Cuando los años se cuentan en lustros

julio 1, 2010

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En el año de gracia de 1676, La Palma sufría “el invierno más seco de la década”, según el relato del visitador Juan Pinto de Guisla, beneficiado de El Salvador, situación que había llevado el hambre, la desolación y la muerte a la capital y a los campos de la isla.

Esta situación de penuria coincidió con la segunda visita pastoral del obispo de Canarias, Bartolomé García Jiménez (1618-1690), de origen sevillano, que había prolongado su estancia en la isla debido a la amenaza de los piratas berberiscos que entonces infectaban las aguas del archipiélago, al acecho de nuevas presas, entre ellas el mitrado, impidiendo de ese modo su salida de la isla. 

El prelado, promovido a la Silla de Canarias en mayo de 1665 por el Papa Alejandro VII, visitó La Palma por primera vez en 1666 y tardó otros nueve años en volver a la isla, llegando a finales de 1675. En aquella ocasión fue informado por los regidores del Antiguo Régimen y por los sacerdotes Melchor Brier y Juan Pinto de Guisla, que habían sido alumnos suyos en la Facultad de Cánones de Salamanca, “de la especial devoción que hay en esta isla con la Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de toda ella, de cuyo patrocinio se vale en todas sus necesidades”, por lo que dispuso que se trajese a la iglesia parroquial de El Salvador, “para que, colocada en ella, en trono decente”, se celebrase la octava “con mayor solemnidad y asistencia del pueblo”.

“El piadoso García Jiménez –escribe Luis Ortega- imaginó y ordenó una fiesta con valores sustanciales y capacidad para superar los límites de su tiempo; y los palmeros supieron afrontar tal reto con fe en el motivo y en sus recursos e ingenios para celebrarlo. Así se hizo, asumiendo el obispo el gasto que ocasionó el consumo de cera durante los tres primeros días, y en los siguientes se repartió entre algunos devotos que se encargaron de ello “y habiendo reconocido la decencia del culto y veneración con que se celebró dicha octava y la devoción y concurrencia del pueblo a su celebración, así por las mañanas a la misa, como a prima noche después de la oración a rezar el nombre y tercio y pláticas que hacía todas las noches, juzgó por conveniente que dicha Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves se traiga a esta ciudad, a la Iglesia parroquial, cada cinco años”, celebrando de ese modo, por el mes de febrero, la fiesta y octava de Nuestra Señora de Candelaria, comenzando el quinquenio en el año 1680 “y de allí en adelante…”.

En relación a este asunto, el cronista Viera y Clavijo escribe que “el Obispo fue el que, atendiendo a la universal devoción que profesaban aquellos naturales (los palmeros) a Nuestra Señora de Las Nieves, cuyo patrocinio imploraban de tiempo inmemorial en los conflictos de volcanes, falta de lluvias, langosta, epidemias, guerras y correrías, dispuso que se llevase cada cinco años desde su santuario a la ciudad…”.

El obispo también conoció la resolución del pueblo palmero, unido ante la desgracia, en la defensa de la imagen mariana –la más antigua de Canarias y el vestigio más remoto de nuestra ubicación cristiana y cultura occidental- y de su ermita cuando en 1649 los dominicos trataron de fundar en ella un convento, empeño del que desistieron ante la oposición del pueblo y la firmeza del Cabildo.

El ciclo lustral comenzó en 1680, año en el que se trajo la imagen de Nuestra Señora de las Nieves desde su santuario del monte a la ciudad capital. Desde entonces lo ha hecho ininterrumpidamente hasta nuestros días, en los años acabados en cero y cinco, aunque, en el recuento histórico de los últimos tres siglos, la venerada imagen ha sido trasladada en procesión en varias ocasiones a la capital insular en rogativas y celebraciones especiales, alterando de ese modo la secuencia lustral.

Así sucedió al menos en siete ocasiones en el siglo XVII: en los años 1630, 1631, 1632 y 1676, debido a la gravedad de las sequías; en 1646, con motivo de la erupción del volcán de Martín; en 1659, motivado por una plaga de langosta; y en 1677, por el volcán de San Antonio. En el siglo XVIII se conoce una bajada extraordinaria: en el año 1768, debido a una epidemia de fiebre. En el siglo XIX sucedió en 1852, con motivo de una epidemia de cólera de Gran Canaria.

Más cercano en el tiempo, hay registradas tres ocasiones en el siglo XX: en 1949, con motivo de la erupción del volcán de San Juan; en 1966, en la ocasión de la clausura de la clausura de la Misión Popular en La Palma; y en 1993, al cumplirse el V Centenario de la fundación de Santa Cruz de La Palma.

El cronista palmero Juan B. Lorenzo, en su libro Noticias para la historia de La Palma, cita que en el libro tercero de mandatos de la parroquia matriz de El Salvador, en el asiento correspondiente al año 1676, se relacionan los nombres de las personas notables de la sociedad insular de la época que se comprometieron a poner la cera para el trono de la imagen por el resto de sus vidas.

Entre ellos cita a Melchor Brier y Monteverde, abogado de los Consejos, vicario y juez de cuatro causas; el maestre de campo Miguel de Abreu y Rege, ministro del Santo Oficio de la Inquisición, regidor y gobernador de las Armas de La Palma por S.M.; el doctor Pedro de Guisla Corona, presbítero y consultor del Santo Oficio de la Inquisición; Nicolás Massieu de Vandale y Rantz, regidor y alguacil mayor; Antonio Pinto de Guisla, alguacil mayor del Santo Oficio; Juan Fierro Monteverde, Diego de Guisla y Castilla, regidor; y el licenciado Juan Pinto de Guisla, beneficiado de la parroquia de El Salvador, consultor del Santo Oficio de la Inquisición y visitador general de La Palma.

El compromiso consistía en poner la cera para un día de la octava, es decir, 24 velas de media libra, reservándose el primer día en que se trajera la sagrada imagen, que había de ser la víspera de la fiesta, para la Ciudad, Justicia y Regimiento. Esta promesa la adquirieron “por todos los días de su vida, con calidad de que habían de ser preferidos a otras cualesquiera personas que quisieren encender y poner la cera”, a excepción de que el obispo García Jiménez y sus sucesores “quisieren encender y poner la cera en algún día o días de la dicha octava, que en tal cosa se han de añadir a la celebración de la octava aquellos días que fueren necesarios para que ninguno de los obligados quede excluido”.

Se cita, asimismo, la donación de 1.000 reales “en contado” que en 1706 hizo Francisca Santos Durán, cantidad que entregó al sargento mayor Diego de Guisla y Castilla, para que como mayordomo de fábrica de la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves “los impusiera a tributo; y que con sus réditos (…) se prediquen ocho sermones o pláticas de doctrina y alabanzas a Nuestra Señora; y que se den en limosna 15 reales por cada una y lo que restare quede para la dicha fábrica de Nuestra Señora de las Nieves”.

En el testamento de Pedro de Guisla Corona, abierto en febrero de 1706, se manifiesta que “todos los sucesores de este vínculo han de ser obligados a encender y enramar un día de la octava de Nuestra Señora de Candelaria que se celebra en esta ciudad cada cinco años con la Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves; que este día es el que me obligué  a encender por todos los de mi vida, como lo he hecho hasta aquí desde que se instituyó la dicha octava; y es mi voluntad y lo ha sido siempre perpetuarlo como lo hago”.

Así transcurrieron los siglos, siglos de fervor, afecto, cariño y gran respeto, hasta que en el siglo XIX el ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma y la parroquia de El Salvador institucionalizaron los festejos, ocupándose de su organización con la contribución de los más destacados comerciantes de la ciudad, entre los que figuraba Juan Cabrera Martín.

La imagen se bajaba solemnemente en la víspera de la Purificación y se celebraba un octavario con unas fiestas muy solemnes, cuya fama pronto se extendió por el archipiélago. “Unos festejos –escribe José Guillermo Rodríguez Escudero- que han sido considerados entre los más sobresalientes de los que se celebran en las Islas y que sirven de digno preámbulo a la presencia de la sagrada Imagen en la capital de la Isla, punto culminante de la celebración”.                 

Las fiestas de estos lustros se constituían en días interminables de regocijo particular para el pueblo palmero, “que no dejaba de traer a la memoria aquellos milagros que desde su niñez le contaron, de la cueva en que se recogió toda una procesión de trescientas personas, no siendo capaz de contener cincuenta”; o cuando durante las salvas de bienvenida a la Virgen en la Plaza, una de las piezas de artillería explotó, y sus pedazos ardientes cayeron sobre las tropas y unas mujeres, sin que hubiera desgracia personal; también de una lámpara que en una penuria de aceite ardió incesantemente y aún rebosó; o la nieve que cubrió el volcán de Tigalate en 1646, el otro volcán de 1711 que, a la vista de la Imagen se extinguió”.

Viera y Clavijo cita también el incendio que se produjo en Santa Cruz de La Palma el 25 de abril de 1770, en el que, cuando la procesión retornaba al santuario “y llevando ya catorce casas consumidas, se fue apagando desde que retrocedió con la imagen el devoto pueblo”. Testigo de excepción de este último prodigio fue el sacerdote José Momparlé, que escribía que ante Nuestra Señora “no se incendió ninguna otra casa, aunque habían sido acometidas de centellas y carbones encendidos”, por lo que fue la asistencia de la Virgen “quien libró y preservó el resto de la ciudad del fuego”. La fiesta nace, en definitiva, como expresión de devoción de los palmeros y su fe en los milagros atribuidos a su Patrona y el profundo agradecimiento por su eterna intercesión.

En sus comienzos, la Bajada se celebraba en la madrugada del día primero de febrero y siguió celebrándose en invierno hasta que el año 1850 se trasladó a la tarde del sábado anterior al segundo domingo de Pascua de Resurrección, a cuya época se trasladó por ser más templada la estación.

“Y lejos de haber disminuido el fervor de estos habitantes –destaca Juan B. Lorenzo-, ha ido en aumento, habiéndose dado el caso de que ha tenido que estar la Virgen en esta Parroquia mes y medio por atender a los muchos devotos que pedían enrames; esto además de las octavas de dotación”.

Ocho días antes de la Bajada se destinaban a festejos públicos, que a finales del siglo XIX consistían en varias danzas, el carro triunfal, la pandorga, el desfile de gigantes…, “todo en medio de un concurso numerosísimo, puesto que concurre gente de todos los pueblos de la isla y aún de la provincia, sin que por nadie se haya cometido jamás ningún desmán, lo que prueba la cordura de este vecindario”. 

Nuestra Señora de las Nieves, a hombros del pueblo que la venera

Con el paso del tiempo, y debido a razones de índole humana, social, climática, etc., se produjo un nuevo cambio, en el que hasta el médico titular de la ciudad emitió unos informes sobre lo impropio de la estación y lo perjudicial que resultaba para la salud pública. Se dijo entonces que tampoco era beneficioso para la llegada de los veleros y de los indianos y los gozos nocturnos en la calle. Luego, las fiestas se trasladaron al mes de junio en 1925, atendiendo a un requerimiento de los universitarios palmeros, que reclamaban su deseo de regresar a isla cuando había finalizado el curso académico y, finalmente, en 1975 se hizo coincidir la Semana Grande con la mitad de julio y se concretó la estancia en la ciudad de Nuestra Señora de las Nieves por espacio de tres semanas.

Dos lustros antes, las Fiestas Lustrales de La Palma, como acontecimiento religioso-cívico-artístico de especial relevancia en el archipiélago, fueron declaradas de Interés Turístico Nacional por resolución de la Subsecretaría del Ministerio de Información y Turismo de 23 de febrero de 1965, y desde la edición de 1980 cuenta siempre con la asistencia de un representante personal de S. M. el Rey.

Entre los magníficos y originales festejos que se desarrollan antes de la llegada de Nuestra Señora de las Nieves a la capital palmera destacan la lectura del pregón, a finales del mes de junio; la Bajada del Trono, convertida en una multitudinaria romería en la que se transportan desde el Santuario las 42 piezas que conforman el altar-trono barroco de plata repujada, de las que nunca ha faltado ni una pieza en el momento de la entrega en El Salvador.

El festival del siglo XVIII o Minué, heredero de las danzas coreadas, espectáculo lleno de fastuosidad que evoca los saraos palatinos de Versalles. La original Danza de Los Enanos, bailada por hombres que actúan en la primera parte del número representando diferentes personajes y después, convertidos en enanos, a modo de figuras liliputienses, bailan la polca en honor a Nuestra Señora.

El Carro Alegórico y Triunfal, auto mariano de exaltación a la Patrona que se ha representado ininterrumpidamente desde el Siglo de Oro. El emocionante Diálogo entre el Castillo y la Nave, homenaje al pasado naval de La Palma y al patronazgo marinero de Nuestra Señora de las Nieves; la entrañable Danza de las Mariposas, otra loa infantil; la espectacular Pandorga, un desfile nocturno de figuras de papeles multicolores iluminadas con velas que alumbran el camino por el que pasará la Virgen.

La emotiva Loa de Llegada, donde los “ángeles” le dan la bienvenida a la Virgen entre el sollozo y el silencio expectante del pueblo; los divertidos Gigantes y Cabezudos, como Biscuit y la Luna de Valencia… Todas estas alegorías están dedicadas a la Virgen y tienen su lugar en la llamada Semana Grande.

Como la cadencia lustral se hace muy larga, entonces se ideó incrementar la relación de números festeros, lo que dio origen en el siglo XIX al nacimiento de la Semana Chica, “ante la lícita pretensión ciudadana de mostrar habilidades y aficiones formadas y mantenidas en la apacible y creativa distancia de la metrópoli”. En ella entran exposiciones de toda índole, bailes, juegos, carreras de caballos, competiciones deportivas, funciones dramáticas y musicales, encuentros y festivales folklóricos, espectáculos variopintos, conciertos y recitales para todos los gustos, novenas y misas, teatros y zarzuelas, loas y dianas, vistosos fuegos artificiales, verbenas, etc.

La Semana Chica se inicia con la Izada de la Bandera de María en la que se proclama el comienzo oficial de las Fiestas, entre una lluvia de cohetes y salvas de los cañones del Castillo. Cuando la Virgen retorna a su santuario en la mañana del 5 de agosto, la bandera se arriará hasta “el año que viene”, es decir, hasta dentro de otros cinco años en la particular expresión del pueblo palmero.

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