Olivia Stone, en el llano de Argual

enero 3, 2011

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Entre los viajeros ingleses que visitaron la isla de La Palma en la segunda mitad del siglo XIX destaca Olivia Stone, autora de un extenso libro de viajes titulado “Tenerife y sus seis satélites”, publicado por primera vez en Londres, en 1887 y traducido al español por Juan S. Amador Bedford y publicado en 1995, en los tiempos en que Jesús Bombín Quintana era responsable de publicaciones del Cabildo Insular de Gran Canaria.

La escritora inglesa visitó las Islas Canarias entre septiembre de 1883 y febrero de 1884. El 5 de septiembre del citado año arribó al puerto de Santa Cruz de Tenerife, a bordo del vapor Paraná, y el viaje de vuelta comenzó el 15 de febrero del año siguiente, en el puerto de La Luz, esta vez a bordo del vapor Trojan.

Las crónicas de los viajeros y científicos constituyen una interesante fuente documental para conocer la imagen y la situación del archipiélago en la época a que se refiere.  El estudio de estas publicaciones resulta atractivo, entre otras razones porque permite apreciar la visión que tenían los visitantes, en su mayoría ingleses, alemanes y franceses –caso de Elizabeth Murray, René Verneau, Sabino Berthelot, Karl von Fritsch, Piazzi Smyth y Adolphe Coquet, entre otros-, personas de una buena posición económica para permitirse un viaje de esta naturaleza, además de cultos, pues la mayoría de ellos se habían documentado previamente con textos referidos a la historia y la naturaleza de las islas. En el caso de Olivia Stone, por ejemplo, se aprecian las referencias que hace a la obra de Viera y Clavijo y también a su antecesor George Glas.

Olivia Stone, protagonista de esta crónica

Olivia Stone relata su llegada a la villa de Los Llanos de Aridane, el 12 de octubre de 1883, el mismo día de su llegada a La Palma después de casi cinco días de viaje a bordo del velero Matanzas por falta de viento, diciendo que este pueblo es “un lugar limpio, con casas bastante buenas y un par de plazas; la más cercana a la iglesia con bancos”. Sin embargo, su destino estaba un poco más lejos, en la residencia de Miguel de Sotomayor y Fernández, para quien Olivia Stone y su esposa portaba una carta de recomendación.

“El camino que llevaba a sus casas discurría junto a una acequia, mucho mayor que la de Los Llanos, de la cual goteaba agua sobre la orilla del camino, haciendo que creciera un talud exuberante de helechos y flores silvestres. Esta acequia fue construida por la familia Sotomayor, con dinero propio, para que la usase la gente de sus tierras y para regar”.

Cuando la viajera inglesa llegó al llano de Argual, “todo estaba bastante oscuro” y relata que “cruzamos a caballo una puerta y un gran patio cuadrado hasta llegar” a la residencia de los hermanos Miguel y Manuel de Sotomayor. “Nos condujeron a su despacho, mientras le hacían llegar nuestra carta”.

El recibimiento otorgado a los recién llegados fue atento y distinguido. “Poco después entró y, tras una conversación de unos minutos, nos llevó a la casa de su hermano y hermana, al otro extremo del patio. Nos recibieron con enorme hospitalidad y, poco después, cenamos. Los habitantes son muy amables al recibir así a desconocidos y existen pocos países que estén tan bien dispuestos. Encontramos mucha hospitalidad sincera. Frecuentemente llegábamos tarde por la noche a casa de un desconocido, a veces con una carta de presentación y otras veces sin ninguna, y nos recibían, nos trataban con amabilidad y nos íbamos contentos. Si menciono la manera en que fuimos recibidos, nuestras habitaciones y la comida que se nos ofreció, es porque confío en que no se considerará un atentado contra la hospitalidad, ya que sólo lo hago para mostrar las diferentes formas de vida y las diversas costumbres y hábitos que son propias de otra nacionalidad”.

Stone refiere en su relato que la familia Sotomayor “es una de las familias españolas más antiguas, forman parte de la verdadera aristocracia del archipiélago y se encontraban entre los primeros colonos que se asentaron aquí”. En el momento de su visita, como se indica, los hermanos Miguel y Manuel de Sotomayor eran los propietarios de la hacienda, cuyas extensas propiedades administraban conjuntamente.

“Dan trabajo –escribe- a un considerable número de personas, porque cultivan caña de azúcar, té, café, viñas y tabaco, además de los alimentos necesarios para la vida diaria”. Agrega que, durante su estancia, el hacendado Miguel de Sotomayor “nos señaló una fruta que, según nos dijo, era nueva en las islas, llamada sandía. Es como un melón, pero rosa por dentro y tiene semillas negras”.

 A pesar del rato tan agradable que los viajeros ingleses disfrutaban con sus anfitriones, “me alegré cuando sugirieron que nos debíamos ir a acostar, ya que estaba muy cansada. Nos condujeron a una habitación en el piso bajo, en la que había cuatro camas en fila. Se nos proporcionó de todo, ¡incluso colonia, pomada aromática y cepillo de dientes! Encontramos provisiones semejantes para los viajeros en muchas casas, especialmente entre las clases altas de modo que, evidentemente, es habitual”.

Panorámica del llano de Argual

La viajera hace un apunte sobre la forma de viajar, y escribe lo siguiente:

“Generalmente los españoles viajan con poco equipaje, o ninguno, evitando así tener que usar un caballo de carga. Por supuesto que es más caro viajar con equipaje, pero me temo que los ingleses no podríamos hacerlo de otra manera. Pensamos, de hecho, que solamente llevábamos con nosotros lo mínimo para subsistir y que habíamos economizado mucho ya que necesitábamos sólo una mula para el equipaje. Me temo que nuestros amigos españoles no pensaban lo mismo”.

“Padecía mucho con unas ronchas producidas por el sol que me salían sobre todo en las manos; por la noche me escocían tanto que casi no podía dormir. Don Manuel [Sotomayor] las notó y me ofreció un líquido refrescante y una pomada para curarlas. Me alegró enormemente recibir su medicación. Su esposa se río y me dijo que era el médico apañado de todo el vecindario, cosa que creo será muy necesaria ya que el médico más cercano vive en la Ciudad. El tratamiento de don Manuel resultó muy eficaz”.

En la descripción que hace Stone, la casa de la familia Sotomayor está situada a 850 pies sobre el nivel del mar. El sábado, 13 de octubre, al amanecer, la temperatura en la habitación de los huéspedes era de 21,1 grados centígrados (70 grados Fahrenheit). “Una de nuestras ventanas –apunta- da a una inmensa plaza formada por esta casa, otro par de viviendas y algunas oficinas. Se parece un poco a un patio de Cambrigde. En el centro hay un pequeño estanque, rodeado de piedra viva, como un roquedal, alrededor del cual crecen tres grupos de elegantes plantas de papiro. Algunas palomas, blancas y negras, revolotean y picotean grano en el suelo. Nuestra otra ventana da a un hermoso jardín, con un aljibe de cemento en el centro, que se utiliza para la irrigación y que tiene unas pilas de lavar a su lado. ¡Qué lugar tan bello para hacer la prosaica colada, a la sombra de naranjos y mirtos. Abandonando nuestro dormitorio, paseamos por la casa y subimos al piso superior y, al encontrarnos con una sirvienta, le preguntamos cómo se llegaba a la azotea”.

Olivia Stone se alojó en la casona de la familia Sotomayor

Olivia Stone se muestra fascinada en la descripción que hace a continuación del entorno que le rodea y de lo que divisa a lo lejos:

“Desde allí se obtenía una espléndida panorámica de las montañas. Las del lado Oeste de la Caldera recorren un amplio arco hacia nuestra izquierda; forman farallones y tienen perfiles muy afilados. Cerca del mar podemos ver un camino que sube por el empinado risco en zigzag y cruza por encima de la parte más baja que rodea la Caldera, y que esperamos recorrer mañana. Frente a nosotros y escondiendo parte de la Caldera –ya que forma un extremo de la pared curva que rodea el cráter- se encuentra el Pico de Bejenao. La cumbre del afilado perfil que rodea la Caldera es el Pico de los Muchachos. A la derecha de Bejenao se extiende el sinuoso llano o pendiente por el que pasamos ayer tras cruzar la cadena principal de montañas que recorre el centro de La Palma”.

“El terreno de los alrededores está bien cultivado, sobre todo en las inmediaciones de esta casa. Hay grandes plantaciones de caña de azúcar, de aspecto verde y fresco, y numerosas plantas de tabaco que inclinan elegantemente  las largas hojas verdes de sus rígidos tallos. Hay plátanos y calabazas secándose en la azotea y un mono, allí encadenado, nos observa con esos ojos semihumanos, que atraen y repelen a la vez A nuestros anfitriones parecen gustarles los animales. Además de las palomas y del mono, hay tres perros, algunos gatos, cuatro conejillos de indias y siete pájaros en jaulas colgadas en el pórtico”.

Dispuestos para seguir su recorrido por la isla, “tomamos té con bizcochos esta mañana temprano y ahora vamos a desayunar ¡”cuando lleguen las mulas”!. Nos pareció muy divertido que no se sirviese el desayuno hasta que llegasen los animales para que pudiésemos salir inmediatamente después, bien preparados y con fuerza para nuestro viaje del día, aunque la hora a la que los arrieros podrían llegar era algo maravillosamente incierto. Nos quedamos otra noche con nuestros gentiles anfitriones porque queremos subir a caballo por la parte inferior de la Caldera, un trayecto que requiere muchas horas”.

Antes de la partida, los viajeros ingleses habían departido con uno de sus anfitriones, Manuel de Sotomayor, sobre el traje típico. “Nos trajo un sombrero o gorra que se usa en una de las zonas vecinas. Está hecho de una tela tejida artesanalmente, de color castaño oscuro, casi negro, con un pico delante y un ala caída por detrás, en realidad muy parecido a un “sueste”. Nos lo regaló amablemente y dijo que nos conseguiría uno de los delantales de cuero. En ese momento un hombre que llevaba un samarrón cruzó el patio. Llamándolo para que viniera, le pidió que nos diera su delantal, y así lo hizo, quitándoselo allí mismo. Había escrito su nombre en el reverso con tinta antes de enviar la piel a curtir, garantizando así que le devolvieran la misma piel. Nuestros anfitriones nos regalaron algunas escobas de palma típicas, fabricadas con hojas de palma rajadas. Las más pequeñas, de unas ocho pulgadas de largo, se utilizan como escobillas de mano para la ropa o los muebles. Las más grandes tienen un mango clavado y son para uso doméstico. Nuestros amigos se acercaron hasta la puerta para vernos partir y doña Antonia arrancó una hoja de palma y la sostuvo sobre su cabeza como si fuese un parasol, y muy pintoresco”.

Comenzó, a continuación, el siguiente tramo del viaje de los esposos Stone en La Palma. “Cabalgamos por unos caminos y por debajo del pueblo de Argual y, en pocos minutos, llegamos al lado este del barranco de las Angustias, por cuyo lecho avanzaron los españoles cuando conquistaron la isla. Nosotros, sin embargo, cabalgamos por la parte superior del lado este, a no más de unos 150 pies sobre el fondo. El risco opuesto está dividido en dos partes hasta una cierta distancia del mar, y la mitad inferior es escarpada y contiene cuevas. Tiene también unos cortes de lo más curioso, como si el acantilado hubiera sido seccionado de arriba abajo con gigantescas y poderosas paletas de cortar queso. Esos cortes semicirculares comienzan y terminan abruptamente. La mitad superior de la montaña tiene una ligera pendiente al principio y en ella hay algunas casas aisladas y la tierra está dispuesta en bancales, pero la pendiente pronto se vuelve escarpada y, finalmente, vertical. Mientras avanzamos por el barranco a lo largo de un sendero estrecho a mitad de la falda, podemos mirar hacia atrás y hacia abajo, por todo el estrecho barranco rodeado de riscos, hasta el mar, donde hay una goleta fondeada cerca de la costa”.

El relato de Stone se vuelve minucioso, cuando detalla su acceso a la Caldera:

“Mientras serpenteamos por el estrecho sendero, la pendiente bajo nosotros se vuelve escarpada, casi tanto como la de la fachada opuesta. Vemos perfectamente el estrecho desfiladero a nuestros pies por donde fluye un sinuoso arroyo, como un hilo de plata. La distancia hace que el agua parezca poca pero, en realidad, es abundante, suficiente para abastecer a Argual, donde llega por canales excavados y acequias”.

“El fondo del barranco es de lava gris, lo que Fritsch llama piedra conglomerada de la Caldera, y ahora se encuentra a unos 1.000 pies más abajo, quedando otro tanto de precipicio por encima de nosotros en el lado que estamos. Los riscos del lado opuesto tienen unos precipicios de unos 3.000 pies de altura. De vez en cuando el aspecto vertical del paisaje cambia cuando aparece algún terreno pendiente en el lateral del risco donde, si la tierra es buena, está dispuesta en bancales y donde se aferran algunas casas de paredes blancas y tejados de teja roja. También en el fondo del barranco, a unos pies sobre el cauce, vemos una pequeña zona –que desde esta altura parece una meseta, aunque no realmente plana porque está dispuesta en bancales- cubierta de cañas y de tabaco, verde y refrescante para la vista, que contrasta con las faldas pardas de la montaña. Dondequiera que se ha acumulado tierra en los riscos, allí ha echado raíz un pino y su base está rodeada de verdor, zonas suaves y curiosamente brillantes, sobre la parda aridez de este paisaje de aspecto basáltico. Frente a donde nos encontramos hay una pequeña meseta en una vuelta del camino. Podemos ver ambos lados del barranco si miramos hacia el extremo superior. Numerosas crestas o espolones, de la cadena o anfiteatro principal de riscos que forman La Caldera, bajan hacia el centro como rayos convergentes. Las paredes de este cráter gigantesco tienen entre 3.000 y 4.000 pies de precipicio vertical antes de que aparezcan los espolones…”.

Fotos: Archivo Juan Carlos Díaz Lorenzo y FEDAC

 

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