Francisco Díaz Pimienta, una figura relevante

junio 3, 2011

Juan Carlos Díaz Lorenzo

La llamada del mar en La Palma es un hecho consustancial con su propia historia. El protagonismo de la capital insular como tercer puerto del Imperio, después de Amberes y Sevilla; la concesión del Juzgado de Indias; el desarrollo de la industria de la construcción naval y la reparación de naos, debido a la abundancia de madera en los bosques de la Isla, y el afán de hombres comprometidos con su tiempo, fueron factores que contribuyeron decididamente, a lo largo de los siglos XVI y XVII, a consolidar el carácter marinero del pueblo palmero, que se ha mantenido en el transcurso del tiempo.

Los primeros constructores navales de La Palma de los que se tiene noticia son Pedro Hernández Almenara (n. 1584), Francisco Díaz Pimienta, padre (f. 1610) y Francisco Díaz Pimienta, hijo (1594-1652) y lo cierto es que, aunque destacaron sobre todo como marinos, no se tiene un conocimiento preciso de los buques que construyeron, salvo en el último caso.

La figura de Francisco Díaz Pimienta ha sido estudiada con profundidad por diversos investigadores –entre ellos Cesáreo Fernández Duro, José Wangüemert y Poggio, José Pérez Vidal y David W. Fernández- y todos coinciden, sin duda, en señalarle como una de las insignes figuras de la España del siglo XVII. Nació en Tazacorte el 14 de agosto de 1594, en una casa que aún existe -al menos según dice la tradición histórica- y fue bautizado en la parroquia matriz de Nuestra Señora de Los Remedios, en Los Llanos de Aridane.

Balconada en esquina de la casa natal de Díaz Pimienta en Tazacorte

Díaz Pimienta demostró desde sus primeros años de vida una especial inclinación por el estudio de las letras y se cuenta que a los 14 años hacía traducciones de los textos de Tito Livio y Quinto Curcio, con asombrosa facilidad, dedicándose, asimismo, al estudio de las matemáticas.

En Tazacorte vivió sus primeros años este personaje, hijo del capitán Francisco Díaz Pimienta y Franco, natural de Puntallana -aunque sus padres eran de ascendencia portuguesa-, quien fue un destacado marino de amplia trayectoria, hasta el punto de que había tomado parte en la célebre batalla de Lepanto.

Los hechos de armas y las narraciones de su padre despertaron en el joven Díaz Pimienta una especial vocación por la Marina y le pidió a su progenitor que le destinara a la Armada. Entonces no fue posible, ya que el capitán prefería que su hijo se iniciara en los estudios eclesiásticos en Sevilla, pues esa era su decisión desde hacía tiempo.

Francisco Díaz Pimienta era hijo natural. Wangüemert y Poggio dice en su libro El almirante Don Francisco Díaz Pimienta y su época, que todo lo que dice la tradición del país respecto a su ilegitimidad, queda confirmado por el testamento de su padre el capitán, “en terminante y expresiva cláusula” que dice:

“Declaramos que Francisco Díaz Pimienta, estudiante, lo tenemos en los estudios de Sevilla, a quien criamos en nuestra casa e a quien tenemos mucho amor y amistad, del cual en los dichos estudios le estamos sustentando y alimentamos y el susodicho se aplica  y trabaja para sí adelante con nuestra pretensión de ser de misa graduado; y le damos en cada un año mil quinientos reales para sus alimentos; queremos y es nuestra voluntad que se le den de aquí adelante la dicha cantidad en cada un año hasta que acabe sus cursos y se gradúe bachiller, y después para tres años que ha de pasar para graduarse licenciado, en cada uno de los dichos tres años se le den los tres mil y cuatro reales y cuatrocientos ducados para cuando se gradúe licenciado, y compre libros y después del dicho grado mandamos se le den de nuestros bienes mil y quinientos ducados para que sea señor de ellos, la cual dicha manda queremos que aunque sea vivo cualquiera de nos, siendo fallecido se hará se cumpla el dicho Francisco Díaz, estudiante, lo que en esta cláusula está dicho que le mandamos por vía de manda honrosa o por vía de tercio y quinto o en aquella vía y forma que mejor haya y pueda tener lugar de derecho para que se le pague todo ello de mis bienes, porque se lo damos por vía de limosna y caridad atento que es pobre…”.

Felipe II, por real cédula del año 1606, considerando los servicios prestados por el capitán Díaz Pimienta, le concedió determinadas concesiones y éste, en su testamento, declaró que a su hijo Francisco, que se encontraba por entonces estudiando para sacerdote en Sevilla, se le continuaran suministrando los 1.200 ducados anuales que le tenía señalados para sus gastos ordinarios.

Cuando su padre falleció en 1610 en Santa Cruz de La Palma, el joven Díaz Pimienta abandonó los estudios teológicos y se trasladó a Cartagena para ingresar en la Armada con la categoría de guardia marina, cumpliendo así con su manifiesta vocación. Destinado a Flandes, en ese territorio hizo su primera campaña. Se dice que sus actos de arrojo y valentía pronto le valieron el ascenso al empleo de alférez y que se distinguió en sus acciones de armas, en especial en los abordajes contra los buques holandeses y de otras nacionalidades, así como contra la piratería inglesa, cuyos navíos perseguían a las expediciones españolas que venían de América. Sus proezas tuvieron tanta resonancia por entonces en Europa, que el Gobierno le hizo el encargo de perseguir a los filibusteros que azotaban el territorio americano. Los servicios prestados por Díaz Pimienta en esta época son incontables.

La casa Massieu y la casa Díaz Pimienta, en el casco histórico de Tazacorte

Constructor naval

En los astilleros de La Habana, cuya licencia data de 1516, fue donde, probablemente, Díaz Pimienta se inició en el arte de la construcción naval. Pérez Vidal estima que se produjeron una serie de circunstancias favorables, como la cédula de 2 de marzo de 1620, en la que se otorgaba licencia para quienes en aquella ciudad “quisieesen fabricar navíos pudiessen libremente cortar de cualesquiera parte las maderas que necesitassen”. Para entonces, el apellido Díaz Pimienta ya estaba en La Habana unido con prestigio a la arquitectura naval de la época.

Su padre, Francisco Díaz Pimienta y Franco, que se había destacado en La Palma como constructor de naves, también había dirigido en La Habana la construcción de cuatro galeones destinados a la defensa de las costas y a la navegación entre Santo Domingo y Veracruz. El asiento de estos bajeles lo obtuvo en compañía del armador gaditano Alonso de Ferreira, con quien los fabricó en la ribera comprendida entre lo que fue muelle de la Machina y lo que hoy se llama Alameda de Paula, de la antigua capital habanera.

De la vigencia de estos astilleros se encargó después el antiguo general de galeones Juan Pérez de Oporto, pero fue Díaz Pimienta quien aparece en esta factoría dirigiendo algunas construcciones, entre otras las de un navío de 200 toneladas llamado Nuestra Señora de las Aguas Santas.

Pérez Vidal, el palmero insigne, refiere que “aquel muchacho que, sin adjurar del catolicismo, había roto en Sevilla la imposición paternal colgando su sotana de seminarista y que, lanzado a la mar, en pocos años se había acreditado de guerrero y marino”, puso la base de su consagración oficial como constructor naval cuando el 8 de febrero de 1625 se le otorgó en Madrid un asiento para la fábrica de dos galeones, también en la factoría de La Habana.

Díaz Pimienta estaba en las mejores condiciones de acometer su nueva empresa y, dada su relación con Thomé Cano, sin duda uno de los grandes innovadores en el arte de fabricar naos, “de acertar en los aún empíricos trabajos de arquitectura naval”. De ahí que en 1629, construidos ya los dos galeones del asiento otorgado en Madrid, el rey le nombró superintendente de las fábricas de bajeles de las islas de Barlovento.

En La Habana, Díaz Pimienta alternó el oficio de constructor naval con el mando de una de las compañías de milicias e intervino como contador en las obras de fortificación que emprendió en la ciudad el gobernador Bitrián de Viamonde. Se estima que alrededor de 1635 ya había ajustado las medidas para fabricar navíos de entre 500 y 700 toneladas, si bien, con el paso de los años, su actividad de constructor naval fue absorbida por la de marino.

Las necesidades militares y las pérdidas de más de doscientos navíos durante el período del Conde-Duque hicieron que se reactivara la construcción naval y que aparecieran entonces los documentos más importantes de Díaz Pimienta como constructor naval, es decir, las célebres “medidas” que calculó entre 1645 y 1650 para la fábrica de galeones en Cartagena de Indias y Guarnizo (Santander), respectivamente.

Tazacorte fue la primera luz y la cuna que arrulló al insigne palmero

Despachos de general y almirante

En 1634, Díaz Pimienta regresó de América y en la Península contrajo matrimonio con una noble dama castellana, María Alfonsa de Valdecilla, hija de un caballero de la Orden de Santiago, de quien tuvo sucesión, siendo descendientes suyos los marqueses de Villarreal de Burriel. En esta época, encontrándose en Sevilla, recibió los despachos de general y almirante de la Armada de Indias, que eran las graduaciones más altas de la Marina de Guerra con las que el Rey Felipe IV reconoció y premió sus extraordinarios servicios.

Es de destacar la hazaña que realizó en la memorable jornada en la que expulsó a los ingleses de la isla de Santa Catalina -llamada también de la Providencia-, de la que se habían apoderado, haciendo prisioneros y un rico botín. El Rey volvió a premiarle de nuevo por esta acción y le hizo merced del Hábito de Santiago.

El propio almirante Díaz Pimienta escribió la historia de estos acontecimientos, que fue editada en Madrid. Entre los despojos traídos se encontraban dos banderas inglesas que junto a un cuadro que representaba a la isla de Santa Catalina, quiso que fuesen colocados en la capilla de Santa Ana -hoy de San Pedro-, de la parroquia de El Salvador de Santa Cruz de La Palma, patronato de su familia.

Francisco Díaz Pimienta, general y almirante de la Armada, tuvo además los títulos de consejero de guerra de Su Majestad y Señor de la Villa de Puerto Real.

En la parroquia matriz de Los Remedios, en Los Llanos de Aridane, existe una lápida, muy antigua, colocada en el baptisterio, que dice:

“Aquí fue bautizado don Francisco Díaz Pimienta.- General y almirante de la Real Armada de Indias.- Caballero del Hábito de Santiago.- Marqués de Villarreal de Burriel. Que feneció gloriosamente sus días en el sitio de Barcelona y año del Señor 1652”.

Díaz Pimienta perdió la vida antes de que la plaza fuera sometida. Sin embargo, la noticia no se dio a conocer hasta que los rebeldes desistieron de su empeño y con ello lograron el triunfo. Como si del Cid Campeador se tratase, cuando Don Juan de Austria escribe al Rey sobre el luctuoso hecho, le dice “lo mucho que había sentido aquella pérdida, por la falta que juzgaba hacía al servicio de su Majestad un hombre de tantas experiencias y capacidad”. El sepulcro del almirante se encuentra en la ermita de San Andrés, en Barcelona, propiedad y patronato de los marqueses de Villarreal de Burriel.

Cesáreo Fernández Duro cita que el almirante “alcanzó la cúspide de la honra militar, llegando paso a paso a sustituir al egregio magnate duque de Medinacelli en la Capitanía General de los navíos de alto bordo”.

Fabro Bremundan escribe que “… llegando por la senda más ardua y dificultosa al puesto con que  murió de capitán general de la Armada del Mar Océano, y aún colmó de gloria, que igualaba, si no excedía, a lo sublime de aquella dignidad. Sujeto en quien admiró la edad presente, y admirarán las venideras en el grado de perfección mayor, todas las prendas que la idea sepa desear de un soldado y general del mar”.

Y Baltasar Gracián, en El Criticón, dice “que el famoso general se avanza tanto al enemigo, que le hace ver y aun probar su picante braveza”.

Santa Cruz de La Palma, Los Llanos de Aridane y Tazacorte han honrado su memoria dando su nombre a céntricas calles de las respectivas localidades. Y, a comienzos del siglo XX, uno de los barcos de la Compañía de Vapores Correos Interinsulares Canarios, también navegó con el nombre del insigne marino nacido en La Palma.

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo

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