Una mano protectora sobre el pueblo palmero

julio 8, 2010

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En consideración a la singular devoción que el pueblo palmero ha profesado siempre a su Patrona, y antes de que la fiesta de la Bajada fuera instituida como tal en 1676 –año de grave sequía en la Isla- por disposición del obispo Bartolomé García Ximénez, Nuestra Señora de las Nieves había sido traída en rogativa a Santa Cruz de La Palma con anterioridad a la citada fecha en varias ocasiones.

La primera estancia, de nueve días en la iglesia de El Salvador, se remonta al 28 de marzo de 1630, tiempo en el que la isla padecía una grave sequía. Por el mismo motivo volvió a la capital insular el 5 de abril de 1631 y el 3 de marzo de 1632. Y en 1659 lo hizo con motivo de una plaga de langosta que asoló a la Isla.

En el citado año de 1676, el obispo García Ximénez, que se encontraba de visita pastoral y coincidió con una pertinaz sequía, viendo el fervor popular hacia la venerada imagen, resolvió que la Bajada se repitiese cada cinco años, a partir de 1680, como así se viene celebrando desde entonces.

Las erupciones volcánicas y Nuestra Señora de las Nieves sostienen una estrecha relación histórica, social y espiritual. En referencia al volcán de Martín, el 18 de diciembre de 1646, día de la Expectación de la Virgen, terminó la erupción y las crónicas cuentan –según refiere Núñez de la Peña- que amaneció nevado el cráter del volcán y las cumbres de la isla. La venerada imagen permaneció en la iglesia de El Salvador, del 22 de junio de 1646 al 9 de enero de 1647. En todo este tiempo el gasto de cera se elevó a cincuenta reales, cantidad que fue abonada por el doctor Francisco Fernández Franco, racionero de la Catedral.

“En el año de 1646, por el mes de noviembre, rebentó un bolcán en la isla de La Palma, con tan grandes terremotos, temblores de tierra y truenos, que se oyeron en todas las islas; despedía de sí un arroyo de fuego y açufre, que salió al mar. Los vezinos de la ciudad truxeron a ella en procesión a Nuestra Señora de Las Nieves; imagen muy milagrosa; y al otro día, caso admirable, amaneció el bolcán cubierto de nieue, con que cessó, auviendo durado algunos días”.

En el diario de notas locales del capitán Andrés de Valcárcel y Lugo, natural de Santa Cruz de La Palma, ciudad en la que transcurrió la mayor parte de su vida, también se encuentran referencias concretas de esta erupción volcánica, por haber sido testigo presencial de la misma.  

Bajo el título “Cosas notables: Volcanes”, expone, entre otras cosas, lo siguiente:

“Hubo muchos temblores de tierra en todos estos días y los edificios parecía venían al suelo, con que todos estábamos temerosos y nos recogimos algunas noches en los bajos de las casas y algunos estando en los patios; y una noche fueron tantos y tan grandes, que todos los habitantes de esta isla se fueron a las Iglesias, y a media noche se hizo una solemne procesión con Nuestra Señora de las Nieves, que estaba en la Parroquial de esta ciudad, y se trajo a ella en esta ocasión para que nos favoreciese en ella, y todos iban en ella con la mayor devoción que se puede ponderar y algunos llorando y todos temiendo el castigo de Dios. Y el no haberse caído los edificios y sucedido con estos lamentables sucesos, lo atribuimos a la intercesión de tan buena medianera como la Virgen de las Nieves”.

“Hizo muchos daños en las tierras por donde corrió. Todo lo dicho digo como testigo de vista, porque el Sr. Licdo. Dn. Juan de la Hoya, Teniente de esta isla, y otros amigos, fuimos y dormimos una noche en una casa próxima a él, y aquel día llegamos y nos acercamos hasta un arroyo que ya no corría; y duró este volcán con sus arroyos, temblores y ruidos hasta el 21 de Diciembre; y fue cosa pública y notoria que la Gloriosísima Señora de las Nieves, Nuestra Señora, con su rocío favorable, nevó en el volcán; y en esta isla hubo un rocío pequeño, que tanto como esto puede la Reina de los Ángeles Nuestra Señora con su Benditísimo Hijo Nuestro Redentor Jesucristo. En esta ocasión estaban todos los vecinos desta isla tan devotos y frecuentadores de los Templos, que no salían de ellos”.

De este hecho milagroso existe en el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves un cuadro pintado en tabla, del siglo XVII, que tiene la siguiente inscripción: “Consolatrix aflictorum / a tu presencia nevado / El Mongibelo palmense / zelos le dio al Exquilino / nuevas glorias a tu nieve”.

Nuestra Señora de las Nieves, devoción mariana de La Palma

El relato de Juan Pinto de Guisla. Otro documento de especial interés se refiere a la erupción del volcán de San Antonio, ocurrida en 1677. La versión corresponde al visitador Juan Pinto de Guisla, venerable beneficiado de la parroquia de El Salvador y visitador general de La Palma, testigo presencial, según parece, del acontecimiento y que se expresa en los siguientes términos:

“Ha padecido esta isla diversas veces la calamidad de estos volcanes, en la parte que mira al sur, o mediodía, como se reconoce por la tierra quemada reducida a riscos que llaman “mal país”, en que convierte la materia que arroja de sí, y aún está muy viva la memoria del último que reventó por principio del mes de Octubre del año 1646, que duró hasta 18 de Diciembre del mismo año, en que se celebra la fiesta de la Expectación de Ntra. Señora, día en que amaneció de nieve la boca del volcán, con universal aclamación de milagro de Ntra. Señora de las Nieves, cuya Santa Imagen se venera como Patrona de esta isla y a cuyo patrocinio se recurre en sus mayores aflicciones y necesidades, como se recurrió en aquélla trayéndola a la Parroquia de esta ciudad, donde estaba colocada cuando cesó el volcán, y se cubrió de nieve”.

“Los temblores de tierra se han continuado sintiéndose en la ciudad y causando mucho temor; y en particular se sintió uno mayor que los ordinarios el domingo 9 de Enero a las 5 de la mañana con que se atemorizó el pueblo, de manera que mucha parte con el Clero se juntó a aquella hora en la Parroquia donde está Ntra. Señora de Las Nieves, a implorar su Patrocinio; y este día se puso patente el Santísimo Sacramento y se hizo procesión general con mucha devoción, que se remató con una plática que estaba prevenida después de otras que habían precedido los días anteriores, y tocó al Padre Fray Lucas Milán, Lector de Arte, en el convento de San Francisco de esta ciudad, con la cual, así por el espíritu del Predicador como por lo adecuado del asunto que eligió y disposición de los ánimos atemorizados con el temblor de tierra, conmovió al pueblo a muchas lágrimas”.

“Está el volcán en su fuerza sin disminución, y de todas las bocas que abrieron sólo permanecen la principal de sobre la montaña, por donde salen llamas, humo, piedras y arena, y las tres que están a la subida, que son las que brotan la materia fluida que ha cubierto y cerrado las demás bocas corriendo sobre ellas continuamente, los temblores de tierra y con ello las tribulaciones de los habitadores de esta isla que con continuas súplicas, imploran la Piedad Divina por medio de María Santísima Nuestra Señora, cuya Santa Imagen de las Nieves queda en esta ciudad en el Convento de Religiosas Claras, de donde se volverá a la Parroquia continuándose las rogativas hasta que Nuestro Señor se acuerde de usar con nosotros de misericordia, librándonos de esta tribulación”.

Por último, de la devoción que el obispo de Canarias, Bartolomé García Ximénez, sentía por la Virgen de Candelaria, encontramos una cita publicada por el eminente y recordado profesor Jesús Hernández Perera, relacionada con la rápida extinción de este volcán, en la que dice lo siguiente:  

“Hay en los últimos años de vida de este ejemplar obispo de Canarias, cuando su quebrantada salud le obligó a acogerse al benigno clima de Santa Cruz, un episodio que nos indica el subido afecto de su corazón hacia la Virgen de Candelaria y la santidad eminente de su vida y de su fecundo pontificado. Habían llegado nuevas a Tenerife de la erupción del volcán de San Antonio, en el pueblo de Fuencaliente de la Isla de La Palma y hasta se había sentido los efectos de algún terremoto. Un día, dice su mentado biógrafo, tuvo conocimiento de los estragos del volcán y sin decir a nadie nada, salió de madrugada del puerto de Santa Cruz a lomo de caballería. Aunque llegó algo tarde y cansado, se revistió y celebró la Santa Misa. Los fieles circunstantes observaron que el prelado se había detenido en el altar más tiempo del de costumbre. Terminada la misa, descansó y regresó a Santa Cruz. Dos días después se supo en Tenerife que la erupción había concluido y precisamente en la misma hora en que el Iltmo. Sr. Jiménez alzaba la Sagrada Hostia ante María de Candelaria”.

La erupción del volcán de San Juan, acaecida en los meses de junio y julio de 1949,  fue motivo, una vez más, para que el pueblo palmero acudiera a Nuestra Señora de las Nieves en busca de auxilio espiritual ante las furias desatadas de la Naturaleza, o, como decía una de las crónicas de Diario de Avisos, “para por su mediación pedir al Todopoderoso que apague las iras del volcán”.

El 24 de julio, que fue domingo, la Patrona palmera salió a las siete y media de la mañana en procesión desde su santuario del monte camino de la villa de Breña Alta. Al llegar a la ermita de la Concepción se ofició una misa y a continuación prosiguió la comitiva hasta la parroquia de San Pedro, donde, antes de entrar, la venerada imagen dio vista al volcán y a continuación se ofició de nuevo la liturgia.

Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, la comitiva salió de la parroquia, desde la que se distinguía las luminarias de la erupción del volcán en la cumbre, camino de la iglesia matriz de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma, “seguida de una multitud inmensa, que con el mayor recogimiento decía sus oraciones, uniéndose a la suntuosa manifestación de los numerosos vecinos del trayecto que querían unir sus preces”.

La comitiva estaba presidida por los alcaldes de Breña Alta, Martín Cabrera Monterrey y  de Santa Cruz de La Palma, Rafael Álvarez Melo, así como el clero de las dos parroquias y el arcipreste del distrito, Luis van de Walle Carballo. A las nueve de la noche, la venerada imagen entró en la iglesia de El Salvador, donde fue recibida en medio de un gran fervor y, a continuación se oficiaron solemnes cultos, iniciándose un novenario de rogativa.

“Los fieles de La Palma –dice la crónica de Diario de Avisos– se aprestan a asistir devotamente a estos piadosos actos para por mediación de su Santísima Madre impetre del Altísimo que apague la gran hoguera en que hoy arden las tierras de La Palma, sumiendo en el dolor y la miseria a numerosos vecinos hermanos nuestros”.

El 26 de julio, al día siguiente de encontrarse Nuestra Señora de las Nieves en la capital insular, la actividad del volcán decreció considerablemente. En los días posteriores, y a excepción del día 30, en que se produjo el derrame de lava por el barranco de La Jurada, en la vertiente oriental de la Isla, la erupción cesó en su furia. ¿Milagro?. La devoción de la Isla así lo creyó.

El 5 de agosto del citado año, la imagen de Nuestra Señora de las Nieves, “con la fe, nunca desmentida, y el amor, no menos demostrado, en el transcurso de todas las generaciones –en el sabio decir de Alberto José Fernández García- inició el viaje de vuelta a su santuario del monte y en 1950, apenas un año después, fecha lustral, volvió de nuevo a la  capital insular en su tradicional Bajada.

Publicado en Diario de Avisos, 2 de mayo de 2004

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