informe remitido al Cabildo Insular por el mando militar se indica que, de acuerdo con los informes preliminares, “se cree posible la instalación de un campo de aviación” en el Llano de las Cuevas, en el que se pretendía operar con aviones militares Junkers Ju-52, “al objeto de hacer los primeros vuelos de prueba, y de reunir condiciones, se propondría a la superioridad el plan completo para su construcción”.

Con la realización de tales vuelos se quería comprobar la existencia de posibles turbulencias en los aterrizajes y despegues hacia la montaña. La pista podría ampliarse hasta los 1.800 metros y en el caso de que se acometiese el desmonte de un cerro de tierra llamado Antonio José, de 25 metros de altura, sería factible la construcción de otra pista en dirección Norte-Sur de las mismas dimensiones.

El Ayuntamiento de El Paso costeó la construcción de una caseta a modo de pequeño observatorio meteorológico para que sirviera de apoyo a los estudios de vientos y nubes. Para la construcción de la pista aportó 150 peonadas, ocupándose, asimismo, de las gestiones de arrendamiento de los terrenos afectados hasta que se tomara una decisión firme al respecto.

La corporación local expresó su gratitud al consejero del Cabildo Insular, Antonio Pino Pérez, por su campaña periodística en DIARIO DE AVISOS a favor de la construcción de un campo de aviación en la Isla; a Antonio Capote Lorenzo, por el celo y actividad desplegado en este asunto, al gestionar la visita de los oficiales de Aviación; así como a Pedro Capote Lorenzo, “que no ha reparado en gastos” alojando a los oficiales en una casa particular, poniendo coches a su disposición para sus desplazamientos.

El Cabildo seguía el asunto con todo detalle, expresando su gratitud al Ayuntamiento de El Paso por “sus patrióticos esfuerzos” al contribuir a la construcción del campo de vuelo en un asunto de “tanta importancia para los intereses insulares”, acordando en sesión plenaria que la primera corporación contribuiría con el 50 % de los gastos de estancia del observador meteorológico, así como otras 150 peonadas para la construcción de la pista y el ofrecimiento para gestionar la adquisición o arrendamiento de los terrenos necesarios, “a ser posible tomándolos en arrendamiento por plazo de dos años, con compromiso de venta a realizarse en el momento en que, en definitiva, se acuerde la construcción del indicado campo, debiendo señalarse desde ahora el precio que en su día habría de pagarse por cada parcela”, así como “abonar el importe de los árboles, frutos, o bienhechurías que sea necesario destruir para la construcción de la pista y sus accesos”.

Sin embargo, poco tiempo después se comprobó que los estudios realizados en la zona no eran favorables, debido a las fuertes turbulencias registradas, por lo que la opción del proyecto del campo de aviación perdió consistencia. Sin embargo, en febrero de 1946, ante la anunciada visita del ministro de Obras Públicas, José María Fernández Ladreda Menéndez-Valdés, el Ayuntamiento de El Paso tomó la delantera e incluyó en su listado de prioridades la construcción del aeropuerto “como medida urgente para tener en esta isla medios de comunicación aérea”.

En el mes de junio llegó la confirmación oficial de que la opción de El Paso era inviable. El jefe de la Zona Aérea de Canarias viajó a La Palma y a su llegada expresó a las autoridades insulares y locales su desacuerdo sobre la propuesta del Llano de las Cuevas, “debido a las nubes reinantes en aquella zona”, desechando también unos terrenos situados al sur de Santa Cruz de La Palma, entre la Punta de los Guinchos y Punta del Moro, indicando que “debía tomarse los datos” de un probable campo de aviación en Puntallana “y en cualquier otro sitio que pudiera reunir condiciones a este efecto, con el fin de que una vez vistas las posibilidades de todos, elegir el que mejores condiciones reúna”.

Pese a este serio revés, los alcaldes de El Paso, Los Llanos de Aridane, Tazacorte y Fuencaliente dirigieron un escrito a la presidencia del Cabildo en el que insistían en la posibilidad de que el aeródromo insular se construyera en el Llano de las Cuevas, pues consideraban que el lugar indicado “reúne condiciones para ello”, y pedían a la corporación insular “que acuerde proceder inmediatamente a la explanación del mencionado campo, con el fin de conseguir de momento una modesta pista donde puedan aterrizar dentro de breve plazo aviones de poco porte”. Al Cabildo sólo le quedó la posibilidad de expresar su apoyo a la iniciativa de los citados alcaldes, acordando que se tuviera en cuenta esta petición e incluyendo el Llano de las Cuevas “en los estudios que han de llevarse a cabo para la instalación de un aeródromo en esta isla”.

Sin embargo, el asunto no pasó desapercibido en otros municipios, caso de Puntallana. En el mes de julio reclamó las gestiones necesarias para que se hiciera el estudio de las condiciones meteorológicas en la costa de Martín Luis, así como Breña Alta, que también aspiraba a que el aeropuerto se construyera en su territorio. En septiembre de 1946, el pleno municipal de este municipio acordó dirigirse al presidente del Cabildo Insular, mostrando su preocupación ante la posibilidad de que el aeródromo pudiera construirse en otro lugar de la Isla que no fuera el suyo, y así lo expresa en el siguiente tenor literario:

“Teniendo conocimiento, por rumor público, que en el cuartel o pago de Buenavista de arriba, de este término municipal, se proyecta establecer un aeródromo o campo de aviación, y si bien este Ayuntamiento no ha practicado gestiones conducentes a que ese proyecto sea feliz realización, que dará próspera vida a Breña Alta en todos los órdenes, es por la atendible circunstancia que, por tratarse de una obra de carácter insular, esta Corporación espera confiadamente que el Sr. Presidente del Excmo. Cabildo, persona dignísima, culta, de reconocido amor a su Isla, con vínculo de familia en esta villa, sabrá promover todo lo necesario acertadamente para aquel importante fin. Pero ante el hecho, según noticias adquiridas que ha habido oposición para que el repetido proyecto no se lleve a efecto en el lugar de referencia, esta municipalidad se permite llamar la atención ante la autoridad u organismo competente para que, si tales reclamaciones tienen por móvil, como es de creer firmemente, el interés particular, es decir, formulada por personas a quienes afecta la expropiación de fincas, o, acaso, la sistemática actitud de (obstaculizar), dícese, obstrucción a toda admirable labor que emana del Gobierno de nuestro invicto Caudillo, sean desestimadas, que no prevalezcan de modo alguno, por ser contrarias al bienestar público, máxime tratándose, como se trata, de una obra de suma trascendencia y vital interés para todos”.

Publicado en DIARIO DE AVISOS, 5 de noviembre de 2006

Foto: Juan Carlos Díaz Lorenzo

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