Los primeros submarinos que llegaron a La Palma. Un episodio de 1921

octubre 5, 2013

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Al amanecer del 10 de mayo de 1921 el puerto de Santa Cruz de La Palma y los alrededores estaban colmados de público, con una gran emoción contenida. Días atrás, el periódico Diario de Avisos había anunciado la llegada de una flotilla de submarinos españoles, acompañada de un grupo de torpederos y el buque de apoyo Kanguro, un chisme flotante de curiosísima y extraña estampa marinera. 

Los submarinos y los torpederos atracaron, abarloados, junto al trozo de muelle entonces existente, cerca de la grúa Titán, mientras que el buque de apoyo fondeó en la bahía y borneó a merced del viento, mirando de popa a la playa de Bajamar y siempre al resguardo del omnipresente Risco de la Concepción. 

El público palmero no ocultó la emoción que le causó la presencia de aquellos sumergibles que, con el periscopio fuera del agua, de pronto emergieron a la vista de la ciudad para asombro y admiración de los presentes. La noticia corrió como la pólvora. El rosario de visitas y comentarios de ida y vuelta durante el tiempo que los distinguidos visitantes permanecieron en la capital fue impresionante, y aún perduró después, cuando las siluetas de los buques habían pasado a la historia marinera de La Palma y de Canarias. 

Maniobra de los primeros submarinos que llegaron a Santa Cruz de La Palma

La visita de la agrupación naval, interesante por cuanto venían a Canarias las unidades más modernas que entonces poseía nuestra Marina de Guerra, se debió a las gestiones del alcalde de Santa Cruz de Tenerife, Esteban Mandillo Tejera que, secundadas en Madrid por el diputado Benítez de Lugo, lograron el efecto deseado para realce de las Fiestas de Mayo de aquel año de la entonces capital del archipiélago. 

Unos días más tarde se recibió en la alcaldía de la capital tinerfeña el siguiente telegrama: “Gobierno cooperará Fiestas enviando escuadrilla de submarinos y otros buques de guerra”. Razón por la cual el alto mando naval militar ordenó que una agrupación de estos buques hiciera viaje de Canarias, para lo que organizó unos ejercicios navales y, al mismo tiempo, un periplo de escalas que permitiera dar satisfacción a la invitación cursada desde Santa Cruz de Tenerife y, al mismo tiempo, permitiera mostrar el pabellón para deleite de la ciudadanía. 

La agrupación estaba formada por los submarinos Isaac Peral, Monturiol (A-1), Cosme García (A-2) y A-3, al mando de los comandantes, tenientes de navío Francisco Guimerá, Manuel Pasquín, Ramón Ozámiz y Tomás Azcárate, quienes realizaban su primer gran crucero oceánico desde su incorporación a la Armada, y con ellos vinieron los torpederos T-1, T-5, T-21 y T-22, a modo de escolta, que mandaban los comandantes Navarro, Contreras, Tamayo y Rodríguez, respectivamente, así como el buque de salvamento Kanguro, un engendro de forma rara y fea como pocos. 

El día antes de la llegada, por la mañana, el comandante militar de Marina de Santa Cruz de Tenerife recibió un mensaje que, desde El Río, en Lanzarote, le enviaba el capitán de fragata Mateo García de los Reyes, comandante de la escuadrilla de submarinos, en viaje hacia Santa Cruz de Tenerife. 

El telegrama decía: 

“Espero llegar mañana, martes, de cuatro a cinco de la tarde. Los submarinos entrarán sumergidos hasta la boca del puerto, en línea de fila, precedidos por el torpedero T-5. Ruego a V.S. advierta a las embarcaciones del riesgo de interponerse en su derrota. El gallardete llevará la E del Código Internacional y una pirámide negra”. 

Y fue así como, con unas horas de antelación sobre el horario anunciado, llegó por primera vez al puerto tinerfeño el primer grupo de submarinos españoles. Cerca del lugar donde se encontraba fondeado el cañonero de apostadero, que entonces era el veterano Isabel II, lo hicieron los grises y estilizados submarinos y frente a la playa de La Peñita fondeó el extraño Kanguro –muy cerca de donde se encontraban los restos del vapor Roger de Lluria, de la flota de Tayá– y los cuatro torpederos. 

En la tarde del cinco de mayo arribó el destructor norteamericano Childs y antes de zarpar, el comandante de la agrupación española entregó 2.000 pesetas a modo de donativo al alcalde de Santa Cruz, para que, según sus deseos, fuesen distribuidas entre los establecimientos benéficos de la ciudad. 

En el momento de la partida, el alcalde Mandillo envió el siguiente telegrama al presidente del Consejo de Ministros y ministro de Marina: 

“Tengo el honor de manifestar a V.S. que en este momento zarpa la escuadrilla de submarinos y torpederos, después de haber permanecido en nuestro puerto desde el día 3, prestando enorme realce a los festejos que se han celebrado. 

La estancia de los ilustres marinos en esta población ha dado motivos a sus habitantes para exteriorizar los nobles sentimientos de su amor a la querida Patria, traducidos en los mayores agasajos y obsequios que han podido presentárseles, demostrativos de un espíritu nacional latente. 

El Ayuntamiento que presido, en nombre de esta capital y en el suyo propio, así como el alcalde que suscribe, congratúlense del suceso que ha constituido tan importante visita, tributando a V.S. imborrable agradecimiento por habernos dado una prueba, inequívoca, de fraternal cariño, tan necesario a este pueblo que, por hallarse distante de la Metrópoli, imagínale en muchos momentos huérfano de tan necesitado auxilio. 

Saludo a V.S., respetuosamente, alcalde Mandillo”. 

Aquí permanecieron los submarinos y sus escoltas hasta el día 9 de mayo, fecha en la que, después de suministrarse combustible líquido y carbón de las bodegas del transporte Almirante Lobo, zarparon hacia Santa Cruz de La Palma, San Sebastián de La Gomera, Las Palmas de Gran Canaria y Puerto de Cabra. Dos días antes de hacerse a la mar realizaron una demostración frente al muelle Sur. Aquel día, a las diez y media de la mañana y precedidos por el torpedero T-5, zarparon en superficie y cuando estaban fuera de puntas hicieron inmersión y rumbo al Sur volvieron a superficie a la altura aproximada del castillo de San Cristóbal, entre la natural expectación del numeroso público congregado en el paseo del Muelle Sur. Luego volvieron a sumergirse y cerca de la bocana del puerto salieron de nuevo a la superficie y en línea de fila –tras ellos los torpederos– volvieron todos a sus respectivos fondeaderos. 

El transporte Almirante Lobo, que había llegado desde Ferrol con combustible líquido para los submarinos y carbón para los restantes, se separó en Santa Cruz de Tenerife de la fuerza naval que mandaba el capitán de fragata García de los Reyes y retornó a Cádiz, siguiendo después al puerto de procedencia. 

El extraño buque de salvamento “Kanguro”, en aguas de Santa Cruz de La Palma

El buque de apoyo Kanguro había sido construido en los astilleros Konrad, en Haarlem (Holanda) y era un proyecto inspirado en el buque de salvamento alemán Vulkan. El contrato se firmó en julio de 1915, en tiempos del almirante Augusto Miranda y llegó a España en noviembre de 1919, bastante tiempo después de que hubiera finalizado su construcción, pues “las circunstancias anómalas de la guerra, explotadas con manifiesta mala fe por la casa contratante, dieron lugar a un largo pleito y tras cuatro años de estar amarrado el buque en Ámsterdam, hace pocos días ha llegado a España con tripulación española y acompañado por el Almirante Lobo. El barco en cuestión quedará agregado a la base de submarinos de Cartagena, y estará encendido y listo para salir a la mar, siempre que este fuera algún submarino… Durante el viaje de Ámsterdam a Ferrol y en el de Cádiz a Cartagena, el barco encontró alguna mar, que puso de manifiesto sus buenas condiciones marineras. El buque, a pesar de su contextura y tamaño, es muy manejable y gobierna muy bien”. 

Dicho buque estaba formado por dos medios cascos, separados entre sí ocho metros, con unas dimensiones de 84 m de eslora, 20 m de manga y seis m de puntal. Ambas mitades estaban unidas entre sí por la proa y la popa mediante robustas ligazones de remaches que formaban el castillo y la toldilla, dejando bajo ellas acceso para la entrada y salida de un submarino a flote o a media inmersión. A crujía del sistema de izado disponía de una grúa para levantar 650 toneladas de peso desde 40 metros de profundidad hasta seis metros sobre el nivel del mar, depositando luego el casco del submarino sobre dos calzos. 

El puente de mando se situaba sobre una plataforma central y próxima a éste una gran caseta desde la que se controlaban los cuatro motores eléctricos de los aparejos que permitían el izado de los submarinos. “Todo este manejo es a distancia –dice la crónica de Revista General de Marina, en su edición de abril de 1921–… todas las maniobras de arranque, izar, arriar, cambios de velocidad, etc., pueden hacerse desde la caseta, y dos mirillas convenientemente situadas en el piso, permiten al operador ver la entrada en el agua de los cables de los aparejos, pudiendo así juzgar la verticalidad de ellos y, por consiguiente, del centro del submarino que se está levantando”. 

Las máquinas alternativas de triple expansión y otros departamentos estancos, así como los talleres y los espacios de habitabilidad estaban dispuestos en los dos medios cascos. “El barco tiene un solo inconveniente, no pequeño; todos los servicios, tanto principales como auxiliares, dependen de las calderas de alta presión y tipo ordinario, resultando de ello que estando el barco apagado no se puede disponer de sus servicios antes de diez o doce horas, tiempo enormemente largo tratándose de la crítica situación de un submarino perdido, en el cual no debe demorarse en acudir en su socorro ni un minuto. Nunca el tiempo es más preciado que en esas angustiosas circunstancias. De estar el barco provisto con motores principales y auxiliares diesel, este grave defecto hubiera desaparecido. Actualmente, y para hacer frente a este inconveniente, se mantiene al buque con presión y completamente listo para largar por el chicote las amarras y acudir con la diligencia posible al salvamento de los submarinos en prácticas, lo cual representa un gasto grande de combustible y el consiguiente deterioro del material proporcionado a cuatro días de servicio por semana desde las 9 de la mañana hasta la puesta del sol…”. 

Después de permanecer un año amarrado en Ferrol, entró en servicio en diciembre de 1920, cuando quedó operativo y con base en Cartagena. Desplazaba 2.480 toneladas y podía desarrollar una velocidad de 8,6 nudos, propulsado por dos máquinas alternativas de 500 caballos cada una, con un radio de acción de 1.266 millas a toda máquina o 2.448 millas a velocidad económica. El calado a plena carga era de 3,37 metros.  

El barco nunca tuvo, afortunadamente, la necesidad de intervenir con la finalidad que había sido construido. Su actuación más destacada consistió en el rescate de las piezas de artillería del acorazado España, embarrancado en Cabo Tres Forcas el 26 de agosto de 1923. Causó baja en noviembre de 1943 y sus máquinas de vapor serían posteriormente utilizadas para la propulsión de los guardacostas Procyon y Pegaso, que estuvieron destinados en Canarias en la década de los años cincuenta y sesenta. 

Los torpederos, con algunas diferencias entre ellos, pertenecían al programa naval de 1908 y entraron en servicio entre 1911 y 1918. Eran unos barcos de proyecto francés, construidos en los astilleros de Cartagena, en número de 22 –de 24 buques previstos–, convirtiéndose así en la serie homogénea más larga que haya existido hasta ahora en la historia de la Armada Española. Desplazaban 186 toneladas y medía 52,25 metros de eslora total, armados con tres cañones de 47 mm y tres tubos lanzatorpedos de 450 mm en montaje simple y uno doble, ambos a crujía. Estaban propulsados por una turbina de vapor Parsons, de 4.100 caballos, que movían aquellos minúsculos barcos a una velocidad sostenida de 26 nudos. Causaron baja entre 1930 y 1949. 

Los submarinos que visitaron entonces el puerto palmero formaban el primer grupo operativo de este tipo de buques en la historia de Marina de Guerra española. El buque Isaac Peral había sido construido en los astilleros Fore River, en Massachussets (EE.UU.) y entró en servicio en enero de 1917. Pertenecía al tipo Holland, desarrollado por la compañía norteamericana Electric Boat Co. 

Desplazaba 742 toneladas en inmersión, medía 60 metros de eslora y desarrollaba en superficie una velocidad de 15 nudos, propulsado por motores diesel de 600 caballos y de 10 nudos en inmersión, a cargo de dos motores eléctricos de 340 caballos. Disponía de cuatro tubos para torpedos de 450 mm. y un cañón de 76 mm retráctil. Tenía una autonomía de 3.700 millas a 11 nudos en superficie y 80 millas en inmersión a 4,5 nudos. La dotación estaba formada por 28 hombres. El coste ascendió a 653.000 dólares y causó baja en mayo de 1932. 

Los submarinos Monturiol (A-1), Cosme García (A-2) y A-3 eran de factura italiana, construidos en los astilleros de San Giorgio y La Spezia y fueron entregados el 25 de agosto de 1917. El proyecto había sido desarrollado por el ingeniero Césare Laurenti y era repetición de los buques de la clase F de la Marina italiana. 

Medían 45,6 metros de eslora total, desplazaban 262 toneladas en superficie y 319 toneladas en inmersión, y alcanzaban una velocidad de 12,8 nudos en superficie, propulsados por dos motores Fiat de 350 caballos y 8 nudos en inmersión, a cargo de motores eléctricos Savigliano de 250 caballos. Tenían dos tubos de lanzar torpedos de 450 mm. La autonomía era de 1.300 millas a nueve nudos en superficie y 120 millas a 2,5 nudos en inmersión. El coste de cada uno ascendió a 1.300.000 liras y causaron baja, por el orden citado, en enero de 1934, diciembre de 1931 y mayo de 1932, respectivamente. 

Fotos: Archivos de Juan Carlos Díaz Lorenzo e Historia de La Palma (facebook, coordinador Maxiimiliano Gil).

 

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