Diego Robles

mayo 17, 2014

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En julio de 1984 llegué a la redacción de Diario de Avisos. Pronto me metí en el engranaje del periódico, haciéndome cargo de la sección marítima y reforzando la sección de La Palma, por razones obvias, en mi condición de palmero ejerciente. Por entonces formaban la delegación del decano de la prensa de Canarias el inolvidable Juan Francisco Pérez e Ignacio Negrín, así como un primo suyo, Carlos Negrín, que se ocupaba de las noticias del mundo deportivo. El fotógrafo de siempre era Diego Robles y un jovencito Onésimo, el responsable de administración.

Desde la nueva redacción de la calle Salamanca, estrenada poco tiempo antes, echaba una mano en buscar noticias y, sobre todo, en pasar páginas, que es así como llamamos los periodistas al esquema de trabajo de cada día, de acuerdo con la sección encomendada. En el caso de las páginas de La Palma, había que coordinar las diferentes informaciones y las fotografías, algunas de ellas de imperiosa actualidad y otras de segundo plano o de archivo, la mayoría de las cuales tenían el sello inconfundible de Diego Robles.

Diego Robles, coprotagonista de la historia de la fotografía en La Palma

Las fotos –entonces no era como hoy, a pesar de que no ha transcurrido tanto tiempo– o en su caso los carretes, llegaban casi siempre de mano de algún conocido que los traía de La Palma, por lo general en los dos últimos vuelos del día. Había, entonces, que coordinar a quien se los entregaba en el aeropuerto de La Palma, a quien los traía y a alguien del periódico para irlas a recoger. Si era un carrete en color, había que mandarlo a revelar a un laboratorio a toda pastilla y si era en blanco y negro, los mismos fotógrafos del periódico se ocupaban de ello. Las fotos y los carretes casi siempre llegaban a su destino. En una ocasión, hubo alguien que se apropió u “olvidó” de entregar un carrete y el director del periódico, que era entonces Leopoldo Fernández, le envío al día siguiente una severa advertencia en un recuadro a dos columnas. Todavía tengo el recorte guardado en una de mis carpetas de “asuntos palmeros”.

A Diego, en realidad, le conocía desde mucho antes de llegar a Diario de Avisos. Una de las primeras fotos que me hizo, si no recuerdo mal, fue en la Bajada de 1980, en la que era yo enviado especial de Jornada y, hablando en lengua palmera, nos ‘quitó’ al ‘enano’ José Juan Vidal y a mí una foto en la plaza de Santo Domingo poco después de presenciar el extraordinario espectáculo de la Danza de los Enanos.

Pues bien, años después, cuando fui designado jefe de la sección de La Palma, traté a Diego Robles con más asiduidad. Cualquier encargo que le hacía, lo cumplía a la perfección. A veces, porque la propia dinámica de los medios informativos es así, le exigía más de lo que el pobre hombre podía hacer y de lo que seguramente iba a cobrar por su trabajo. Porque, en honor a la verdad, Diego nunca condicionó su trabajo a la compensación económica y eso que, entonces, los fotógrafos al servicio del periódico cobraban bien poco. Sin embargo, a él le llamaba el sentido del deber y de arropar la noticia por encima de cualquier otra condición.

Diego era un fotógrafo de la vieja escuela, de los de antes, de los que ya no quedan. Persona entrañable, así resumo su condición humana de hombre educado, correcto, que siempre emplea el mismo tono y timbre de voz, buen conversador, con su maletín bajo un brazo cargado de fotos –encargos, la mayoría– repartidas en pequeños sobres de color sepia y su inseparable cámara colgando al cuello.

Diego Robles vino hace mucho a La Palma y aquí se quedó para siempre. Junto al inolvidable Tomás Ayut, Miguel Bethencourt, Fototilio, Antonio García Rueda –el entrañable Rueda que desde hace tantos años mantiene su vocación y trabajo en La Laguna– y otros coetáneos más, entre ellos los hijos de Manuel Rodríguez Quintero, en Los Llanos de Aridane, todos son herederos del arte asombroso y enigmático que trajo a La Palma aquel insigne fotógrafo llamado Miguel Brito.

Diego Robles recorrió infinidad de veces las ciudades, los pueblos y los caminos de la Isla y dejó testimonio de sus vivencias y recuerdos en miles y miles de fotografías. Un fondo documental que no debe perderse, porque en él está recogido una parte importante de la memoria fotográfica de La Palma del último medio siglo. Y, además, porque detrás de todo ese montón de cosas, está sobre todo la presencia de un hombre sencillo, digno y honesto, anchurosamente humano, bien enraizado en nuestra tierra y merecedor de un reconocimiento a su ingente labor.

Artículo publicado en el catálogo de la exposición “Diego Robles. 50 años de fotografía en La Palma (blanco y negro)”. Casa Salazar, 23 de enero de 2004.

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