La cámara oscura de Miguel Brito

febrero 5, 2010

A Isauro Abreu-García Panasco, buen amigo y apasionado de Miguel Brito

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En los últimos años la fotografía antigua ha sido estudiada en Canarias con rigor académico y científico. En la Universidad de La Laguna, acreditados profesores especializados en la materia -Fernando Gabriel Martín, Enrique Ramírez Guedes y Álvaro Ruíz Rodríguez, entre otros- han dejado constancia de su buen quehacer, mientras que otros distinguidos paisanos -Luis Ortega, Jorge Lozano y Loló Fernández- han profundizado en la figura de un palmero destacado, Miguel Brito Rodríguez, un hombre polifacético, emprendedor, envuelto en un halo de bohemia, que figura por derecho propio en los anales de la historia del cine en Canarias, como profundizó en su día el investigador Jorge Gorostiza, en las páginas de Diario de Avisos y que nos han evocado, con manifiesta admiración y gratitud, entre otros, Pedro Javier P. Castañeda, María Victoria Hernández y el buen amigo Isauro Abreu García-Panasco.

Miguel Brito Rodríguez nació en Santa Cruz de La Palma el 25 de septiembre de 1876. Su padre era natural de Barlovento y su madre había nacido en Tenerife. La familia vivía entonces en una casa de tres pisos sita en el número seis de la calle Díaz Pimienta de la capital palmera. Tenía tres hermanos, de los cuales el segundo varón, llamado Tomás, estudió en el Seminario de La Laguna y fue párroco de Puntallana, siendo distinguido más tarde con el título de Predicador de Su Majestad. Sin embargo, de poco le sirvió tal distinción cuando en 1928 fue desposeído de la titularidad de la parroquia, en tiempos del discutido obispo fray Albino Menéndez-Reygada. En su defensa publicó dos años después un alegato titulado Autodefensa o el caso de Puntallana.

Los inicios de Miguel Brito Rodríguez en la fotografía se deben a su espíritu inquieto y a su gran interés por la cámara oscura. Al parecer, su primer equipo fotográfico lo compró a un alemán, al que no debió ir bien el negocio, lo que le permitió abrir un estudio en la capital palmera y, posteriormente, otro en Los Llanos de Aridane.

Al respecto, hay que señalar que en 1865, casi cuarenta años después de que Nicéfero Niepce obtuviera la primera fotografía, se abrió en La Palma el primer estudio fotográfico que existió en la isla, de la mano de Aurelio Carmona y Santos María Pego, según información recogida en las páginas del periódico El Time (8 de enero y 29 de abril del citado año).

De su espíritu inquieto y activo se cuenta que en esta época Miguel Brito dirigió un grupo de teatro con el que representó obras del dramaturgo Vital Aza y algunas suyas. Se dice también que tenía un don especial para recitar poesía. Era persona exigente, susceptible, orgulloso, franco y con un gran poder de seducción. Durante sus idas y venidas a los Llanos de Aridane para atender el estudio que tenía instalado en La Placeta, tuvo dos hijas con Dolores Hernández Martín. El contacto con ellas, según contaría años después su viuda Blanca Rosa Padilla, lo perdería por completo.

Un día, Miguel Brito emprendió la más trascendental de sus aventuras. Atraído por las noticias del cinematógrafo -se sabe que tenía “una máquina francesa de manivela”, posiblemente la Lumière-, su espíritu aventurero le llevó a viajar a Estados Unidos en busca de uno de estos aparatos más avanzado, pero a su paso por La Habana estableció contacto con los comerciantes Coromina & Co. y encontró lo que buscaba, perfeccionando de ese modo su habilidad en el oficio, de modo que permaneció varios meses en la capital cubana y desistió de continuar su viaje a Nueva York “tomando una de esas decisiones -escribe Jorge Gorostiza- que pueden hacer cambiar una vida totalmente… ¿quién sabe si Miguel Brito hubiese sido un pionero en los Estados Unidos? ¿quién sabe si conociendo su forma de ser aventurera, hubiese acabado en Hollywood?”.

Después de varios meses de permanencia en la capital cubana, Miguel Brito regresó a las islas con uno de estos aparatos, lo que habría de convertirle en el pionero del cine en Canarias.

El 26 de abril de 1897 tenía expuesto un kinetoscopio en el Círculo en el Círculo Mercantil de Santa Cruz de Tenerife. El kinetoscopio era un aparato inventado por el equipo de Edison, en el que, al introducir una moneda, se le permitía ver la película a una sola persona a través de un visor.

Tres días más tarde, en el diario La Opinión se escribía del kinetoscopio lo siguiente: “Prodigioso es el invento del electricista americano y en él vese con exacta fidelidad, las aptitudes y movimientos de las figuras que representan la fotografía iluminada”. El periodista que escribió la noticia calificaba de Edison como “electricista”, un adjetivo que le corresponde por derecho propio al ser la primera persona que ejerció esta profesión. Brito tenía expuesto, además, “un perfeccionado fonógrafo”. El público acudía “en gran número al espectáculo” donde cada noche se representaba una escena distinta.

Cuatro meses más tarde, el 31 de julio, Brito exhibió el kinetoscopio en Santa Cruz de La Palma. En la edición del 2 de agosto siguiente de Diario de Avisos era calificado como “la maravilla del presente siglo”. A raíz de dicha exhibición se publicó el primer anuncio cinematográfico de la historia canaria, compuesto en la imprenta de Diario de Avisos en el que aparece un grabado del aparato con una dama mirándolo y las “películas” que se podían ver, entre las cuales figuraba la “Danza serpentina”, ejecutada por la famosa bailarina francesa Loie Fuller y que se exhibió en la mayoría de los kinetoscopios. Otro título repetido es el espectáculo de la “Bella Geraldine”, de quien -como recoge Gorostiza- se escribió en un periódico de San Sebastián que “aquella belleza circense que fue famosa en Madrid y que murió, viejita y pobre, en una republiquita americana”.

A partir de 1898 se proyectaron películas de corte más moderno. Quienes trajeron el cine a Canarias eran, por lo general, peninsulares o extranjeros que recorrían las islas de gira “artística”. Sin embargo, el primer canario que se decidió a exhibir permanentemente un cinematógrafo, por las razones expuestas, fue Miguel Brito.

El 13 de febrero del citado año, domingo en el calendario, Miguel Brito inauguró una cinematógrafo Lumière en el “Salón de variedades” situado en los bajos del Círculo Mercantil. En el Diario de Tenerife (15 de febrero, 12 y 23 de marzo) y La Opinión (15 y 17 de febrero) aparece como “sinematógrafo”, error de transcripción oral. Cada noche el espectáculo se dividía en tres secciones y en cada una se representaban “distintas escenas animadas serias y cómicas obtenidas por la luz eléctrica”, mientras que los intermedios eran animados por un cuarteto musical.

Dice la crónica de La Opinión del 15 de febrero que las secciones que más habían agradado al público eran las que representaban “Los siete pasos de la Pasión de Jesús”, pues eran de “muchísimo efecto”, y la “Noche toledana”. Las representaciones de la primera tuvieron mucho éxito en el cine de entonces por su conocido argumento, logrando con ello que los moralistas radicales dejasen de atacar al nuevo espectáculo, considerado inmoral por estar en un mismo recinto hombres y mujeres juntos… y a oscuras.

El 18 de febrero, la crónica de La Opinión dice que se proyectaron “La llegada del tren”, “Escuela de equitación”, “El cazador” y “otras varias”. Algunas escenas de “llegadas de tren” habían sido rodadas en distintos países. Después de que Lumière proyectara por primera vez la suya se dice que la gente, asustada, salía corriendo de sus sillas. Sin embargo, la proliferación de películas sobre este tema hace pensar que efectivamente tuvo un efecto importante sobre el público.

Miguel Brito Rodríguez. Autorretrato

Un testimonio importante

En una entrevista a la viuda de Miguel Brito, Blanca Rosa Padilla Cabrera, realizada por Fernando Gabriel Martín, Jorge Fonte y Jorge Gorostiza y publicada en Diario de Avisos (21 de junio de 1992), contaba que su marido tuvo en ocasiones que regalar entradas para que la gente acudiese a las proyecciones. A pesar de este inconveniente, el espectáculo debió tener éxito, ya que Miguel Brito pidió al Ayuntamiento que le cedieran la sala del Teatro Municipal (hoy Teatro Guimerá) para realizar una serie de funciones. La corporación accedió a la petición y concedió permiso para realizar la instalación eléctrica necesaria bajo la dirección del arquitecto municipal.

El espectáculo se inauguró en la noche del 19 de marzo de 1898 y se prolongó hasta el día 24 del citado mes. Al igual que había hecho con el kinetoscopio, Miguel Brito se trasladó a su tierra natal con el “aplaudido cinematógrafo Lumière” y el 14 de abril comenzó la primera proyección, de la que destinó “la mitad de los productos de la primera función a la Cruz Roja”.

“El repertorio de escenas -dice la crónica de El Zurriago– es extenso y escogido, pero no resulta muy bien, unas veces con más o menos claridad, otras porque el señor Brito tenía repetidas las escenas variándoles los títulos para que resultase más ’estrambótico’; en fin, todos aprobamos y damos las gracias al señor Brito por la atenta invitación que se sirvió remitirnos·”.

No todas las proyecciones se hicieron en recinto cerrado. Su viuda contó en la citada entrevista que, en una ocasión, proyectando al aire libre en El Puente, sobre la pared del Teatro Chico, una película titulada “Sálvese el que pueda”, empezó a llover y la gente corrió a los aledaños para guarecerse del chubasco, con lo que el título tenía algo que ver con lo que sucedía.

En 1900, Miguel Brito recibió uno de los honores más grandes de su vida. La reina regente María Cristina le concedió el privilegiado título de Fotógrafo de la Casa Real, lo que le permitiría plasmar cientos de placas de cristal cuando el rey Alfonso XIII estuvo en La Palma en abril de 1906. De la visita regia se sabe que Miguel Brito preparó dos álbumes, uno para el rey y otro cuyo destino se trata de averiguar.

A partir de estos hechos documentados en la prensa de la época, la vida de Miguel Brito se hilvana con los testimonios de quienes le conocieron. Tras su regreso a las islas siguió trabajando y un día, un vendedor ambulante que había comprendido las posibilidades del cine, compró los aparatos de Brito y el vendedor se convirtió en un floreciente empresario llamado Ramón Baudet.

En 1941, cuando contaba 65 años de edad y trabajaba como operador del cine La Paz -propiedad del citado Baudet- contrajo matrimonio con Blanca Rosa Padilla Cabrera, que tenía entonces 31 años. El enlace se celebró pese a la oposición de los padres de la novia. Hasta entonces, Brito había sido vecino de los barrios Duggi y Salamanca. Su carácter bohemio -oficial de todo, maestro de nada-, artístico y desinteresado, hizo que no se lucrara del hecho de ser el primer promotor del “invento” del cine, sino que, por el contrario, se quedó sin trabajo y padeció penurias económicas.

Por esa razón, Miguel y Blanca Rosa viajaron a La Palma, donde Rosario, una de las hermanas de Miguel Brito, mantenía abierto el estudio de fotografía. Vencido por los años, y con los achaques propios de su edad, nuestro personaje no volvió a hacer fotografías y aunque casi todas las noches iba al cine con su mujer -al que accedía con carácter gratuito y la gente le llamaba “don Miguel, el del cine”- tampoco volvió a ponerse detrás de un proyector.

“Miguel Brito -escribe el investigador Jorge Gorostiza- era de esa clase de personas que tienen visión para los negocios, son decididos y emprendedores, pero cuando el negocio va bien, inexplicablemente lo dejan y emprenden otro. Un amigo suyo lo definió diciendo: ’Es que él no tiene fundamento, cuando empieza a producir una cosa, se larga y emprende otra’. Y su mujer dijo de él que ’piedra movediza no crea moho’. Su trayectoria vital está curiosamente unida y contrapuesta a la de Baudet, otro pionero que vislumbró el negocio que ofrecía el nuevo espectáculo, mientras Brito, según su mujer, dejó los aparatos del cine y ’no se preocupó ni de recogerlos, ni de cobrarlos, ni nada”.

Miguel Brito Rodríguez, un nombre para la historia de Canarias, actor, fotógrafo, cineasta y, sobre todo, aventurero y bohemio, falleció el 24 de mayo de 1972, a los 96 años de edad. El Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, a propuesta del portavoz del Grupo Socialista, José Vicente González Bethencourt, adoptó, el 18 de octubre de 2002, el acuerdo de poner su nombre a una calle de la ciudad.

Dados los méritos acumulados en su vida profesional, por su bonhomía y popularidad, siendo testigo de excepción de los importantes cambios en la vida política, social y cultural de Canarias, a la citada iniciativa se adhirieron entidades tan relevantes como el Obispado de Tenerife, Círculo de Amistad XII de Enero, Real Club Náutico de Tenerife, la Filmoteca Canaria, el Centro de Producción y Gestión de Artes Plásticas, la Fundación Mapfre Guanarteme, el Centro de la Cultura Popular Canaria, Orfeón La Paz, Ateneo de La Laguna, Escuela Canaria de Artes Creativas Eduardo Westerdhal, Peña Salamanca y Círculo de Bellas Artes, así como la firma de gran número de personas de diferentes ámbitos de la sociedad santacrucera, apoyando la iniciativa para denominar una calle de la ciudad con su nombre, como así se realizó.

Un día, un buen día, su viuda, Blanca Rosa Padilla Cabrera, donó a Diario de Avisos el primer y único ejemplar del periódico El Artesano, publicado el 1 de julio de 1890 y el primero de Diario de Avisos, que apareció al día siguiente, ejemplares que celosamente se conservan expuestos en la sala de juntas de este periódico. Blanca Rosa falleció el 1 de septiembre de 2000, a la edad de 91 años, en la Casa del Redentor de El Sauzal, en la que pasó los últimos años de su vida, arropada por el cariño y la amistad franca de sus amigos más allegados y el buen quehacer del personal de dicho centro dirigido por el sacerdote Julián de Armas.

Publicado en Diario de Avisos, 2 de julio de 2006

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