Dos siglos entre luces y sombras

enero 8, 2012

Juan Carlos Díaz Lorenzo

A Miguel Bravo, buen paisano y mejor amigo

En 1634, año en el que se publicaron en Madrid las Constituciones Sinodales del Obispado de la Gran Canaria, Santa Cruz de La Palma tenía 600 vecinos, “muy buena Iglefia, con Beneficios enteros, y medios, mucha Clerecía; es muy bien fervida, por que tiene rica fábrica”. Las dificultades del acceso por mar se ponen en evidencia cuando dice que “… es menefter efperar la cortefia del mar…”, que muchas veces “eftá terrible y dificultofo de entrar, y embarcar: tiene buena fuersa, con fus foldados de guarda”.

Dicho documento se debe a la primera visita pastoral del obispo Miguel de la Cámara y Murga, que hizo una descripción exhaustiva y detallada de “todas las ciudades, villas y lugares que tienen estas siete islas… en todas he estado, sin faltar uno, ni Iglesia, o ermita que no haya visitado, visto y tocado por mis ojos y manos”. De ahí que las referencias geográficas, históricas y eclesiásticas contenidas en el citado documento poseen un inestimable valor para el conocimiento de la sociedad canaria del siglo XVII. Tales Constituciones Sinodales sirvieron para la preparación, desarrollo y resoluciones del quinto Sínodo diocesano, que tuvo como finalidad “corregir las costumbres y establecer el régimen espiritual de la Iglesia, conforme al espíritu del Concilio tridentino”.

El Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, los conventos de San Francisco y Santo Domingo, así como los dos de las monjas y el hospital, eran las construcciones civiles de mayor interés de la población. “En la ciudad hay gente bien nacida, tiene buenos propios y cafas de Ayuntamiento frente de la Iglefia, que efta alli la plasa, y cafi toda la ciudad fe refuelue en una grandisima calle. Vna ermita ay de deuoción, que fe dize nueftra Señora de las Nieves: ogaño paryiendo allí un madero, fe hallaron dos Cruzes en el, mandadas eftán guardar por el Obispo”.

La Palma, según el plano de Pedro Agustín del Castillo (1686)

En 1689, la isla contaba con 14.444 habitantes y 3.490 casas, de los cuales 3.184 habitantes vivían en la capital insular en 866 casas, dato del que se desprende que el crecimiento de los últimos cien años había tenido escasa importancia, pues el perímetro urbano se mantuvo prácticamente inalterable. En la sede de La Cosmológica se conserva una interesante composición, titulado Civitas Palmaria, en el que nos muestra una vista de Santa Cruz de La Palma desde el mar, en el que se aprecia que algunas de las casas que están en la calle de La Marina tienen balcones y el resto se superponen unas a otras, escalando las laderas que conforman el paisaje urbano de la ciudad.

Los cauces de los barrancos de Los Dolores y Las Nieves y las pequeñas barranqueras condicionaron la configuración urbana de la capital insular. Dos calles principales y perpendiculares a lo largo de la franja costera, llamadas Real y Trasera (O’ Daly y Álvarez de Abreu, respectivamente) presentan dicho aspecto desde el siglo XVI, como se aprecia en el plano de Torriani.

Las calles perpendiculares -San Sebastián, la actual avenida de El Puente, Baltasar Martín, etc.- permitieron la penetración hacia la ladera, que dejó en lo alto de la ciudad los conventos de San Francisco y Santo Domingo. Hacia el extremo norte, y al resguardo del castillo principal, se encuentra el barrio de Santa Catalina; y al sur, sobre el risco, la ermita de San Telmo, construida por la cofradía de mareantes en el barrio marinero de su mismo nombre.

La abundancia de madera en los bosques de la Isla favoreció el desarrollo de la construcción de casas y de edificios públicos, aunque estuvo condicionada por la falta de algunos materiales y su alto coste, pues tenían que ser importados, hasta el punto de que la piedra se utilizó casi con exclusividad en las fábricas nobles.

El modelo de la arquitectura doméstica, a cargo de autores anónimos, fue casi siempre el mismo y tuvo un carácter eminentemente funcional, en el que domina la homogeneidad, la sobriedad y la sencillez. De este esquema sólo destacan unos pocos edificios en la calle Real de Santa Cruz de La Palma y los enclaves de San Andrés, Argual y Tazacorte, en los que se emplean buenos materiales y se fabrican fachadas importantes con piedra labrada, así como en algunas fábricas de las Breñas. El mobiliario, escaso y costoso, fue importado desde Flandes, Inglaterra, Génova, las Indias y la Península y lo copiaron los artesanos locales en un modelo que se repitió con frecuencia.

Santa Cruz de La Palma sigue una traza renacentista

Además, no debemos olvidar que el período comprendido entre los siglos XVII y XVIII se caracterizó por una serie de numerosas y graves dificultades para el pueblo palmero, tales como epidemias, erupciones volcánicas (1646, 1677 y 1712), plagas de langosta, pérdida de cosechas, hambre, incendios, inmovilismo social y frecuentes agresiones del exterior.

La presencia de corsarios moros motivó una constante tensión y amenaza, así como cruentas incursiones, consecuencia de la proximidad geográfica del archipiélago con la costa africana y al tratarse el puerto de Santa Cruz de La Palma de la última escala técnica de los navíos antes de cruzar el Atlántico.

Entre otros desembarcos moros en La Palma, el historiador Viera y Clavijo refiere que “ha habido en Foncaliente, lugar de la Isla de La Palma, cierta familia llamada de los Mata-Moros, descendientes de una mujer muy varonil. Porque, habiendo entrado los moros por aquel paraje, se puso detrás de una puerta  y, con una especie de chuzo, fue haciendo pedazos a cuantos invadieron la casa. No obstante, los infieles se llevaron cautivas algunas pobres gentes que lavaban en un pozo vecino, cuyo suceso conservaron  aquellos naturales en sus romances y cantinelas”.

Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XVII se produjo un interesante florecimiento cultural en La Palma, de la mano de los escritores del barroco: Juan Bautista Poggio (1632-1707) y Pedro Álvarez de Lugo (1628-1706). El primero era de ascendencia genovesa y, además de cultivar la poesía heroica, destacó por sus textos de carácter amoroso, en los que exhibe un elegante estilo marcado por una fina técnica conceptista. También destacó por sus obras teatrales dedicadas a la Bajada de Nuestra Señora de las Nieves. El segundo destacó por sus obras en prosa, entre ellas Convalecencia del alma (1689) y un texto titulado Ilustración al sueño –descubierto por Andrés Sánchez Robayna-, pues se trata del único comentario literario que se conoce de esta época sobre la obra Primero Sueño, de la mayor poetisa barroca de Hispanoamérica, sor Juana Inés de la Cruz.

En el siglo XVIII el protagonismo de la amenaza exterior correspondió a los corsarios ingleses, como consecuencia de la alianza entre Inglaterra y Alemania frente a España en la Guerra de Sucesión. Esta situación provocó que Canarias, por su situación alejada y las facilidades que tenían algunas islas para ser invadidas, sufrieran las consecuencias del conflicto europeo.

En esta etapa se mantuvo el contacto con América, aunque entonces no tenía la fuerza de las relaciones del siglo XVI. El tránsito al Nuevo Mundo mantuvo un carácter regular, ante las perspectivas prometedoras de las tierras americanas, por lo que la ingrata realidad de La Palma hizo que muchos naturales estuvieran “ausentes en Indias de su Magestad”. Los principales sectores de la economía insular apenas experimentaron un incremento apreciable, pues la administración de los regidores perpetuos, más preocupados de sus privilegios y hacienda que del bien común, había causado un daño irreparable a la Isla, empobreciéndola hasta el extremo.

Plano de Santa Cruz de La Palma, según Antonio Rivière (1742)

En 1737, el obispo Pedro Manuel Dávila y Cárdenas, en las Constituciones y Nuevas Addiciones Synodales del Obispado de Las Canarias, publicadas en Madrid en la imprenta de Diego Miguel de Peralta, dice que “refolví embarcarme para la de La Palma, y llegué el día 21 de Junio á la Ciudad, que fe llama de Santa Cruz, aunque los más la intitulan San Miguel de Las Palmas (sic). Es muy buena y como de mil vecinos”.

En ese mismo año, Pedro Agustín del Castillo publicó su Descripción Histórica y Geográfica de las Islas de Canaria y dice de la capital insular que “la situación de la ciudad tiene poca altitud, y anocheciéndole muy temprano, por la sombra de un alto risco, que tiene por la espalda: se dilata la longitud a una sola calle, habitándola gente muy noble, y de escelentes ingenios. Tiene para su gobierno en lo eclesiástico vicario, y para lo político un teniente letrado que pone el corregidor de Tenerife con número de regidores y un coronel que gobierna las armas”.

Sin embargo, la tragedia volvería a cernirse de nuevo sobre la capital insular. El 26 de abril de 1770, un incendio iniciado en las casas de Antonio Pinto, en la calle Real, frente a la plaza mayor, destruyó un total de 26 casas, debido a que el fuego se propagó por las viviendas colindantes e incluso por algunas de la calle Trasera. Los daños se estimaron en unos 200.000 pesos y para sufragar una parte de este desastre se sugirió la posibilidad de intensificar el comercio irregular con “un par de registros supernumerarios para Canarias”, como cita el profesor Fernando Gabriel Martín en su libro Arquitectura doméstica canaria (Santa Cruz de Tenerife, 1978), resultado de su tesis doctoral. Casi veinte años después, en 1787, el censo insular era de 21.527 habitantes y 1.787 casas.

La fusión de los aborígenes con gentes hispánicas y de otras nacionalidades resulta fundamental para comprender la forja de la sociedad palmera. La Palma estaba poblada, además de castellanos y portugueses, que eran los más numerosos, europeos de otras procedencias, como los franceses que habían venido con Jean de Bethencourt e italianos, durante el siglo XV; flamencos y genoveses, en el siglo XVI; católicos irlandeses perseguidos por los protestantes, en los siglos XVII y XVIII; y los franceses procedentes de los prisioneros deportados durante las guerras napoleónicas, de los que muchos se quedaron y formaron familias, en la primera mitad del siglo XIX. Todos ellos, como apunta Juan Régulo Pérez, “con ideas muy diferentes de las imperantes en España”, incorporaron las Canarias a las corrientes europeas de libertad, proceso en el que La Palma fue pionera.

La Palma conocería en el último cuarto del siglo XVIII un acontecimiento de gran trascendencia en la vida insular, cuando llegó el final del gobierno de los regidores perpetuos, lo que marcó el comienzo de un auténtico renacimiento político, cultural y económico. Aquellos acontecimientos fueron el reflejo de la realidad socio-política de la época, tales como los enfrentamientos entre el bien común y los privilegios personales y de clase y las pugnas entre la facultad de gobierno empleada de forma absolutista y los derechos individuales y populares, favoreciendo en su solución a quienes detentaban el poder político, económico y religioso.

Un trozo de la ciudad, vista desde el puerto insular

Esta situación cambió de modo progresivo tras la abolición del carácter perpetuo de los regidores y la llegada progresiva de las ideas liberales, circunstancias que permitieron a Santa Cruz de La Palma dispusiera, en el último tercio del siglo XVIII, de la primera corporación libremente elegida del país.

Contra la estructura de gobierno absoluto, que había situado a la Isla en un estado de postración y miseria, se levantaron el garafiano Anselmo Pérez de Brito, licenciado en Leyes; el mercader de origen irlandés Dionisio O’ Daly, educado en Francia y afincado en la capital insular; el abogado Santiago Albertos, de origen piamontés y el comerciante Ambrosio Staford, oriundo de Irlanda aunque nacido en La Palma.

Tras varios años de ruidoso pleito, el Supremo Consejo de Castilla dispuso en diciembre de 1771 que, a partir de entonces, los consejos se formasen por elecciones populares. Los primeros comicios se organizaron según lo dispuesto en la Real Cédula de Carlos III, de 5 de mayo de 1766, y se celebraron en 1773. La nobleza no votó y el clero impidió que se celebrara una función religiosa en acción de gracias por esta exaltación del pueblo al poder, al pretender los elegidos prestar su juramento en la parroquia de El Salvador.

La situación de la población palmera era extrema, según se desprende de un informe confidencial que el fraile mercedario Juan Francisco de Medinilla envió a su obispo, fray Valentín de Morán, hacia 1758, cuando dice que “lo más de la gente come pan de helecho, unos con mistura, otros sin ella; y al helecho sin mistura llaman extreme, que es tal, que no se puede explicar el horror que causa el verle, de modo que ni los anacoretas en los yermos tendrían la penitencia en la comida que padecen estos mis pobrecitos”.

Y por si nos quedara alguna duda de lo dicho, el historiador Álvarez Rixo escribió de la aristocracia palmera que “en ninguna de las Yslas Canarias han sido tan insignificantes sus nobles, pues con muy pocas ecepciones, carecían de competente instrucción, haciéndoles su ignorancia ridículos mesquinos e impertinentes…”.

Planos de los autores citados y fotos del archivo de Miguel Bravo (miguelbravo.com)

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