A los pies de la Patrona palmera

julio 4, 2010

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En algo más de quinientos años de historia, La Palma, isla de larga y arraigada tradición marinera, tiene el principal punto convergente de la fe y la devoción de su pueblo en la venerada imagen de Nuestra Señora de las Nieves, cuya advocación siempre ha estado presente en el mundo de la marinería.

“Señores, recemos y digamos que buen viaje hagamos; una salve a la Virgen de Las Nieves, abogación de esta embarcación: el Señor nos dé buen viaje y buen tiempo y nos lleve a puerto de salvamento”.  Con esta oración se hacían a la mar los barcos que en los lejanos tiempos del Imperio, y en centurias posteriores, la suave limosna de la brisa les permitía cruzar el Atlántico a merced de las olas y las corrientes, teniendo siempre presente que, cuando estuvieran de retorno, había pendiente una visita de agradecimiento al templo donde habita la Patrona palmera.

De la tradición marinera de La Palma y su relación con la venerada imagen existe constancia plena. En las paredes del Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves cuelgan siete magníficos exvotos marineros –otros cuatro se encuentran en la ermita de El Planto, uno en la iglesia de Nuestra Señora de la Luz, también llamada de San Telmo y el último en la iglesia de Santo Domingo- en muestra de agradecimiento por los beneficios recibidos, “y son un vivo exponente de la fe y agradecimiento de aquellos hombres por el favor recibido”, escribía Alberto José Fernández García.

Desde que comenzó la tradición marinera de La Palma, era costumbre que los veleros llevaran a bordo imágenes religiosas y en el caso de los barcos de la isla, una de Nuestra Señora de las Nieves, que siempre se situaba en lugar decoroso. A Ella los marineros le rezaban, agradecían y suplicaban, en cualquier momento y circunstancia, como bien escribe Armando Yanes en su libro Cosas viejas de la mar:

“Todos estos barcos llevaban en su cámara una imagen de la Virgen de Las Nieves, a la que imploraban  y se encomendaban con fervorosa oración en momentos de peligro, diciendo: Madre mía de las Nieves, ayúdanos. Todavía recuerdo perfectamente oírles decir a algunos que, cuando en noches cerradas en plena y dura tempestad se les mandaba subir para ejecutar cualquier maniobra, el poner los pies sobre la regala y agarrar la jarcia para coger los flechastes, era lo primero que decían: ¡Madre mía de las Nieves, ayúdanos!. Y seguidamente trepaban obenques arriba con gran decisión, y esto, decían, les daba ánimos y alientos para luchar allá arriba, a veces en lo alto de la jarcia, ejecutando ciegamente las órdenes que les había mandado su capitán”.

Y cuando estaban de vuelta en la isla, rápidamente acudían al santuario a postrarse a los pies de la Patrona, expresándole su agradecimiento por el feliz regreso, teniendo la costumbre, si el viaje había sido malo y les había alcanzado alguna tempestad, llevarle botijas de aceite para el uso de la lámpara y haciendo promesas, entre ellas la de ir caminando unos desde el muelle, con el torso desnudo; otros sin hablar hasta llegar al santuario, y otros descalzos, la mayoría, dando así cumplimiento de lo que habían prometido.

Nuestra Señora de las Nieves fue la principal devoción que acompañó a la marinería y a los paisanos emigrantes en su camino a las Américas. Su culto está especialmente vinculado a los palmeros de ultramar, de modo que en los libros de fábrica de la ermita se encuentran abundantes referencias a las dádivas y regalos hechos por los indianos en gratitud a la Patrona por los favores recibidos, algunos de ellos de especial hondura espiritual. 

De esta manera, el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves figura entre los primeros templos de Canarias en cuanto a platería americana, de una calidad y riqueza poco comunes. En el siglo XVIII, Viera y Clavijo estimaba que la plata y las joyas de la Virgen ascendían a más de 20.000 pesos; cantidad que se iba incrementando continuamente con las donaciones de los emigrantes palmeros, agradeciéndole a la Patrona, de este modo, primero, su buena travesía y, después, su buena fortuna en la otra orilla del Atlántico. Esta costumbre, arraigada en el sentimiento de tantos y tantos palmeros creyentes y de buen corazón, se ha mantenido en el transcurso del tiempo y, entre otros, quienes en años idos para siempre fueron emigrantes en Cuba y después en Venezuela.

Era costumbre frecuente que los navíos que hacían la carrera de Indias llevaran una alcancía a nombre de Nuestra Señora de las Nieves, para recibir las limosnas y donativos. Lo explica Pérez Morera, cuando cita que “las cuentas de 1706 mencionan los 1488 reales recaudados ‘en las alcansías que a repartido el mayordomo en los nauios de Indias’ y las de 1672 los 10 reales del ‘costo de seys alcansias de oja de lata que se hisieron para repartir en vajelez para la limosna’”.

El magnífico tesoro que constituye el joyero de la Nuestra Señora de las Nieves está compuesto, en una gran mayoría, por regalos de indianos. A finales del XVII -señala el citado investigador palmero- existían en América dos apoderados del santuario, uno en la capital peruana, Lima y otro en la capital cubana, La Habana, nombrados en 1694 por su mayordomo con el objeto de recibir los legados hechos a la Patrona de La Palma en “realez, oro, plata, perlas, joyas, prendas y otras cualesquiera alajas de los géneros referidos, ornamentos, bestidos… así en el dicho reyno del Pirud como en otras cualesquiera partes…”.

El viajero inglés Charles Edwardes, que visitó La Palma en 1887, escribe de su visita a la ermita de Las Nieves, que “es también en esta famosa capilla donde los hombres de la mar hacen sus promesas antes de embarcarse para La Habana. De sus paredes cuelgan viejas pinturas grotescas que representan milagros obrados en la mar por la Virgen misericordiosa. En 1704, por ejemplo, el capitán de una bricbarca canaria, enfrentada a un barco pirata turco, invocó a la Virgen de Las Nieves con tal éxito que durante tres horas que duró la lucha no cayó un solo español, aunque sí numerosos turcos”. 

Nuestra Señora de las Nieves, en primer plano

Las plagas. Como hemos manifestado en anteriores crónicas, la  venerada imagen de Nuestra Señora de Las Nieves ha sido trasladada en rogativas a la capital palmera fuera de los años lustrales de su Bajada. El motivo siempre ha sido el mismo: pedirle su intercesión ante las furias desatadas de la naturaleza, tanto en sequías prolongadas como en erupciones volcánicas, incendios, enfermedades…

En palabras del siempre bien recordado investigador Alberto José Fernández García, “Ella es el inmenso refugio espiritual de todos los palmeros, y a Ella recurrimos cuando los titánicos fuegos volcánicos estremecen nuestro suelo, cuando las cosechas se pierden por falta de agua, cuando los grandes incendios azotan nuestros montes o nuestras casas, cuando la enfermedad se apodera de nuestra pobre naturaleza, y en tantos, tantos momentos de nuestra existencia”.

Relacionada con la sequía prolongada encontramos la rogativa de finales de marzo de 1639, en que permaneció en El Salvador durante nueve días, repitiendo la estancia en 1631, 1632 y 1676 por el mismo motivo, implorando los sufridos palmeros la llegada del agua tan necesaria.

Precisamente, en este año último año, y “hallándose pues este prelado, D. Bartolomé García Jiménez, Obispo de Canarias en esta Isla… y viendo la gran falta de lluvias que había entonces, informado de la gran devoción que estos naturales tenían a la Virgen de Las Nieves, dispuso se trajese a esta ciudad de Santa Cruz de La Palma, con motivo de esta calamidad y se celebrase aquel año, la octava de Candelaria con dicha santa imagen. (…) Y viendo la decencia del acto y la veneración con que se celebró dicha octava, juzgó sería conveniente que dicha santa imagen se trajese cada cinco años a esta iglesia parroquial de la Ciudad …”

Ante las calamidades, los caminos de La Palma se llenaron de peregrinos que acudían al Santuario para pedir la intercesión de la Virgen. Entre los hechos relacionados con la langosta encontramos el acontecido el 16 de octubre de 1659, en que la plaga entró y “llenó toda la isla y comió la corteza de todos los árboles y destruyó todos los pastos, con que murió mucho ganado mayor y menor y muchas cabalgaduras, yeguas y jumentos y destruyó muchas sementeras y algunas volvieron a reventar y las que comió tres veces no volvieron”.

Los cronistas atestiguan cómo se hicieron numerosos sufragios, procesiones y sermones. Se llevaron procesionalmente a la capital palmera las imágenes de Nuestra Señora de La Piedad y el apóstol San Andrés, a San Juan de Puntallana, al Santo Cristo del Planto y, finalmente,  a Nuestra Señora de Las Nieves. “Fue nuestro Señor servido, por mediación de la Virgen, que no durase esta langosta más que hasta marzo de dho. año”.

En el transcurso del tiempo se produjeron otras ocasiones significativas, siempre relacionadas con prodigios y milagros atribuidos a la Virgen, como bien reflejan los testimonios de los cronistas de la época, siendo de destacar la presencia excepcional de la Patrona, entre otras desdichas, en enero de 1768 por una epidemia catarral y en junio de 1852, por haberse librado del cólera morbo.

En relación con la epidemia de 1768, se acudió a Nuestra Señora de Las Nieves implorando el remedio de la enfermedad que diezmaba la población palmera. Pérez Morera recoge en su trabajo sobre la Bajada de 1765 una relación sobre la terrible enfermedad que asoló a la Isla. Del Libro de Acaecimientos, formado por el vicario Felipe Alfaro en 1767 y depositado en el Archivo Parroquial de El Salvador, extraemos el siguiente párrafo:

“Aviendose señalado por su merced el dia siete de marzo para el último tramo de la Procesión de allí llevar a Nuestra Señora a su propia Parroquia compuestos todos los caminos y aseandose todas las calles por donde debía transitar no se pudo conseguir hasta el día diez por las continuas lluvias que hubo en estos días (…) quedando todos los moradores desta ciudad e Ysla mui contentos y alegres por aver conseguido de dios mediante la intercesión de la Santísima Virgen María ubiesse cesado a sus primeros ruegos la cruel enfermedad que tantos estragos hasía y llovido con mansedumbre tanto que se puede decir se repitió en esta ysla el milagro que en tiempo del Señor San Gregorio aconteció en Roma …”

Otro suceso célebre fue el ocurrido el 6 de abril de 1750, fecha en la que la sagrada imagen se encontraba en el Convento de las Monjas Claras, hoy Hospital de Dolores, donde está entronizada “la preciosa imagen de la olvidada patrona” de la ciudad, Santa Águeda, como bien apunta José Guillermo Rodríguez Escudero. Previamente se había señalado este día para hacer las rogativas por el hambre y la falta de lluvias que se padecía en toda la Isla. Entonces comenzó a llover copiosamente y llegó a la bahía de la ciudad un barco cargado de trigo, con gran regocijo del pueblo palmero, que atribuyó todo esto a un milagro de Nuestra Señora.

El 7 de mayo de 1770 se había fijado el día para que la Virgen regresase a su templo de la montaña, después de la Bajada de aquel año. El día anterior había venido la imagen del patriarca San José desde su ermita capitalina hasta El Salvador para despedirse de la Patrona palmera.

Cuentan los cronistas de la época que la noche estaba muy serena con algunas señales de viento de levante, como lo demostraba un círculo o cerco que poseía la luna “y viento al Oeste, sin truenos, tempestad ni otra novedad que unos chubascos o lluvia muy quieta, después de medianoche”. Lo sorprendente es que, amaneció toda la cumbre cubierta de nieve, “hasta el lomo que se llama de las Nieves, por estar a su falda la Iglesia de Nuestra Señora”.

Este hecho sobrenatural, por haber ocurrido en tiempo tan avanzado de primavera, “y no haberlo visto los nacidos en unas circunstancias como las presentes de terror en que se hallaban las gentes sencillas, que oprimía los ánimos de todos, llenó de mayor consuelo los corazones, alabando las divinas piedades de la Madre de la Misericordia, que nos puso el signo de su benignidad a la vista para que no desfalleciesen, comprobó con esto el milagro de haber suspendido el castigo del fuego que nos amenazó consumir y asegurarnos con la nieve su protección, el día amaneció claro y despierto el sol, con singular gozo de las almas devotas”.

Foto: Archivo Juan Carlos Díaz Lorenzo

Publicado en Diario de Avisos, 24 de julio de 2005

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