Las horas amargas de Tomás Yanes

diciembre 3, 2010

Juan Carlos Díaz Lorenzo

A María Acosta Isidro, in memoriam

En abril de 1931, cuando se proclamó la Segunda República, accedió al cargo de delegado del Gobierno en La Palma, por un breve período de tiempo, Juan Sastre Pascual. A éste le sustituyó Francisco María Pinto Morales. En 1933 le relevó el joven profesor y brillante intelectual republicano José Pérez Vidal, que dimitió en ese mismo año por razones profesionales, siendo relevado por Manuel Rodríguez Acosta, destacado comerciante y dirigente del Partido Republicano Palmero, hasta enero de 1936.

Tras un breve episodio derivado de la formación del Gobierno de Portela Valladares y el nombramiento de Tomás Salgado Pérez como gobernador civil de la provincia, en enero de 1936 accedió al cargo José Francisco Carrillo Lavers, siendo sustituido en febrero de ese mismo año por Tomás Yanes Rodríguez, secretario de Izquierda Republicana y práctico titular del puerto de Santa Cruz de La Palma.

Había nacido en la capital palmera el 4 de febrero de 1900 en el seno de una familia marinera, lo que motivó su inclinación por la carrera de Náutica, realizando los estudios en la Escuela Oficial de Santa Cruz de Tenerife, en la que obtuvo el título de alumno el 17 de mayo de 1916, aunque había empezado a navegar desde que tenía 14 años.

Sus primeros viajes de altura los realizó a bordo del velero Guadalhorce, estrenándose con un viaje de Las Palmas a La Habana, que comenzó en el puerto de La Luz el 31 de mayo de 1916 y finalizó en la capital cubana el 5 de julio siguiente. Luego siguió a Fernandina y retornó a Las Palmas, a donde arribó el 27 de noviembre del citado año.

El 21 de enero de 1917 se hizo de nuevo a la mar rumbo a Cárdenas y desde dicho puerto cubano, el 20 de marzo siguió en demanda de Nueva York, a donde arribó el 21 de abril. “Se advertía la iluminación de la ciudad antes de llegar a la costa”, anotó en su diario de navegación. Desde la ciudad de los rascacielos regresó a Las Palmas y a partir de ese momento desconocemos la evolución de su carrera profesional, ya que no existe documento -al menos en poder de su familia- que lo acredite.

El 18 de enero de 1929 obtuvo el título de capitán de la Marina Mercante y, en ese mismo mes, la plaza de práctico de número del puerto de Santa Cruz de La Palma. En 1931 contrajo matrimonio con María Acosta Isidro y tuvo descendencia en sus hijas Luz y Carmen. De su noviazgo existe una anécdota que merece ser citada. Recaló en el puerto palmero un trasatlántico alemán que llevaba a bordo a las jóvenes participantes en la elección del concurso de “Miss Universo”, que se celebraría en Galveston. Tomás Yanes fue invitado a una recepción a bordo y acudió acompañado de su novia. En medio de la conversación con otros invitados, echaron en falta la presencia de las jóvenes participantes. Uno de los oficiales, en un alarde de elegancia, le dijo: “Esta muchacha -señalando a María Acosta- es más guapa que cualquiera de ellas. Ninguna tiene nada que hacer al lado suyo”.

Del 18 al 25 de julio

En la mañana del 18 de julio, cuando se conoció la noticia del alzamiento militar, las organizaciones obreras de La Palma, que tenían especial fuerza y arraigo en algunos pueblos de la isla, reaccionaron con la convocatoria de una huelga general, que estalló a mediodía, momento en el que los obreros recorrieron las calles y obligaron a cerrar los comercios y forzaron la retirada de los vehículos.

El comité del Bloque Popular, de mayoría comunista, dirigido por José Miguel Pérez, se había reunido a toda prisa en la sede de la delegación del Gobierno y decidió proponer al comité federal de la Federación de Trabajadores de La Palma un paro general. Dos delegados del citado comité, Manuel Brito García y Florisel Mendoza Santos -hermano éste del presidente del Cabildo, que se encontraba entonces fuera de la isla-, informaron al delegado del Gobierno de lo que habían decidido y contaron con su consentimiento. El comité de huelga prorrogaría el paro cada día hasta el 24 de julio.

En la sede de la Delegación del Gobierno se vivieron momentos muy tensos y agitados, en los que tuvieron un protagonismo destacado elementos radicales del sindicato obrero. Con la Guardia de Asalto a las órdenes de Tomás Yanes Rodríguez, en la tarde del 18 de julio, los afiliados de la Federación pedían insistentemente armas para defender al Gobierno del Frente Popular. Esa noche fueron detenidos los falangistas que más se habían destacado en los últimos meses, algunos de los cuales permanecieron en prisión hasta el final de la Semana Roja, en que fueron liberados por sus correligionarios llegados a bordo del cañonero Canalejas, y también fueron detenidos algunos de los derechistas más activos, practicándose registros en los domicilios de éstos, medida que también se aplicó en otros pueblos de la isla.

“El pacto del Frente Popular se mantuvo durante la Semana Roja -explica Salvador González Vázquez- porque, tanto las autoridades gubernativas afiliadas a Izquierda Republicana, como los socialistas y los comunistas convergieron en el propósito de defender al Gobierno de la Segunda República”, alentados por las noticias que transmitía la radio. “Además, prosigue, estaba claro que si los representantes del Gobierno querían que La Palma se mantuviera dentro de los márgenes de la legalidad republicana, no tenían otra opción que dar satisfacción a la presión popular que exigía tomar parte en la defensa del gobierno de izquierdas que habían votado. Actuaban como lo hacía el Gobierno de la República, pues, al día siguiente, fracasado el intento pactista de Martínez Barrios, el Gobierno Giral ordenaba armar a las milicias del Frente Popular y transmitía por radio instrucciones en este sentido, que, sin duda, llegaban a la isla de La Palma”.

Los líderes del Frente Popular -prosigue el citado investigador palmero- trataron de asegurar el respeto a la vida y el patrimonio de los detenidos. De hecho, la burguesía insular se mostraría agradecida al delegado del Gobierno por su actuación durante la Semana Roja, como lo recogen, entre otros, los testimonios de Francisco Lugo Álvarez, presidente del Nuevo Club, cuando manifestó que “estándole a juicio del que depone y además del de otras personas de orden, relieve y significación La Palma altamente agradecida a la actuación del señor Yanes”; y del presidente de Unión de Derechas, Esteban Pérez González, que remitió un escrito a las autoridades del Tribunal Militar, en el que decía, refiriéndose a la actuación de las autoridades republicanas, que “no es menos cierto que con su prudente actitud y su autoridad, mantuvieron el orden en La Palma durante la Semana Roja, no permitiendo que se nos molestara a las personas de derechas”.

Tomás Yanes (izq.) y su amigo Álvaro Lugo

En las declaraciones de los imputados en los consejos de guerra que se siguieron en su contra, manifestaron que los arrestos de los líderes de la derecha palmera fueron efectuados para que los dirigentes del Frente Popular se pudieran entrevistar con ellos. Tomás Yanes Rodríguez, delegado del Gobierno; Pelayo Díaz Cabrera, presidente de Izquierda Republicana y José Miguel Pérez, dirigente obrero y miembro destacado del Partido Comunista, hablaron a solas con los detenidos más significativos, con el objetivo de comunicarles que la República tenía controlado el alzamiento militar y se estaba a la espera de que la situación se resolviese de la mejor manera posible, por lo que les pedían que no provocasen alteraciones de orden público que pudiesen desembocar en tragedia.

Sin embargo, y como muestra de lo difícil que resultó en aquellos días ejercer el control de la situación, los obreros armados rodearon el cuartel de San Francisco para impedir la salida de las tropas o la entrada de refuerzos de la Guardia de Asalto o la Guardia Civil o paisanos de derechas, y en algún momento llegaron a plantear el asalto del mismo. Durante las noches, las rondas de milicianos armados recorrían las calles, mientras otros grupos establecían controles a las entradas de la ciudad, debidamente autorizados por el delegado del Gobierno, quien, el 19 de julio, siguiendo instrucciones, ordenó la incautación de la correspondencia dirigida a los militares, misión asignada a la Guardia de Asalto. Los dirigentes de Unión Republicana, liderados por Alonso Pérez Díaz, también apoyaron la legalidad republicana y contribuyeron a mantener el orden. Durante la Semana Roja, las clases conservadoras, en su mayoría, se replegaron a sus domicilios y casas de campo, a la espera de acontecimientos y siempre pendientes de la radio, lo mismo que los dirigentes de izquierda y el resto de la población, desconcertada ante el curso de los acontecimientos.

Entre el segundo y el tercer día de la Semana Roja, Tomás Yanes se reunió en el Nuevo Club con dos representantes de la burguesía conservadora, León Cobiella Zaera y Domingo Rodríguez Hernández, y dos representantes de la burguesía republicana, Francisco Lugo Álvarez y Manuel Fernández de Paz, a quienes comentó -según dice Salvador González Vázquez en su libro citado- que el movimiento obrero se le estaba yendo de las manos “y veía que no iba a poder contener a la gente”.

Al parecer, aunque en algún momento se barajó la posibilidad de poner fin a la situación entregando el mando a la autoridad militar, viendo el grado de excitación de las clases obreras y para evitar que se cometieran desmanes, se mantuvo en su puesto de acuerdo con lo que creía era su obligación y considerando que había sido nombrado por el Gobierno de la República y correspondía a ésta su cese.

Al amanecer del día 19 arribó al puerto de la capital palmera la motonave Ciudad de Mahón, encontrándose con el muelle en paro, por lo que no pudo realizar operaciones de ninguna clase. Al día siguiente, los marineros del buque de Compañía Trasmediterránea, alentados por los obreros, también secundaron la huelga.

El 22 de julio, procedente de Santa Cruz de Tenerife, arribó el vapor Río Francolí, encontrándose con la misma situación y sin fruta disponible para cargar por la huelga de jornaleros, empaquetados de plátanos y transporte. En este buque pudo haber embarcado Tomás Yanes Rodríguez, por la amistad que le unía con el capitán del mismo, pero su sentido del deber, en momentos tan importantes y delicados, determinó su decisión de permanecer en el cargo con todas sus consecuencias.

Ese mismo día también arribó el buque-escuela Galatea. Tomás Yanes subió a bordo cumpliendo con su obligación de práctico del puerto y comentó con el comandante Fausto Escrigas la situación en la que se encontraba la isla. Apenas media hora después, el mando del velero decidió continuar su viaje a Santa Cruz de Tenerife, a donde arribó al día siguiente, siendo informadas las autoridades militares de las noticias de primera mano que habían podido recoger durante su breve escala en La Palma.

El día 23 comenzó a tomar fuerza el posible envío de un barco de guerra con fuerzas armadas para someter a la isla y acabar con la situación. Desde Las Palmas, el mando militar envío dicho día dos telegramas dirigidos al delegado del Gobierno, el segundo de los cuales dice textualmente:

“En el día de hoy entregará sin excusa alguna al Comandante Militar de esa plaza cumplimentando órdenes recibida de ésta y Bando mi autoridad. Punto. Responde con su vida del cumplimiento de esta orden”.

Al acabar el día, Tomás Yanes, muy fatigado por la situación, estaba deseando un rápido desenlace y que no hubiera derramamiento de sangre. Las autoridades republicanas habían descartado la idea de la resistencia, pese a la presión de los sectores más radicales de las clases obreras.

Así llegó el 25 de julio. Tras la arribada del cañonero Canalejas, el delegado del Gobierno y sus principales colaboradores, incluida toda la dirección de Izquierda Republicana, fueron detenidos, encarcelados y sometidos a consejo de guerra sumarísimo por el delito de “rebelión militar”, incluyendo también a otros socialistas, comunistas o personas no adscritas a partido alguno.

En sentencia dictada el 20 de diciembre de 1936, Tomás Yanes Rodríguez, que había sido duramente castigado al ser detenido, y Pelayo Díaz Cabrera, fueron condenados a 30 años de cárcel, aunque el fiscal pidió la pena de muerte. Primero estuvo preso en los barcos de cabotaje fondeados en Santa Cruz de Tenerife, luego en el penal de Gando (Gran Canaria), más tarde en los almacenes de Fyffes, en la capital tinerfeña y, por último, en la prisión de Santa Cruz de La Palma, siendo puesto en libertad en 1941.

Durante este tiempo, su familia sufrió toda clase de vejaciones y vicisitudes. Conocieron el desprecio de muchos que hasta el alzamiento militar habían sido supuestos amigos de su casa y para sobrevivir tuvieron que vender propiedades y bienes personales, además de perder definitivamente otras propiedades que le fueron confiscadas, como una embarcación llamada Carmen Dolores. Mientras estuvo preso, su familia fue acogida en casa de un abuelo en el barrio de La Cuesta, situado en lo alto de Santa Cruz de La Palma.

Además, fue inhabilitado de acuerdo con una resolución de la Dirección General de Comunicaciones Marítimas, de fecha 3 de abril de 1941, por la que le impedía “desempeñar a bordo cargos que impliquen mando o autoridad”, por lo que no pudo ejercer su profesión de marino, si bien consiguió renovar el título de capitán de la Marina Mercante, el 3 de junio de 1944.

Cuando recobró la libertad, durante una temporada se dedicó a la pesca en aguas de Garafía. Más tarde, una vieja amistad con Imeldo Bello hizo posible el establecimiento y el suministro de una tienda de comestibles situada en la calle Real. Posteriormente, a nombre de un familiar, abrió la Agencia de Aduanas Acosta, situada en la Avenida Marítima y también desempeñó trabajo de consignatario de buques, ocupándose, entre otros, de las escalas de un barco de cabotaje llamado Llumeres, que cargaba atados de varas para los tomateros que se cultivaban en otras islas.

Tomás Yanes Rodríguez falleció en su ciudad natal el 4 de febrero de 1954, el mismo día que cumplía 54 años, víctima de un cáncer de pulmón. Su sepelio, como recuerdan testigos presenciales a su paso por la calle Real, constituyó una profunda e inmensa manifestación de duelo. Han pasado setenta años desde los acontecimientos que aquí recogemos y tanto su memoria como su destacado, difícil e ingrato protagonismo en aquellos días azarosos de la Semana Roja, sigue plenamente vigente.

Publicado en Diario de Avisos, 30 de julio de 2006

Bibliografía:

Díaz Lorenzo, Juan Carlos. La Palma y el mar. Madrid, 1993.

González Vázquez, Salvador. La Semana Roja en La Palma. Santa Cruz de Tenerife, 2004.

 

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