Antonio Manuel

marzo 7, 2011

Juan Julio Fernández

Este Antonio Manuel al que me aferro con dolorido sentir fue un amigo y para muchos que también lo fueron sobran los apellidos. Para otros puede que sean necesarios, para entender que me estoy refiriendo a Antonio Manuel Díaz Rodríguez, quien, casi en silencio, nos acaba de dejar. 

En una foto que conservo y me han reenviado amigos y allegados comunes estoy con él y con Gabriel Duque Acosta a bordo de un barco frutero de la Compañía Pinillos, en el que salí por primera vez de La Palma para ir a Madrid, vía Alicante, que era el primer puerto que tocaban los barcos de esta flota en territorio peninsular. Ellos eran mayores que yo que, en aquel año de 1952, afrontaba la aventura de adentrarme por los caminos de la Arquitectura en la capital de España y la no menor de des-aislarme, saliendo del útero materno que para los isleños siempre es una isla. Y a pesar que nos separaban una media docena de años, anudé con ellos una amistad que solo se rompió con la muerte, primero de Gabriel, y ahora con la de Antonio. 

La prematura muerte de Gabriel privó a la Isla de una humanidad generosa, canalizada por la medicina y al servicio de los demás. Antonio vivió lo suficiente para dejar su impronta en la vida insular, en lo social y en lo político, en lo económico y en lo empresarial, en el entendimiento del paisaje y en el servicio a la agricultura y a la ganadería. A él se deben, entre otras cosas, la reivindicación del ganado vacuno propio de la isla y el reconocimiento, como raza, del perro pastor garafiano. Ambos vivieron la Isla con gran pasión. 

Cuando el inolvidable José Miguel Galván Bello me requirió para que me incorporase con él a la Unión de Centro Democrático y me confió la secretaría provincial del partido, dudé mucho en aceptarlo, aunque acabé haciéndolo al contar con libertad para dirigirme a conocidos con mucho camino andado y preguntarles si eran fascistas o comunistas y, cuando me confesaban que no lo eran, invitarles a entrar en el partido. 

Antonio Manuel Díaz Rodríguez

Y de aquellos contactos salieron las listas que, en vísperas de una nueva confrontación electoral pueden significar mucho, conformaron las candidaturas a todos los ayuntamientos y cabildos de la provincia. Y en Santa Cruz de la Palma conté con Antonio Manuel. No ganamos las elecciones al Ayuntamiento, porque se registró un triple empate entre una candidatura continuista encabezada por el anterior alcalde, persona intachable y amiga; otra del partido comunista, al frente de la cual iba un antiguo compañero del Instituto; y la de UCD, en la que iba Antonio, aunque no la encabezaba. Se planteó la posibilidad de pactar con la primera candidatura, pero decidimos abstenernos al no acceder su jefe de filas a que el alcalde fuera nuestro candidato y no poder aceptar, cuando apostábamos por la reforma frente a la ruptura que planteaban las izquierdas, que siguiera al frente de la Alcaldía quien, con toda legitimidad, se mantenía fiel a los principios del régimen anterior. Antonio afrontó la decisión y en el Ayuntamiento, con un alcalde comunista, quedó como concejal y en el Cabildo, dónde las ganamos, como consejero, dejando en ambas corporaciones huellas de buen hacer con rigor y ecuanimidad. 

Cuando me encargaron un libro sobre la arquitectura vernácula de las Islas, conté con su erudición y el conocimiento del territorio y, a pesar de su entrega, quiso quedarse en segunda fila. Y así vio la luz el libro Arquitectura rural en La Palma, suscrito por mí y por Juan Carlos Díaz Lorenzo. Más tarde sí aceptó encargarse de una de las secciones de un segundo libro, Santa Cruz de la Palma en blanco y negro, también con Díaz Lorenzo, en la que aportó, con galanura, retazos de la historia y de la vida social palmera.

Enamorado de su isla, pasó por el trance de la enfermedad y muerte de Blanca Ríos, su mujer, y el de sobrellevar, con entereza, la dolencia que hubo de sufrir. Sabía yo de su voluntaria soledad y procuré mantenerme en contacto con él cuánto pude, llamándole por teléfono y tratando de verle. En la última Bajada de la Virgen, rehusó salir de su casa, pero cuando pasada la Semana Grande le llamé para que asistiera a la presentación del libro La luz misteriosa del doctor Amílcar Morera Bravo, en “La Investigadora” de Santa Cruz de la Palma, allí estuvo, como el primero. La enfermedad le minaba, pero nada hacía presagiar que nos dejara tan pronto. 

Otra sociedad entrañable, “La Cosmológica”, de la que fue impulsor y presidente, pidió que se le velara en su sede y allí, según me cuentan, se le despidió emocionadamente. Otros, como algunos ya lo han hecho, darán cumplida cuenta de su bonhomía, de su coherencia, de sus conocimientos, de su sentido común y de sus realizaciones. Yo podría acogerme a los versos de Miguel Hernández -de quien supe por primera vez a bordo del barco que nos llevaba a la Península, cuando nos leyó los poemas de un libro que entonces y por mucho tiempo estuvo prohibido en España en los que habla del dolor que agarrota el aliento-, para expresar lo que siento. En una España en la que se puede leer con libertad, por la que él y muchos luchamos, él entendería que decirlo es el mejor homenaje que se le puede rendir y para mí, hacerlo, es una forma de huir de ausencia y anudar presencia.

Publicado el 6 de marzo de 2011 en Diario de Avisos [Decano de la prensa de Canarias]

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Una respuesta to “Antonio Manuel”

  1. Lamento el deceso de un ser humano aunque no le conoci era un bello, tal vez de los nuestros con familias al otro lado del Charco. Marcó su huella por el paso en la vida y es hermoso escuchar cuanto le apreciaban.

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