Juan Carlos Díaz Lorenzo

Hace tres décadas que en La Palma se viene produciendo un nuevo amanecer en lo que al turismo marítimo se refiere. Desde mediados de los años ochenta se está produciendo un cambio en la tendencia de esta industria, que cada día es más poderosa. Cierto es que en los últimos tiempos se ha incrementado de una manera espectacular la presencia de buques cada vez mayores y con ellos los turistas que viajan a bordo, gracias al interés de las compañías navieras que tienen a Canarias entre sus destinos preferidos. La isla también aporta varios factores importantes que hacen que ello sea así: indudables atractivos como su belleza natural y paisajística, campos, montes y volcanes, un centro astrofísico de primer nivel mundial, paz y tranquilidad y el don hospitalario de nuestras gentes.

Es una magnífica oportunidad, además, para que la industria y el comercio local incrementen sus ventas. Ya lo hacen algunas bodegas, restaurantes y otros establecimientos, con notable éxito. Hay interés por conocer los centros de visitantes. Los guías turísticos cumplen un papel importante, diríamos decisivo. Hay que valorar el trabajo que hace cada dependiente en una tienda donde entra un turista. Seamos palmeros y mostremos el orgullo que legítimamente nos corresponde. Hablemos con dulzura y humildad de todo lo bueno que hay en nuestra isla y contagiemos al visitante de que somos habitantes de una tierra única.

El transporte discrecional de viajeros también tiene una ocupación notable, con buenos vehículos y magníficos profesionales, conductores serios, responsables y fiables que conocen muy bien las carreteras de la isla. La mejora que en ellas ha emprendido últimamente el Cabildo ayuda a modo de mejor tarjeta de presentación. El transporte público también resulta atractivo para que grupos de turistas puedan desplazarse a destinos próximos, con margen de tiempo suficiente, lo mismo que los taxis de Santa Cruz de La Palma, un colectivo dotado de buenos vehículos, limpios y bien presentados, formado por gentes que conocen su oficio y que sabe la importancia que tiene el trato correcto y afable y el precio justo. 

La Palma amanece para el turismo marítimo. Hay que cuidarlo. De todos depende.

La Palma es conocida fuera de nuestras fronteras insulares desde hace mucho tiempo, especialmente entre los cruceristas británicos, alemanes y nórdicos. Las más destacadas compañías marítimas –Cunard, P&O Cruises, Fred. Olsen Cruise Line, Peter Deilmann, Phoenix Reisen, Tui Cruises, Royal Caribbean International…– saben perfectamente lo que hay en nuestra isla y por eso programan las escalas. También influye la opinión de los pasajeros, que rellenan unos cuestionarios de satisfacción (o no) facilitados a bordo. Es importante la labor que desempeña el Patronato de Turismo, así como la de los CIT La Palma y CIT Tedote –especialmente, éste último– y confiamos en que se mantenga el rumbo adecuado con los escasos medios disponibles.

El tráfico que está generando el turismo marítimo en las últimas temporadas es notable y puede crecer más. Es preciso, no obstante, hacer un esfuerzo entre todos y eso incluye a aquellos que maltratan al turista. Cuidado con los abusadores en bares, cafeterías y restaurantes. Cuidado, también, con los excesos de algunos taxistas, que sabemos son casos aislados. Cuidado, en definitiva, con aquellos que atentan contra el interés común de una isla que sufre como pocas la maldición de la crisis económica. De todos depende que cada día seamos un poco mejores. Y en eso nos va mucho. Tenemos competidores muy fuertes a poca distancia. Madeira, sin ir más lejos. Seamos palmeros, todos, los unos y los otros y creamos cada día un poco más en las posibilidades de nuestra querida Isla. Seguro surgirán más ideas. Dicho queda.

Foto: Alicia Fernández Concepción

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Juan Carlos Díaz Lorenzo

En 1925 la compañía británica Elder & Fyffes contrató la construcción de tres nuevos buques para cubrir el servicio frutero de Canarias. La carga de trabajo se repartió entre dos astilleros: Cammell Laird & Co., en  Birkenhead y Alexander, Stephen & Son Ltd., en Glasgow. Dos años después, por la grada del primero resbaló el casco del buque “Argual” y la de la segunda lo hicieron los buques “Orotava” y “Telde”. Los tres entraron en servicio en junio y julio del mencionado año, lo que permitía la rotación semanal de la línea y fueron inscritos en la matrícula naval de Liverpool, que era entonces el puerto base de la flota. 

El 8 de junio de 1927 arribó el buque “Argual” en su primera escala en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Venía al mando del capitán Woodhouse, con una tripulación de tres oficiales de puente y otros cuatro de máquinas, incluido el primer maquinista y 28 tripulantes. Había sido botado el 4 de mayo en avanzado estado de construcción, de modo que el 1 de junio siguiente realizó las pruebas de mar con resultado satisfactorio y ese mismo día fue entregado a sus propietarios, haciéndose a la mar en su viaje inaugural. 

Estampa marinera del buque frutero “Argual”, recién estrenado

De 2.690 toneladas brutas y 1.581 toneladas netas, medía 103,78 m de eslora total –91,77 m de eslora entre perpendiculares–, 14,58 m de manga, 8,25 m de puntal y 7,35 m de calado máximo. Estaba propulsado por una máquina alternativa de triple expansión –fabricada en los talleres del astillero de Birkenhead– y dos calderas de llama en retorno, con una potencia de 1.800 caballos sobre un eje, que le permitía mantener una velocidad de 14 nudos. Disponía de alojamiento para ocho pasajeros en cuatro camarotes dobles. 

“Se halla dotado igualmente de una potente estación radiotelegráfica, que comunica con Londres desde estas islas. Asimismo está dotado de telegrafía submarina. Dispone también de un nuevo aparato para en caso de niebla no perder la dirección, siendo el primer barco a quien se le ha colocado con las nuevas modificaciones que se han introducido en el mismo”[1]

Otra imagen del buque “Argual”, en su etapa en las Antillas

El buque estaba compartimentado en cuatro bodegas, dos a proa y dos a popa de la superestructura central, con sus correspondientes tapas de escotillas y puntales. Cada bodega tenía tres entrepuentes, “donde la fruta puede acondicionarse de forma inmejorable”[2].  Podía cargar 30.000 bultos y dado que el servicio de Canarias no requería el mismo tratamiento que la fruta procedente del Caribe, estos barcos no tenían sistema de refrigeración y, en su lugar, llevaban un sistema de ventilación mecánica, formado por cuatro extractores y diez ventiladores en las bodegas de popa y nueve en las de proa, llamadas “cachimbas” en el argot portuario, aquellos “large deck ventilators” que ya forman parte de la historia de la navegación mercante, como gustaba recordar el admirado amigo Juan Antonio Padrón Albornoz. 

Desde su puesta en servicio, los buques “Argual”, “Orotava” y “Telde” cubrieron la línea frutera de Canarias. Hacían escalas en los puertos de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, donde recibían el transbordo de las cargas de plátanos y tomates de los “feeder ships” de la Compañía Marítima Canaria –“Aguila de Oro”, “Guanche”, “Colón”, “Tacoronte”, “Taoro”… –, que era la filial española de Elder & Dempster, con sede en la calle San Vicente Ferrer esquina a La Marina, frente a la plaza de la Pila o de Isabel II, en Santa Cruz de Tenerife. 

El buque “Telde”, segundo de la serie, visto por la amura de babor

A finales de 1932 cambió la orientación de Elder & Fyffes y, un año más tarde, la compañía transfirió el buque “Argual” a la Mayan S.S. Corporation, filial de la poderosa United Fruit Company, de EE.UU., que luego se hizo cargo también de los buques “Orotava” y “Telde”. Abanderados en Honduras, los tres fruteros conservaron sus nombres isleños, incluso cuando en 1934 pasaron a la Empresa Hondureña de Vapores, naviera cuya gerencia dependía de la Agencia Marítima Hondureña, asimismo filial de United Fruit, a la que fueron transferidos en 1949. 

Durante la Segunda Guerra Mundial fueron militarizados y participaron en varios convoyes en aguas del golfo de Méjico y el Caribe, principalmente entre Cayo Hueso y Guantánamo, llevando cargas de bananas y café. Después volvieron al tráfico frutero y así pasaron los años hasta que llegó el momento final. En 1954, el buque “Argual” fue desguazado en Mobile y, en 1959, el buque “Telde” corrió la misma suerte en Baltimore. El veterano “Orotava” se mantuvo a flote hasta agosto 1967, en que fue dado de baja y desmantelado en Vado. 

Fotos: Archivos de World Ship Society Miguel Bravo.

Consultas en páginas web: 

nationalarchives.gov.uk, shipsnostalgia.com, theshiplist.com, unitedfruit.org y warsailors.com. 


[1] “Gaceta de Tenerife”, 9 de junio de 1927.

[2] “El Progreso”, 9 de junio de 1927. 

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Durante años, muchos años a decir verdad, Gallegos vivió aislado en medio de profundos barrancos y apenas comunicado por mar a través del pequeño proís de su mismo nombre al pie de la costa abrupta y por los senderos de la cumbre y los caminos reales. Así, en un espacio físico muy limitado y lleno de necesidades y de carencias de todo tipo, pasó tiempo. Sin embargo, la agudeza y el ingenio de sus gentes, ha puesto de manifiesto que han sido capaces de superar las severas dificultades impuestas por la accidentada orografía, aliviadas en parte cuando en la década de los años cincuenta del siglo XX se construyó una carretera de difícil trazado y acceso, lo que facilitó la emigración de sus gentes hacia otras comarcas de la Isla, así como a Tenerife y en Venezuela, donde la presencia de gallegueros tiene bastante notoriedad.

Gallegos, escribe Leoncio Afonso, “tiene personalidad propia y diferenciada. Ha constituido un mundo aparte, aislado, fuera de las rutas interiores”. El territorio está accidentado por numerosos barranquillos que confluyen en el barranco de Medina, profundamente encajado en su tramo final, donde forma un estrecho lomo en su interfluvio con el de Franceses, y que aísla a una parte del tablado de Gallegos, donde se asienta la población y los cultivos de regadío, que aprovechan el agua de los manantiales de las zonas altas, y que llegan hasta el pueblo convenientemente canalizados, donde abastece a la población así como a la agricultura de subsistencia que en los últimos años ha sido sustituida parcialmente por el plátano.

El lomo de Gallegos termina en un acantilado de más de 200 metros de altura, produciéndose, como pocas veces, un violento contraste entre lo agreste y lo humanizado. La costa Norte de La Palma está formada por altísimos escarpados cortados por profundos barrancos que descienden desde las cumbres. Únicamente es accesible por tres puntos y para ello han sido acondicionados por el trabajo del hombre y sólo abordables en excepcionales condiciones de tiempo. En contraste con los altos escarpados, la costa tiene los fondos más aplacerados y menos hondables de la isla.

Vista parcial de Gallegos, en una fotografía de 1919

Situado sobre un lomo de terreno en pronunciada pendiente, obligado por los condicionantes geográficos y en una disposición similar a los pagos de Franceses y el Tablado de la Montañeta, en Garafía, el acceso al pequeño puerto era, sin embargo, difícil y peligroso, pese a lo cual los gallegueros, maestros de su peculiar destreza aprendida por la rigurosa imposición del medio natural, subían mercancías y bajaban varas de tomateros, que cargaban a marea llena y mar tranquila en los pequeños barcos de cabotaje que recalaban al socaire del impresionante risco que cae a plomo sobre el mar. A mediados del siglo XIX, Pascual Madoz escribe en su célebre “Diccionario” que Barlovento “está situado al pie de las escarpadas cimas de la cumbre, inmediato a la playa del mar con buena ventilación, cielo alegre, despejada atmósfera y clima saludable”. Y agrega, después de nombrar a los diferentes pagos, que tiene “bastante número de casas esparcidas, de poca altura y por lo común cubiertas de paja”.

René Verneau escribe apenas unas líneas de Barlovento, después de haber admirado la grandiosidad de la Caldera de Taburiente, y dice que “se encuentra bastante miserable a esta pobre aldea, con sus chozas diseminadas por todos lados”, criterio similar al expresado de Tijarafe, donde se encontró con una “pobre aldea” y en Puntagorda “las casas bajas, diseminadas, cubiertas de paja, denotan, desde el primer momento, que sus habitantes no nadan en la abundancia”.

La característica más sobresaliente de la casa en el medio rural de La Palma es su funcionalidad, proporcionada por sus elementos constructivos y el sentido del espacio. No sólo es la vivienda propiamente dicha para el hábitat familiar, sino que también surgen otras construcciones características del entorno. Así, donde se cría ganado, hay corrales y pajeros; donde hay viñas, lagares y bodegas y donde hay producción de cereales, graneros y molinos; además de aljibes para almacenar el agua, elemento imprescindible para poder vivir.

La casa palmera en particular, y la canaria en general, guarda una especial relación y coherencia entre paisaje y arquitectura y hasta la llegada de los indianos se resiste a las innovaciones impuestas por los estilos y las modas foráneas, lo que en algunas zonas, como es el caso de la cornisa del Norte de La Palma, se acusa mucho más debido al aislamiento.

La arquitectura rural –arquitectura sin arquitectos, como la ha definido Juan Julio Fernández- se caracteriza por gruesos muros de piedra basáltica, de gran resistencia y barro, reforzados en las esquinas con cadenas de sillares, técnica de origen lusitano. Las casas de los propietarios más pudientes eran de piedra y barro encaladas y techumbres de madera de pino de tea y teja y las más ricas se pavimentaban con tablas de tea, lo que se conoce como “suallado”.

La tipología de la casa palmera tiene una clara influencia portuguesa, que está muy arraigada en la construcción tradicional y su presencia se advierte con suma facilidad en muchas viviendas de toda la Isla. La simetría en los vanos, las ventanas de guillotina y el contraste dicromático de las piedras con los muros encalados, constituyen unos claros referentes.

La casa rural más habitual es la casa terrera de una planta donde se agrupan todas las habitaciones y la cocina es un anexo aislado del resto, que en ocasiones dispone de horno para hacer pan. También existen casas de dos pisos, llamadas “sobradadas”, ocupadas por agricultores o comerciantes acomodados, en las que el piso bajo sirve de almacén, lonja o venta de ultramarinos y el piso superior está dedicado a la vivienda.

La cubierta, en la mayoría de los casos, es de teja árabe a cuatro aguas, aunque desde principios del siglo XX también se encuentra la teja plana, llamada marsellesa o alicantina. La solución a cuatro aguas es, sin duda, la más compleja, aunque también la más frecuente en la casa tradicional palmera y aporta una notable originalidad plástica y una elegancia en las formas realmente admirable.

La teja sustituyó a los techos de colmo, palma, cañizo y ramas, que son materiales inflamables. Los cabildos promovieron el cambio para evitar desastres en caso de incendio y durante años el yacimiento proveedor de este material se encontraba en La Laguna, hasta que se prohibió su extracción debido a los grandes hoyos y el peligro que representaba para el ganado, por lo que la escasez de la producción local ha sido cubierta con la importada de la Península.

La casa palmera de una planta suele tener, por lo común, una sola puerta de entrada, abierta en el espacio intermedio y sendas ventanas a cada lado. En algunos casos, las ventanas disponían de dos asientos de un cuarto de cilindro, rematados con tablones de tea, que permiten sentarse para las labores del bordado artesanal y mirar o atender al exterior, mientras que en otros casos, los huecos de las ventanas llegan hasta el suelo, aunque la misión de las puertas laterales queda limitada respecto de la puerta principal. En otros casos, sobre todo en las casas de dos pisos, el acceso se resuelve por un lateral, solución bastante frecuente en el medio rural palmero.

El aljibe tiene forma cúbica o circular y se trata de un depósito subterráneo o de arrimo con paredes y fondo de mampostería en el que se recoge el agua de la lluvia, canalizada desde el tejado por un canal de madera o mampuesto o por un surco amplio que en los dominios de Garafía se denomina “rego”, y que puede tener una longitud considerable, de más de un centenar de metros.

En su recorrido hasta el aljibe, el agua arrastra tierra, arena y pequeñas piedras, por lo que primero el líquido pasa al “coladero”, donde se decanta y el agua limpia entra al aljibe. Al llenarse, rebosa por unos huecos abiertos en la parte superior de una de las paredes, denominados “embornales”, lo que se traduce en la garantía de tener agua todo el año.

Hasta el siglo XIX, en que se generalizó el uso de la cal para recubrir el trabajo de mampostería de los aljibes, abundaron los tanques de madera de tea, que se calafateaban -siguiendo el mismo sistema utilizado en los barcos- para garantizar su impermeabilidad. Desde los primeros tiempos de la conquista, los tanques de tea formaron parte del paisaje agrario de La Palma.

El viajero portugués Gaspar Frutuoso los cita cuando dice que en las tierras de Mazo y las Breñas “por no haber fuentes en estos lugares tienen tanques de agua tan grandes, hechos de madera de tea, que algunos llevan mil botas de agua, que conservan fresca y gustosa, que los médicos dicen que es gracias a esta agua que beben los isleños el ser tan sanos”.

Abreu Galindo se refiere también a la falta de fuentes de agua en La Palma y señala que “y no poderse los vecinos del campo sustentar con ellas, la necesidad les hizo inventar tanques de madera de tea, los cuales calafateaban y breaban y al mismo tiempo del invierno recoger en ellos de los tejados o de las quebradas y vallados el agua que han menester para el servicio de sus casas y sustentación de sus ganados…”.

El tinglado, llamado también “alpendre”, es una especie de pórtico de madera con cubierta de teja, apoyado en pies derechos y, en los más antiguos, en muros laterales, que se encuentra en las casas situadas a la vera del camino. Tiene un claro origen portugués derivado de las galileas lusitanas y se utilizó como lugar de estancia y reunión, para guardar aperos de labranza, carbón, leña, así como parada en el camino en los que existía una venta rural. La cocina se construía casi siempre separada del cuerpo principal de la casa, independiente y de unas mínimas dimensiones, situándose al lado contrario de los vientos dominantes para reducir el riesgo de incendios. Tiene una forma bastante precaria, con paredes de piedra seca y cubiertas de teja vana, dotada de un simple poyo para cocinar. Los humos escapaban entre las tejas, en ocasiones levantadas a propósito, lo que ha permitido con el paso del tiempo configurar la casa en forma de L y en unos casos más concretos, en forma de U.

El uso de la chimenea llegó más tarde, lo mismo que el cuarto de baño. Con el paso del tiempo se habilitó un pequeño cobertizo de piedra seca, de diseño muy precario y cubierta a un agua, sobre un pozo negro, que en el Norte de La Palma le llaman “cuarto preciso” y mucho más reciente en el tiempo, especialmente después de que llegaran las primeras remesas de dinero de los emigrantes en Venezuela, adquiere una forma más funcional.

Desde el punto de vista arquitectónico, una de las casas más interesantes de Gallegos está en la Cuesta de la Cancela y se la conoce como la casa de la Merina. Recuerda, en cierto modo, a la casa de José María Pérez Castro, “Gato Amarillo”, en Hoya Grande (Garafía), con una fachada de dos plantas y un monumental balcón corrido de pinotea. Reclama una necesaria restauración y bien merece que se conserve en buen estado.

En Gallegos, al igual que en Franceses, y escalonado entre los 400 y 600 metros de altura, perviven todavía algunos ejemplos de una antigua vivienda rural que, al igual que otros lugares de la comarca, tiene la particularidad de tener la cubierta de tablones de pinotea, a dos aguas y con muros de piedra seca. Separado por el barranco, y en lo bajo del lomo de La Crucita, existe una serie de cuevas que antaño fueron habitación y en la actualidad están abandonadas o sirven de corral de ganado.

A finales de la década de los cuarenta del siglo XX comenzó el éxodo del pueblo galleguero hacia Venezuela. Los primeros emigrantes salieron en 1948. Con el paso de los años, y el envío de las remesas económicas, las familias que quedaron en el barrio invirtieron dinero en la mejora de sus viviendas, como se pone de manifiesto en la construcción de los típicos añadidos que nada tienen que ver con el estilo arquitectónico seguido hasta entonces. Se fabrica el cuarto de baño simple y otros anexos a la vivienda principal, debido, en la mayoría de los casos, al crecimiento de la familia y al casamiento de alguno de sus miembros. Fruto del desarrollismo de esa época encontramos varios ejemplos en el barrio de Gallegos, al igual que sucede en otras partes de la isla.

El barrio de Gallegos celebra cada 26 de agosto el día grande de sus fiestas en honor de la Virgen de la Caridad del Cobre, imagen traída de Cuba en 1959. La venerada imagen recorre a hombros el barrio, presidida por la Cruz de Gallegos. La primera parada se produce delante de la Cruz de la Fuente, luego continúa el ascenso por el lomo de Los Castros, donde algunos vecinos de esta zona esperan al paso de la imagen para sumarse al recorrido procesional. Allí tiene lugar la segunda parada antes de regresar a la iglesia de la Santa Cruz, en la plaza de La Cancela, en medio de una gran devoción.

Foto: Archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Durante mucho tiempo existió la creencia de que el primer volcán histórico de La Palma había sido el volcán de Tacande y se había fijado la fecha de la erupción en 1585. Los investigadores que han tratado este tema han discutido mucho apoyándose en la interpretación de las distintas fuentes documentales. Sin embargo, desde hace algo más de treinta años años, el dilema está aclarado y se puede precisar que han sido siete, y no seis, como se creía hasta entonces, las erupciones históricas registradas en la isla en poco más de cinco siglos.

En el edificio volcánico de la Cumbre Vieja, llamado así en la voz popular aunque desde el punto de vista geológico es mucho más reciente que la Cumbre Nueva, se localizan los cráteres y las coladas lávicas de las erupciones correspondientes a los volcanes de Tacande (1470/1492), Tihuya (1585), Martín (1646), San Antonio (1677), El Charco (1712), San Juan (1949) y Teneguía (1971). Cuatro de ellos han ocurrido en el territorio que desde 1837 corresponde al municipio de Fuencaliente.

Sobre lo alto de Jedey se encuentra la fisura eruptiva del volcán de 1585, conocido también como volcán de Tihuya. La voz popular lo denomina Los Campanarios

En 1949, la profesora tinerfeña María Rosa Alonso, después de realizar un estudio sobre el estilo de las endechas a la muerte de Guillén Peraza, dijo que pertenecían al siglo XV y que el volcán al que se refería el historiador Abreu Galindo no podía ser del siglo XVI, sino anterior, con lo que habría habido otra erupción volcánica que no había sido oportunamente datada.

La hipótesis de la escritora tinerfeña fue motivo de una fuerte controversia entre la comunidad científica de la época, que rechazó tales argumentos, aduciendo que no podía establecerse, por este método, la existencia de una erupción anterior a la conquista. Sin embargo, el interés de María Rosa Alonso por desvelar este tema le llevó a comparar las descripciones existentes de los dos volcanes más antiguos, para lo que utilizó datos morfológicos y topográficos, aportando así nueva información para apoyar su tesis, de modo que permitiera aclarar la fecha de la supuesta erupción.

El ingeniero Leonardo Torriani, en 1592, cuando describe la erupción de 1585, hace una breve alusión a otra anterior. Núñez de la Peña, en 1676, sólo se refiere a los volcanes de 1585 y 1646. En 1632, Abreu Galindo escribe que “… en el término de Tixuya está una montaña que llaman Tacande, en la cual en tiempo antiguo parece hubo minero de azufre (…) y que desde el pie de esta montaña corre por un valle hasta media legua de la mar, cantidad de piedra que parece haber sido quemada y derretida, así en su color como en la forma que tiene; a la cual piedra llamaban los palmeros tacande”.

Viera y Clavijo, sin embargo, cita que en el cantón de Tihuya, que se extendía hasta la montaña de Tamanca, “había acontecido aquella desgracia, tan memorable para los palmenses, de haberse disuelto, por efecto de la erupción de un volcán, parte de la famosa montaña Tacande, que era el más fértil y delicioso terreno de la isla”.

En 1982 se hicieron pruebas con Carbono 14 y el resultado fue una edad de 1.530 años, con una variación de sesenta años, situándose la fecha de la erupción entre 1470 y 1492, lo que dio la razón a María Rosa Alonso y, al mismo tiempo, puso de manifiesto que hasta entonces había existido una confusión importante en la fecha y ubicación de los dos primeros volcanes históricos de La Palma.

En cuanto a las fechas probables de la erupción, María Rosa Alonso estima que debió producirse en 1443 ó 1447. Otro destacado investigador, Miguel Santiago, aunque mantiene sus dudas, piensa que pudo ser entre 1430 y 1440. Los resultados de las pruebas del Carbono 14 la sitúan entre 1470 y 1492, de ahí, en opinión de la profesora Romero Ruiz, “dado el alto valor documental que parecen haber demostrado las fuentes históricas, pensamos que es precisamente la fecha señalada por ellas la que ha de tomarse como válida”, es decir, entre 1430 y 1440, estableciendo así que la primera erupción histórica ocurrida en La Palma debe situarse a mediados del siglo XV.

De modo que el denominado volcán de Tacande, identificado con el cráter de Montaña Quemada, era anterior a la conquista de la Isla y había sido sistemáticamente confundido con la erupción de 1585, denominado volcán de Tihuya y hasta entonces asociado a la poco conocida erupción de 1712, con lo que, a partir de este momento, son siete y no seis, las erupciones históricas habidas en la isla de La Palma.

La colada lávica del volcán de Tacande no alcanzó el mar, deteniéndose en tierras del valle de Aridane, como se puede apreciar en la actualidad, en su recorrido desde el cráter de Montaña Quemada por tierras de El Paso hasta las proximidades del barrio de Triana.

De la erupción de 1585 existen las versiones de algunos testigos presenciales. Fray Alonso de Espinosa, testigo ocular de los hechos, escribió lo siguiente: “… junto a una fuentecilla, en un llano, fue creciendo la tierra visiblemente en forma de volcán, y se levantó en gran altura, como una gran montaña, y habiendo precedido muchos terremotos y temblores de tierra, vino a abrir una boca grande, echando por ella fuego espantoso y peñascos encendidos. Y al cabo de algunos días (con gran estruendo que se oyó en las otras islas) reventó y echó de sí dos o tres ríos de fuego, tan anchos como un tiro de escopeta, y corrieron más de legua por tierra, hasta llegar a la mar; y fue tanta la furia que el fuego llevaba, que media legua dentro en el mar calentó el agua y se cocieron los peces que en ella había. A los barcos se les derretía la brea”.

Torriani, en su escrito titulado “Del nuevo volcán de La Palma, o Monte Teguseo nacido”, dice que la erupción “empezó a levantarse visiblemente en su centro, con un gran hoyo que, tragándose algunos de aquellos árboles y levantando otros consigo, mandaba fuera un gran ruido acompañado por un terrible terremoto. Y, estas cosas aumentando con la tierra, en el espacio de dos días la llanura se hizo monte, de piedras grandes y pequeñas con tierra, como si fuese hecho por oficiales; y algunos que lo vieron en aquel tiempo, lo juzgaron alto de cincuenta pasos”.

Otros autores, posteriores en el tiempo, también se refieren a la erupción de 1585, entre ellos Núñez de la Peña, que dice que el volcán reventó a las dos de la tarde del 15 de abril del citado año. Pedro del Castillo, en 1737 y Viera y Clavijo, en 1776 citan las referencias de este volcán.

En 1804, Bory de St. Vincent menciona por primera vez la existencia de un pitón volcánico para referirse al volcán de 1585, “lo que llama poderosamente la atención -señala la profesora Romero Ruiz- si se tiene en cuenta que, según lo que puede deducirse de las descripciones previas, el comportamiento eruptivo de este volcán fue de tipo estromboliano”.

En 1836, el científico alemán Leopold von Buch, fue el primero en localizar su ubicación en la parte superior de El Paso, aunque de manera incorrecta, como se demostraría posteriormente y por la causa antes referida, hasta su completa aclaración en 1982, otros autores -caso de Webb y Berthelot (1839), Fernández Navarro (1911), Bonelli Rubio (1950), Romero Ortiz (1951), Manuel Martel San Gil (1960), etc.- también incurrieron en el mismo error histórico.

La fecha de la erupción fue discutida por Casas Pestana (1898) y Benítez Padilla (1949), basándose en la información de las actas del Cabildo de La Palma, y de la que el primero dice que reventó el 15 de mayo y estuvo en activo hasta el 10 de agosto, mientras que el segundo corrige la fecha y la sitúa en el 19 de mayo, con una duración de 84 días.

La polémica respecto a la fecha y características de la erupción de 1585 se aclaró en la década de los años sesenta, después del hallazgo de nuevos documentos de testigos presenciales, encontrados entre 1940 y 1950. La profesora Carmen Romero Ruiz señala, en concreto, un manuscrito de 14 folios escrito por las autoridades cabildicias de La Palma y depositado en la Biblioteca Nacional de Madrid, en el que se recogen las declaraciones de algunos testigos presenciales; y el siguiente es la descripción que hizo el ingeniero Leonardo Torriani.

La erupción comenzó el 19 de mayo de 1585 y el foco de actividad está situado a unos 800 metros sobre el nivel del mar. Las coladas lávicas se derramaron por la ladera occidental de la dorsal de la Cumbre Vieja, entre el poblado de Jedey y el Charco de Las Palmas y dieron origen a cambios importantes en el litoral insular, en la zona comprendida entre Puerto Naos y El Remo.

Sin embargo, el rasgo más sobresaliente es la formación de varios pitones, conocidos como Los Campanarios, desde los que se domina el paisaje de la comarca. Corresponden, según lo explicado por la profesora Romero Ruiz, “a sendas agujas de protusión”, según recoge la descripción de Torriani, cuando dice que “se veían dos grandísimas piedras, en medio del monte, delgadas en su parte superior, a modo de pirámides”. Estos pitones sufrieron un importante derrumbe durante la erupción del volcán de San Juan (1949) y en sus inmediaciones es posible apreciar cómo han sido colonizados por pinos canarios, algunos de ellos posicionados en los accesos más inverosímiles.

En la autorizada opinión de la profesora Romero Ruiz -cuya magnífica tesis doctoral bien merece ser reeditada-, durante la erupción del volcán de 1585 se sucedieron seis fases diferentes, siendo su rasgo más significativo “la extrusión de varios monolitos de morfología semejante al pitón de Mont Pelé, aunque no en sus dimensiones”.

Foto: José Javier Pérez Martín

Bibliografía

– Alonso, María Rosa. El volcán de Tacande. Revista de Historia. Nº 98-99. Abril/septiembre 1952. Tomo XVIII. Año XXV. Secretariado de Publicaciones de la Universidad de La Laguna.

– Alonso, María Rosa. Las endechas a la muerte de Guillén Peraza. Anuario de Estudios Atlánticos. Nº 2. 1956.

– Abreu Galindo, fr. Juan. Historia de la conquista de las Siete Islas de Canarias. Goya Ediciones. Santa Cruz de Tenerife, 1977.

– Díaz Lorenzo, Juan Carlos. Los volcanes de La Palma. Una aproximación histórica. Santa Cruz de Tenerife, 2008.

– Espinosa, Juan fr. Milagros de Nuestra Señora de Candelaria. Goya Ediciones. Santa Cruz de Tenerife, 1952.

– Romero Ortiz, Carmen. Las manifestaciones volcánicas históricas del Archipiélago Canario. Tomo I. Madrid, 1991.

– Santiago, Miguel. Los volcanes de La Palma (Islas Canarias). Separata de la revista “El Museo canario”. Nº 75/76. Las Palmas de Gran Canaria, 1960.

– Torriani, Leonardo. Descripción e historia del Reino de las Islas Canarias, antes Afortunadas, con el parecer de sus fortificaciones (1592). Traducción de A. Cioranescu. Goya Ediciones. Santa Cruz de Tenerife, 1978.

– Viera y Clavijo, J. Noticias de la historia general de las Islas Canarias. Tomo I. Goya Ediciones. Santa Cruz de Tenerife, 1982.

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Enrique Fernández Caldas fue uno de los palmeros más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. El viejo profesor, de cuya amistad nos honramos por espacio de algo más de treinta años, abandera a toda una generación de canarios que dejaron una huella profunda con su personalidad muy definida y su trabajo de décadas en las aulas de la Universidad de San Fernando de La Laguna, de la que fue rector magnífico entre 1973 y 1976, en una etapa ciertamente complicada. Cerró sus ojos plenos de sabiduría el pasado sábado, 7 de diciembre, a la edad de 90 años.

Fernández Caldas nos deja un legado impresionante. Amaba la ciencia, la investigación  y la docencia por igual. Amaba a su familia, a La Palma y a Canarias. Amaba también a Venezuela y hubo un tiempo en el que mantuvo estrechos vínculos cuando la octava isla era tierra de ilusión y se intensificaron los vínculos académicos en tiempos del cónsul general Jesús Enrique Márquez Moreno y el esplendor de la Casa de Venezuela en Canarias. Le vimos siempre presente en todos los actos importantes con figuras señeras de la otra orilla que ya forman parte de la historia contemporánea.

Enrique Fernández Caldas y Wolfredo Wilpret, en el homenaje de enero pasado

Fernández Caldas es uno de los personajes preclaros de Villa de Mazo, donde nació en 1923. Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de San Fernando de La Laguna, con la calificación de sobresaliente y premio extraordinario, en 1950 se doctoró por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó estudios de especialización en las universidades de Gante, Birmingham, Bristol y Cambridge, entre 1951 y 1954. Los dos años siguientes los pasó en las universidades norteamericanas de Berkeley, Riverside, Los Ángeles y Davis. 

Investigador invitado en las universidades de Arizona, Colorado, Wisconsin y Utah, fue también nombrado director honorario del Centro de Edafología y Biología Aplicada de Tenerife, asesor científico de la Fundación Ramón Areces y académico de la Academia Canaria de Ciencias. En 1962 accedió al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) como investigador y profesor. Hubo una época en la que desarrolló una intensa labor como miembro destacado del British Council y del Instituto Internacional de EE.UU., etapa en la que fue investigador invitado de las universidades de Arizona, Colorado, Wiscosin y Logan.

Se inició en la Universidad de San Fernando de la Laguna como profesor agregado, puesto que compartía con el de profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Fue progresando hasta alcanzar la categoría de catedrático de Edafología y Química Agrícola, a partir de lo cual se creó el que entonces se denominó Departamento de Edafología, del que al principio formaban parte el propio Enrique Fernández Caldas y sus primeros alumnos: Marisa Tejedor, José Manuel Hernández y Antonio Rodríguez Rodríguez. El insigne profesor abrió líneas de trabajo que se mantienen vigentes en la actualidad, lo cual da muestras de la clarividencia que tenía como investigador y que ha proyectado el rango internacional de la Universidad lagunera como centro punteros del país en dicha materia.

El ilustre palmero mantuvo, además, una destacada trayectoria política, en la que ejerció como procurador en Cortes, miembro del Consejo Nacional de Educación y consejero de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, entre 1987 y 1989, en tiempos de la presidencia de su amigo y paisano Fernando Fernández Martín. Etapa en la que le tocó navegar en las aguas turbulentas del conflicto universitario, cuando Las Palmas de Gran Canaria pidió que su universidad politécnica alcanzara un rango superior incluyendo también las ramas humanísticas y ante la disyuntiva que ello suponía y siendo partidario de dos centros complementarios, dimitió para no traicionar las posiciones y la coherencia que siempre había defendido. La Ley de Reorganización Universitaria de Canarias la firmó Lorenzo Olarte Cullen, investido presidente del Gobierno de Canarias el 28 de diciembre de 1988, tras la pérdida de la moción de confianza que había presentado Fernando Fernández Martín. 

La vena política de Fernández Caldas encontró siempre apoyo y consejo en su cuñado Rafael Clavijo García, otro preclaro tinerfeño, cuya presidencia en el Cabildo Insular de Tenerife (1974-1979) coincidió con su mandato en el rectorado de la Universidad de San Fernando de La Laguna. Aún es pronto para enjuiciar su trabajo como rector, si bien entre sus actuaciones más destacadas cabe mencionar la puesta en marcha de la Ley de Selectividad y la apertura de las facultades de Ciencias Económicas y Empresariales, Farmacia y Biología. Le tocó sufrir una huelga de profesores no numerarios y en su mandato la Universidad lagunera contaba con unos 13.000 alumnos, lo que suponía un incremento del 600% en los últimos siete años. 

Recuerda el apreciado amigo y estimado colega Carmelo Rivero el episodio de la actuación de Luis Llach en la Universidad de San Fernando de La Laguna y que acabó provocando su dimisión: “Cuando la autoridad prohibió un concierto de Lluis Llach en el Teatro Guimerá de Santa Cruz de Tenerife, aquel primer año sin Franco (1976), Caldas invitó al cantautor a actuar en la Universidad de La Laguna, de la que era rector, y lo amenazaron con la invasión policial del campus. Era una dictadura sin dictador, que se aferraba al ordeno y mando en el interregno del franquismo a la Transición. Caldas no cedió; los agentes asaltaron el recinto; él presentó la dimisión y Fraga expulsó a Llach” [El País, 9 diciembre de 2013].

Como corresponde a una figura tan destacada, Enrique Fernández Caldas estaba en posesión de numerosos e importantes reconocimientos. Entre ellas hemos de citar la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, la Gran Cruz al Mérito Militar, la Orden Andrés Bello de Venezuela y caballero de la Orden de las Palmas Académicas, de Francia. En junio de 1974 recibió un homenaje popular de su pueblo natal –en tiempos del alcalde Vicente Blanco Pérez– y desde entonces está expuesta en la plaza del Ayuntamiento de Villa de Mazo una placa que conmemora la gratitud de sus conciudadanos.

En diciembre de 2002 recibió el título de Hijo Predilecto de La Palma, en sesión plenaria del Cabildo Insular de La Palma, en tiempos de la presidencia de José Luis Perestelo. El homenajeado calificó entonces el reconocimiento de “extraordinario” y en su discurso, en el que realizó un largo e interesante recorrido por su trayectoria docente e investigadora, afirmó que “la educación es la única empresa con la que vale la pena soñar”. Fue un hombre fiel a su isla, con la que mantuvo vínculos constantes y de la que se enorgullecía en todo momento y circunstancia. Incluso hubo una etapa en la que dirigió con especial interés y dedicación el centro asociado de la UNED en Santa Cruz de La Palma.

A comienzos de este año, el 28 de enero, la Facultad de Biología de la Universidad de La Laguna le hizo entrega de la Medalla de Honor del centro, en un acto emotivo –que fue uno de los últimos de su prolongada trayectoria– en el que compartió el estrado con el eminente profesor Wolfredo Wilpret de la Torre, amigo y compañero de singladuras académicas. En sus palabras evocó su etapa al frente de la Universidad, en la que algunos de los problemas de entonces –las dificultades económicas, sobre todo– siguen vigentes en la actualidad. Dos meses después, en marzo, recibió el Premio Alonso de Nava y Grimón, convocado por la Asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la ULL, coincidiendo con el Día Institucional del centro académico.

Descanse en paz el admirado profesor, ilustre paisano y distinguido amigo.

Foto: Diario de Avisos

 

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Al amanecer del 10 de mayo de 1921 el puerto de Santa Cruz de La Palma y los alrededores estaban colmados de público, con una gran emoción contenida. Días atrás, el periódico Diario de Avisos había anunciado la llegada de una flotilla de submarinos españoles, acompañada de un grupo de torpederos y el buque de apoyo Kanguro, un chisme flotante de curiosísima y extraña estampa marinera. 

Los submarinos y los torpederos atracaron, abarloados, junto al trozo de muelle entonces existente, cerca de la grúa Titán, mientras que el buque de apoyo fondeó en la bahía y borneó a merced del viento, mirando de popa a la playa de Bajamar y siempre al resguardo del omnipresente Risco de la Concepción. 

El público palmero no ocultó la emoción que le causó la presencia de aquellos sumergibles que, con el periscopio fuera del agua, de pronto emergieron a la vista de la ciudad para asombro y admiración de los presentes. La noticia corrió como la pólvora. El rosario de visitas y comentarios de ida y vuelta durante el tiempo que los distinguidos visitantes permanecieron en la capital fue impresionante, y aún perduró después, cuando las siluetas de los buques habían pasado a la historia marinera de La Palma y de Canarias. 

Maniobra de los primeros submarinos que llegaron a Santa Cruz de La Palma

La visita de la agrupación naval, interesante por cuanto venían a Canarias las unidades más modernas que entonces poseía nuestra Marina de Guerra, se debió a las gestiones del alcalde de Santa Cruz de Tenerife, Esteban Mandillo Tejera que, secundadas en Madrid por el diputado Benítez de Lugo, lograron el efecto deseado para realce de las Fiestas de Mayo de aquel año de la entonces capital del archipiélago. 

Unos días más tarde se recibió en la alcaldía de la capital tinerfeña el siguiente telegrama: “Gobierno cooperará Fiestas enviando escuadrilla de submarinos y otros buques de guerra”. Razón por la cual el alto mando naval militar ordenó que una agrupación de estos buques hiciera viaje de Canarias, para lo que organizó unos ejercicios navales y, al mismo tiempo, un periplo de escalas que permitiera dar satisfacción a la invitación cursada desde Santa Cruz de Tenerife y, al mismo tiempo, permitiera mostrar el pabellón para deleite de la ciudadanía. 

La agrupación estaba formada por los submarinos Isaac Peral, Monturiol (A-1), Cosme García (A-2) y A-3, al mando de los comandantes, tenientes de navío Francisco Guimerá, Manuel Pasquín, Ramón Ozámiz y Tomás Azcárate, quienes realizaban su primer gran crucero oceánico desde su incorporación a la Armada, y con ellos vinieron los torpederos T-1, T-5, T-21 y T-22, a modo de escolta, que mandaban los comandantes Navarro, Contreras, Tamayo y Rodríguez, respectivamente, así como el buque de salvamento Kanguro, un engendro de forma rara y fea como pocos. 

El día antes de la llegada, por la mañana, el comandante militar de Marina de Santa Cruz de Tenerife recibió un mensaje que, desde El Río, en Lanzarote, le enviaba el capitán de fragata Mateo García de los Reyes, comandante de la escuadrilla de submarinos, en viaje hacia Santa Cruz de Tenerife. 

El telegrama decía: 

“Espero llegar mañana, martes, de cuatro a cinco de la tarde. Los submarinos entrarán sumergidos hasta la boca del puerto, en línea de fila, precedidos por el torpedero T-5. Ruego a V.S. advierta a las embarcaciones del riesgo de interponerse en su derrota. El gallardete llevará la E del Código Internacional y una pirámide negra”. 

Y fue así como, con unas horas de antelación sobre el horario anunciado, llegó por primera vez al puerto tinerfeño el primer grupo de submarinos españoles. Cerca del lugar donde se encontraba fondeado el cañonero de apostadero, que entonces era el veterano Isabel II, lo hicieron los grises y estilizados submarinos y frente a la playa de La Peñita fondeó el extraño Kanguro –muy cerca de donde se encontraban los restos del vapor Roger de Lluria, de la flota de Tayá– y los cuatro torpederos. 

En la tarde del cinco de mayo arribó el destructor norteamericano Childs y antes de zarpar, el comandante de la agrupación española entregó 2.000 pesetas a modo de donativo al alcalde de Santa Cruz, para que, según sus deseos, fuesen distribuidas entre los establecimientos benéficos de la ciudad. 

En el momento de la partida, el alcalde Mandillo envió el siguiente telegrama al presidente del Consejo de Ministros y ministro de Marina: 

“Tengo el honor de manifestar a V.S. que en este momento zarpa la escuadrilla de submarinos y torpederos, después de haber permanecido en nuestro puerto desde el día 3, prestando enorme realce a los festejos que se han celebrado. 

La estancia de los ilustres marinos en esta población ha dado motivos a sus habitantes para exteriorizar los nobles sentimientos de su amor a la querida Patria, traducidos en los mayores agasajos y obsequios que han podido presentárseles, demostrativos de un espíritu nacional latente. 

El Ayuntamiento que presido, en nombre de esta capital y en el suyo propio, así como el alcalde que suscribe, congratúlense del suceso que ha constituido tan importante visita, tributando a V.S. imborrable agradecimiento por habernos dado una prueba, inequívoca, de fraternal cariño, tan necesario a este pueblo que, por hallarse distante de la Metrópoli, imagínale en muchos momentos huérfano de tan necesitado auxilio. 

Saludo a V.S., respetuosamente, alcalde Mandillo”. 

Aquí permanecieron los submarinos y sus escoltas hasta el día 9 de mayo, fecha en la que, después de suministrarse combustible líquido y carbón de las bodegas del transporte Almirante Lobo, zarparon hacia Santa Cruz de La Palma, San Sebastián de La Gomera, Las Palmas de Gran Canaria y Puerto de Cabra. Dos días antes de hacerse a la mar realizaron una demostración frente al muelle Sur. Aquel día, a las diez y media de la mañana y precedidos por el torpedero T-5, zarparon en superficie y cuando estaban fuera de puntas hicieron inmersión y rumbo al Sur volvieron a superficie a la altura aproximada del castillo de San Cristóbal, entre la natural expectación del numeroso público congregado en el paseo del Muelle Sur. Luego volvieron a sumergirse y cerca de la bocana del puerto salieron de nuevo a la superficie y en línea de fila –tras ellos los torpederos– volvieron todos a sus respectivos fondeaderos. 

El transporte Almirante Lobo, que había llegado desde Ferrol con combustible líquido para los submarinos y carbón para los restantes, se separó en Santa Cruz de Tenerife de la fuerza naval que mandaba el capitán de fragata García de los Reyes y retornó a Cádiz, siguiendo después al puerto de procedencia. 

El extraño buque de salvamento “Kanguro”, en aguas de Santa Cruz de La Palma

El buque de apoyo Kanguro había sido construido en los astilleros Konrad, en Haarlem (Holanda) y era un proyecto inspirado en el buque de salvamento alemán Vulkan. El contrato se firmó en julio de 1915, en tiempos del almirante Augusto Miranda y llegó a España en noviembre de 1919, bastante tiempo después de que hubiera finalizado su construcción, pues “las circunstancias anómalas de la guerra, explotadas con manifiesta mala fe por la casa contratante, dieron lugar a un largo pleito y tras cuatro años de estar amarrado el buque en Ámsterdam, hace pocos días ha llegado a España con tripulación española y acompañado por el Almirante Lobo. El barco en cuestión quedará agregado a la base de submarinos de Cartagena, y estará encendido y listo para salir a la mar, siempre que este fuera algún submarino… Durante el viaje de Ámsterdam a Ferrol y en el de Cádiz a Cartagena, el barco encontró alguna mar, que puso de manifiesto sus buenas condiciones marineras. El buque, a pesar de su contextura y tamaño, es muy manejable y gobierna muy bien”. 

Dicho buque estaba formado por dos medios cascos, separados entre sí ocho metros, con unas dimensiones de 84 m de eslora, 20 m de manga y seis m de puntal. Ambas mitades estaban unidas entre sí por la proa y la popa mediante robustas ligazones de remaches que formaban el castillo y la toldilla, dejando bajo ellas acceso para la entrada y salida de un submarino a flote o a media inmersión. A crujía del sistema de izado disponía de una grúa para levantar 650 toneladas de peso desde 40 metros de profundidad hasta seis metros sobre el nivel del mar, depositando luego el casco del submarino sobre dos calzos. 

El puente de mando se situaba sobre una plataforma central y próxima a éste una gran caseta desde la que se controlaban los cuatro motores eléctricos de los aparejos que permitían el izado de los submarinos. “Todo este manejo es a distancia –dice la crónica de Revista General de Marina, en su edición de abril de 1921–… todas las maniobras de arranque, izar, arriar, cambios de velocidad, etc., pueden hacerse desde la caseta, y dos mirillas convenientemente situadas en el piso, permiten al operador ver la entrada en el agua de los cables de los aparejos, pudiendo así juzgar la verticalidad de ellos y, por consiguiente, del centro del submarino que se está levantando”. 

Las máquinas alternativas de triple expansión y otros departamentos estancos, así como los talleres y los espacios de habitabilidad estaban dispuestos en los dos medios cascos. “El barco tiene un solo inconveniente, no pequeño; todos los servicios, tanto principales como auxiliares, dependen de las calderas de alta presión y tipo ordinario, resultando de ello que estando el barco apagado no se puede disponer de sus servicios antes de diez o doce horas, tiempo enormemente largo tratándose de la crítica situación de un submarino perdido, en el cual no debe demorarse en acudir en su socorro ni un minuto. Nunca el tiempo es más preciado que en esas angustiosas circunstancias. De estar el barco provisto con motores principales y auxiliares diesel, este grave defecto hubiera desaparecido. Actualmente, y para hacer frente a este inconveniente, se mantiene al buque con presión y completamente listo para largar por el chicote las amarras y acudir con la diligencia posible al salvamento de los submarinos en prácticas, lo cual representa un gasto grande de combustible y el consiguiente deterioro del material proporcionado a cuatro días de servicio por semana desde las 9 de la mañana hasta la puesta del sol…”. 

Después de permanecer un año amarrado en Ferrol, entró en servicio en diciembre de 1920, cuando quedó operativo y con base en Cartagena. Desplazaba 2.480 toneladas y podía desarrollar una velocidad de 8,6 nudos, propulsado por dos máquinas alternativas de 500 caballos cada una, con un radio de acción de 1.266 millas a toda máquina o 2.448 millas a velocidad económica. El calado a plena carga era de 3,37 metros.  

El barco nunca tuvo, afortunadamente, la necesidad de intervenir con la finalidad que había sido construido. Su actuación más destacada consistió en el rescate de las piezas de artillería del acorazado España, embarrancado en Cabo Tres Forcas el 26 de agosto de 1923. Causó baja en noviembre de 1943 y sus máquinas de vapor serían posteriormente utilizadas para la propulsión de los guardacostas Procyon y Pegaso, que estuvieron destinados en Canarias en la década de los años cincuenta y sesenta. 

Los torpederos, con algunas diferencias entre ellos, pertenecían al programa naval de 1908 y entraron en servicio entre 1911 y 1918. Eran unos barcos de proyecto francés, construidos en los astilleros de Cartagena, en número de 22 –de 24 buques previstos–, convirtiéndose así en la serie homogénea más larga que haya existido hasta ahora en la historia de la Armada Española. Desplazaban 186 toneladas y medía 52,25 metros de eslora total, armados con tres cañones de 47 mm y tres tubos lanzatorpedos de 450 mm en montaje simple y uno doble, ambos a crujía. Estaban propulsados por una turbina de vapor Parsons, de 4.100 caballos, que movían aquellos minúsculos barcos a una velocidad sostenida de 26 nudos. Causaron baja entre 1930 y 1949. 

Los submarinos que visitaron entonces el puerto palmero formaban el primer grupo operativo de este tipo de buques en la historia de Marina de Guerra española. El buque Isaac Peral había sido construido en los astilleros Fore River, en Massachussets (EE.UU.) y entró en servicio en enero de 1917. Pertenecía al tipo Holland, desarrollado por la compañía norteamericana Electric Boat Co. 

Desplazaba 742 toneladas en inmersión, medía 60 metros de eslora y desarrollaba en superficie una velocidad de 15 nudos, propulsado por motores diesel de 600 caballos y de 10 nudos en inmersión, a cargo de dos motores eléctricos de 340 caballos. Disponía de cuatro tubos para torpedos de 450 mm. y un cañón de 76 mm retráctil. Tenía una autonomía de 3.700 millas a 11 nudos en superficie y 80 millas en inmersión a 4,5 nudos. La dotación estaba formada por 28 hombres. El coste ascendió a 653.000 dólares y causó baja en mayo de 1932. 

Los submarinos Monturiol (A-1), Cosme García (A-2) y A-3 eran de factura italiana, construidos en los astilleros de San Giorgio y La Spezia y fueron entregados el 25 de agosto de 1917. El proyecto había sido desarrollado por el ingeniero Césare Laurenti y era repetición de los buques de la clase F de la Marina italiana. 

Medían 45,6 metros de eslora total, desplazaban 262 toneladas en superficie y 319 toneladas en inmersión, y alcanzaban una velocidad de 12,8 nudos en superficie, propulsados por dos motores Fiat de 350 caballos y 8 nudos en inmersión, a cargo de motores eléctricos Savigliano de 250 caballos. Tenían dos tubos de lanzar torpedos de 450 mm. La autonomía era de 1.300 millas a nueve nudos en superficie y 120 millas a 2,5 nudos en inmersión. El coste de cada uno ascendió a 1.300.000 liras y causaron baja, por el orden citado, en enero de 1934, diciembre de 1931 y mayo de 1932, respectivamente. 

Fotos: Archivos de Juan Carlos Díaz Lorenzo e Historia de La Palma (facebook, coordinador Maxiimiliano Gil).

 

Juan Carlos Díaz Lorenzo

La Palma había conocido a lo largo del siglo XV varios intentos de ocupación sin éxito. Los genoveses la habían explorado a partir de 1341, cuando la expedición de Niccoloso da Recco llegó a las costas de la isla. Los cazadores portugueses de esclavos, vinculados con La Gomera desde 1424 y apoyados por las relaciones de éstos con algunos jefes gomeros, participaron con frecuencia en las escaramuzas en las costas de La Palma en busca de carga humana y ganado. Así lo relata el historiador portugués Azurara[1], que se refiere a la agilidad de los movimientos de los palmeros entre los peñascos y a su destreza y puntería en el lanzamiento de piedras, lo que tuvo en algunas ocasiones resultados trágicos, de los cuales el más notable fue la muerte de Guillén Peraza, hijo de Hernán Peraza el Viejo. 

Alonso Fernández de Lugo, que había participado en la conquista de Gran Canaria,  obtuvo de Pedro de Vera un repartimiento de tierras en Agaete, en las que cultivó caña de azúcar. En 1491 se trasladó a Granada para reafirmar la propiedad ante el gobernador Maldonado y al año siguiente obtuvo los derechos de conquista sobre las islas de La Palma y Tenerife, así como capitulaciones y otras promesas en metálico y en especie condicionadas al éxito de la operación en el plazo de un año. 

La isla de La Palma, en el plano que levantó Leonardo Torriani

La expedición, en la que participó gente reclutada en Sevilla, así como grupos de canarios y gomeros, estaba formada por una fuerza de unos 900 hombres y financiada por el mercader florentino Juanotto Berardi y el genovés Francisco de Riberol. El 29 de septiembre de 1492 desembarcó en la playa de Tazacorte y el 3 de mayo de 1493, después de una campaña militar de seis meses, que finalizó con la captura del mítico Tanausú, el adelantado Alonso Fernández de Lugo fundó la villa del Apurón en el antiguo cantón de Tedote, que en 1514 se convirtió en la villa de Santa Cruz y en 1542 ya se titulaba Muy Noble y Leal Ciudad.

El asentamiento en la costa oriental no fue casual. El enclave está abrigado de los vientos del Norte, predominantes en el Archipiélago y el barranco de El Río suministraba agua abundante. Los veleros del siglo XV recalaban en las islas empujados por las corrientes y los alisios desde el continente europeo y seguían una ruta lo más próxima a la costa africana, tras lo cual llegaban a La Palma desde el Noroeste, quedando al socaire del Risco de la Concepción, que ofrecía una protección eficaz. 

La vida ciudadana de la incipiente capital insular tiene su origen en el promontorio  de La Encarnación. En la cueva de Carías se celebró el primer cabildo en el que se dictaron y discutieron las primeras leyes y ordenanzas para el régimen de gobierno de la Isla y muy cerca se construyó una modesta ermita que años después sería el primer templo de la ciudad bajo la advocación de Nuestra Señora de la Encarnación[2]

El 15 de noviembre de 1496, Fernández de Lugo obtuvo permiso real para repartir tierras y poblar el nuevo asentamiento. Los indígenas, poco numerosos y combativos, fueron reducidos a la esclavitud y su cultura rudimentaria desapareció unos años después. La Isla tenía, según la pluma del médico Méndez Nieto, que la visitó en 1561, el aspecto de un establecimiento insular sin población autóctona. 

En 1508, por disposición de la reina Juana, se fundó el convento de San Francisco en un sitio que se dio a los frailes “que se hallaban albergados en unas cuevas y chozas” y en 1530 lo fue el convento de Santo Domingo, con cátedra de Filosofía y Teología, lo mismo que el anterior. En 1514 se fundó el hospital de Nuestra Señora de los Dolores, en virtud de una bula del Papa León X, “establecimiento que creció con las limosnas, mandas y legados de los vecinos”[3]

El Cabildo obtuvo autorización del emperador Carlos I por una real carta y provisión de 14 de febrero de 1537, expedida en Valladolid, para que en la villa principal de La Palma repartiera doscientos solares y en las aldeas y lugares hasta cincuenta, a personas pobres que no tuvieran casas[4]

La calidad de las tierras y la abundancia de agua hizo que los centros de producción de La Palma se establecieran en las comarcas de San Andrés y Sauces, en el Norte y Argual y Tazacorte, en el sur, favorecieron el desarrollo agrícola, en especial la caña de azúcar y en menor medida la vid, que abastecía la demanda azucarera de Francia, Inglaterra y los Países Bajos y Santa Cruz de La Palma ostentara desde el principio el carácter de centro insular. 

La construcción del puerto fue una de las primeras obras públicas que se acometieron en la Isla y su diseño está vinculado a la figura histórica de Leonardo Torriani, que llegó a la Isla en agosto de 1584 y a quien la capital palmera le recordaba la riviera genovesa. Además del proyecto del muelle, para el que el rey Felipe II otorgó merced por un tiempo limitado de 500 licencias de esclavos, el ingeniero italiano diseñó una torre defensiva en La Caldereta, que no llegó a construirse. 

El puerto, que era entonces un simple desembarcadero que la mar destrozaba con frecuencia, suponía una infraestructura necesaria para la exportación de los productos agrícolas, además de un punto de concentración del tráfico marítimo y, al mismo tiempo, una avanzadilla militar destinada al dominio y la defensa de la Isla. A finales del siglo XVI (1587) habitaban La Palma 5.850 personas, momento en que se produjo la decadencia de la caña de azúcar. 

“Fue creciendo la tierra y con la noticia de su fertilidad -escribe Gaspar Frutuoso- acudieron flamencos y españoles, catalanes, aragoneses, levantinos, portugueses, franceses e ingleses con sus negocios, de lo que vino tanto aumento, que vino a ser la mayor escala de Indias y de todas las islas…”[5]

La Palma, dice Viera y Clavijo, estaba “poblada de familias españolas nobles, heredadas y todavía activas, condecorada de una ciudad marítima que se iba hermoseando con iglesias, conventos, ermitas, hospitales, casas concejales y otros edificios públicos, defendida contra los piratas europeos, aunque entonces sólo por algunas fortificaciones muy débiles, y dada enteramente al cultivo de las cañas de azúcar, viñas y pomares, al desmonte, a la pesca y a la navegación”[6].


[1] Gomes Eanes da Zurara. Crónica del Descubrimiento y Conquista de Guinea (1448). Estudio crítico de Manuel Hernández González y traducción de José A. Delgado Luis. La Orotava, 1998. 

[2] Pérez García, Jaime. Casas y familias de una ciudad histórica: la calle Real de Santa Cruz de La Palma. Cabildo Insular de La Palma. Colegio de Arquitectos de Canarias. Madrid, 1995. 

[3] Lorenzo, Juan B. Noticias para la Historia de La Palma. La Laguna, 1975. 

[4] Pérez García, op.cit. 

[5] Saudades da Terra. Colección Fontes Rerum Canariarum. Edición del Instituto de Estudios Canarios. La Laguna 1964. 

[6] Viera y Clavijo. Noticias de la historia general de las Islas Canarias. Goya Ediciones. Santa Cruz de Tenerife 1971.

Una ciudad renacentista

agosto 1, 2013

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Santa Cruz de La Palma ocupa una franja alargada entre la línea litoral y las escarpadas montañas. El plano de la ciudad elaborado por Torriani se adapta a las condiciones impuestas por el terreno y es un claro ejemplo, cinco siglos después, de persistencia del trazado original del siglo XVI, en el que las infraestructuras urbanas, civiles y religiosas están claramente definidas.

El eje lo constituye la calle Real, que la atraviesa de un extremo a otro y a lo largo de ella se encuentran dos espacios muy significativos: la forma triangular de la plaza real (hoy plaza de España) y la plazoleta de Borrero, donde confluyen las calles Real y Trasera para prolongarse en una sola vía hasta la Alameda y entre ambas se intercalan pequeñas calles a modo de pasillos para facilitar el cruce de una a otra.

Plano de Santa Cruz de La Palma elaborado por Antonio Rivière (1740/43)

En 1590, dice Torriani, Santa Cruz de La Palma tenía unas 600 brazas de largo, una sola calle “… pues todas las demás son cortas y montuosas…” y unas 800 casas que “… son blancas, fabricadas a la manera portuguesa, estrechas por dentro, y en general sin pozos ni patios; sin embargo, son más altas y más alegres que las de las demás islas”[1]. En el plano que hizo de la ciudad se aprecia una configuración urbana donde las limitaciones de la topografía obligaron a adoptar, desde un principio, soluciones “en altura”, parcelas estrechas y escasez de patios.

La plaza real ofrece uno de los conjuntos arquitectónicos más importantes del Renacimiento en Canarias, integrado por la iglesia de El Salvador, con una vistosa escalinata y torre de planta cuadrada en basalto negro y la fachada del Ayuntamiento, que es el monumento de arquitectura civil más importante de Canarias. Presenta la tipología propia de un edificio de su naturaleza: una galería de soportales en la planta baja, con cuatro arcadas de medio punto, cada una con capiteles diferentes, que sirve de punto de encuentro de los ciudadanos y una loggia abierta en la planta alta cerrada por vidrieras.

La fachada se ha conservado, no así el resto del edificio que ha sufrido modificaciones sustanciales en su distribución interior en los siglos XIX y XX y lo mismo ocurre con la escalera y el salón de sesiones, restaurados en la pasada centuria. El edificio fue construido entre 1559 y 1563 con piedra de cantería traída de La Gomera y la dirección y vigilancia de las obras estuvo a cargo de los regidores Domingo García Corbalán y Miguel de Monteverde, según plano y diseño que ellos presentaron, lo que no implica que sean los arquitectos de la obra.

El discurso iconográfico es una apología al imperio de Felipe II, con el enorme escudo y el perfil del rey español en el medallón. Una inscripción en el dintel de una de las ventanas de la segunda planta proclama Invidos virtute superabis (vencerás a los envidiosos por la virtud). Existe un repertorio de figuras referidas al vicio y la virtud, así como elementos heráldicos y cuatro gárgolas que figuran leones, todo muy del gusto de la época.

El conjunto se complementa con una fuente, que ocupa el solar donde estuvo ubicado el antiguo Cabildo, antes del incendio de la invasión francesa, decidiéndose en 1565 la construcción de la fuente pública, adosada a una pared de la que emergen cuatro chorros enmarcados en un arco rebajado y un coronamiento con un frontón triangular cerrado. La fuente estaba construida en 1588, como reza en un friso corrido[2].

El atractivo de la ciudad de Santa Cruz de La Palma no fue un privilegio exclusivo de las familias pudientes. Una vecindad heterogénea, formada por oficiales de milicia y comerciantes, pilotos de la carrera de Indias, clérigos y un cúmulo de oficios diversos sintieron la llamada para establecerse en la capital y los centros de producción.


[1] Torriani, Leonardo. Descripción de las Islas Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1978.

[2] López Rodríguez, Juan S. Historia del Arte en Canarias. Arte del Renacimiento. Las Palmas de Gran Canaria, 1982.

 

Juan Carlos Díaz Lorenzo

“Había mucho que admirar –en la prosa de Gaspar Frutuoso-, antes, en las casas llenas de cajas y cofres guarnecidos de cuero, ricos escritorios y todo lleno de vestidos de seda y brocado, oro y plata, dinero y joyas, vajillas, tapicerías adornadas con historias y alacenas llenas  de lanzas y alabardas, adargas y rodelas, armas y jaeces riquísimos de silla con arzones y cubiertas de brocado con mucha pedrería, sillas de brazos de mucho precio, arneses, cotas de malla con otras ricas armaduras, pues no hay en aquella isla hombre distinguido que no tenga dos o tres caballos moriscos, y muchos artesanos los tienen y sustentan y en las fiestas de cañas y escaramuzas todos salen a la plaza y son de los más nobles estimados y buscados, lejos de envidiados ni murmurados, como en otras partes hacen muchos envanecidos, que se creen ser sagrados y no toleran que les hable todo el mundo; al contrario se usa  en esta isla de La Palma y demás islas Canarias, en donde visten calzón y cabalgan tan lucidamente los oficiales de oficios mecánicos como los hidalgos y regidores, conversando todos juntos y yendo a saraos disfrazados con libreas muy costosas, que sólo se usan para un día”.

La Plaza de España, plaza mayor de la ciudad de Santa Cruz de La Palma

La mar siempre fue el camino que condujo a La Palma. Y también la referencia de su florecimiento. La producción de los ingenios azucareros que iniciara Juan Fernández de Lugo Señorino en 1502 tenían como principal objetivo satisfacer la demanda de Francia, Inglaterra y los Países Bajos. Y la producción de vinos, entre ellos los célebres malvasías, viajaron por mar hasta las más exquisitas mesas, todo lo cual se corresponde con el boato de sus habitantes, con el lujo de sus templos y edificaciones y con el comportamiento histórico en plena consonancia con los gustos y las modas de Europa.

Viera y Clavijo dice que La Palma estaba “poblada de familias españolas nobles, heredadas y todavía activas, condecorada de una ciudad marítima que se iba hermoseando con iglesias, conventos, ermitas, hospitales, casas concejales y otros edificios públicos, defendida contra los piratas europeos, aunque entonces sólo por algunas fortificaciones muy débiles, y dada enteramente al cultivo de las cañas de azúcar, viñas y pomares, al desmonte, a la pesca y a la navegación; La Palma, digo, sin tener ningunos propios considerables, había empezado a conciliarse un gran nombre, no sólo entre los españoles que la conquistaron y que navegaban a las Indias, no sólo entre los portugueses, los primeros amigos del país que hicieron en él su comercio, sino también entre los flamencos, que acudieron después a ennoblecerla, atraídos de la riqueza de sus azúcares o de la excelencia de sus vinos que llamaban y creían hechos de palma”.

En esta época surgen nombres estelares en la historia marinera de España como “capitanes de la carrera de Indias”, todos ellos vinculados con La Palma: Gaspar de Barrios, Henriques Almeida, Fernández Rojas, Zabala Moreno, Fernández Romero y los Díaz Pimienta. El nombre de La Palma ocupó un lugar privilegiado en el triángulo que formaba entonces la llamada carrera de Indias con los puertos de Amberes y Sevilla.

La Isla, rica y fértil, creció rápidamente en población y al mismo tiempo mucho significó en el tráfico comercial con el Continente que allende de los mares nacía a impulso del esfuerzo de los españoles. De Flandes llegó el legado de inteligentes ordenaciones urbanas, orientadas hacia la protección de la brisa marina; además se introdujo la industria del bordado y las mantelerías y se enriqueció el patrimonio religioso con extraordinarias muestras artísticas de las escuelas entonces imperantes: Brujas, Gante y Amberes.

De Europa, en su camino a las Indias, en La Palma descansaron las órdenes monásticas y de predicadores en la misión evangelizadora del Nuevo Mundo e incluso dominicos y franciscanos echaron raíces en esta tierra, fundando y construyendo sus propios conventos, vigorosas edificaciones que han llegado hasta nuestros días. El esplendor de la capital palmera se advirtió rápidamente en la expansión del núcleo urbano y en la edificación de las grandes casas de marcada influencia portuguesa, “que fueron las más altas y cómodas de todas las islas, con amplios patios, fuentes de agua y bodegas”, en el decir del ilustre cronista oficial de la ciudad, Jaime Pérez García.

Foto: palmerosenelmundo.com