Emblemática Casa Cabrera

junio 22, 2014

Juan Carlos Díaz Lorenzo

La Casa Cabrera está de feliz aniversario. Cumple 150 años de existencia, después de una larga andadura en la que ha conseguido consolidarse como la más antigua de las empresas existentes en La Palma, gracias a su capacidad de adaptación a cada época y a sus ansias de seguir siendo coprotagonistas del progreso insular. Es una firma comercial emblemática, sinónimo de seriedad y prestigio acrisolado a través de generaciones, que honra con destacada entrega y nobleza a la tierra donde nació. 

La empresa Juan Cabrera Martín (La Palma), S.A. tiene sus orígenes en una tienda de ultramarinos abierta en 1864 por su fundador, Juan Cabrera Martín, a su regreso de Cuba el año anterior. Nuestro protagonista nació el 24 de junio de 1838 en Santa Cruz de La Palma, hijo de Buenaventura Cabrera González y Catalina Martín Rodríguez. En 1847 su padre vendió una flotilla de pesqueros y armó la goleta Africana, construida en los astilleros de la capital palmera, con la que hizo viaje a Cuba cargado de cebollas. Poco después de su llegada a La Habana mandó llamar a su hijo Juan, que por entonces contaba diez años de edad, para que le ayudara en el trabajo que desempeñaba en la capital habanera. 

Una foto de Juan Cabrera Martín, en gran formato, preside el patio de la Casa Cabrera

Los acontecimientos se precipitaron al producirse el fallecimiento de su progenitor, por lo que el joven Juan Cabrera Martín, desamparado por la repentina muerte de su padre, se enroló como ayudante de cocina en el velero San José, propiedad de Nicolás Martínez Valdivieso, que realizaba tráfico de cabotaje entre los puertos cubanos. En 1862 enfermó de fiebres palúdicas y al año siguiente regresó La Palma, donde tiempo después contrajo matrimonio con Rafaela Martín Cabrera, de cuya unión nacieron cuatro hijos, José, Juan, Nicolás y Josefa Cabrera Martín. 

En 1864 abrió su primer negocio en la isla, un comercio de ultramarinos situado en el número 57 de la calle Santiago. Los horizontes se ampliaron en el transcurso de los años siguientes, dedicado a la exportación de cochinilla y productos agrícolas y tiempo después extendió su red comercial por toda la isla, consolidando así su trayectoria, lo que le permitió abrir un negocio de ferretería y tejidos y fortaleció su posición económica. 

La Casa Cabrera, sede social de la empresa Juan Cabrera Martín (La Palma) S.A.

En 1890 adquirió la Casa Pinto, fabricada por Antonio Pinto de Guisla en el último cuarto del siglo XVIII. Desde entonces se conoce como la Casa Cabrera y es la sede central de la empresa. Es un magnífico edificio situado en la emblemática calle Real de Santa Cruz de La Palma, que forma parte de uno de los conjuntos arquitectónicos más importantes de Canarias. Su nuevo propietario pagó por ella 27.750 pesetas, una fortuna para la época. Al año siguiente realizó las obras de adaptación que permitió la instalación de las dependencias de su sociedad mercantil. La fachada de la calle Álvarez de Abreu, o calle Trasera, es de cinco plantas, aprovechándose la inferior para las caballerizas y los carruajes, y se comunica en su interior por medio de una escalera de piedra. Posee un oratorio que obtuvo licencia papal para celebrar misa en tiempos de su primer propietario. 

A finales del siglo XIX el protagonismo de Juan Cabrera Martín en el tejido empresarial de La Palma fue considerable, pues amplió sus fronteras comerciales a África y América y, paralelamente, irrumpió con fuerza en su papel de consignatario, de modo que entre 1890 y 1916 fue agente insular de la Compañía Trasatlántica Española, Compañía de Vapores Correos Interinsulares Canarios, Sociedad Navegación e Industria, Compañía Valenciana de Vapores Correos de África y Vapores de Ángel Pérez y Cía.; Sobrinos de Herrera, de La Habana (Cuba), así como de las navieras extranjeras Otto Thoresen, Yeoward Line, Woermann Line, Nordeustcher Lloyd y Hamburg Bremen-Afrika Line. 

Casa Cabrera. Escritorio del director general

Casa Cabrera. Patio y accesos a la primera planta

Esta nueva dimensión permitió a Juan Cabrera Martín una relevante participación en el comercio del carbón mineral, granos y guanos, tiendas de ultramarinos y tejidos, ferretería y quincallería, almacén de curtidos, sales y maderas, máquinas de coser y la exportación de almendra y cochinilla. Sin embargo, la crisis de esta última, motivada, entre otras razones, por la aparición de los colorantes químicos, atrajo su atención hacia el cultivo del tabaco y fundó una empresa llamada La Africana, con una plantilla de 80 trabajadores. En 1910 tenía una producción de 4.200.000 tabacos anuales y facturaba 150.000 pesetas. 

La calidad e importancia de sus productos la hicieron merecedora de varios premios en certámenes internacionales, entre ellos la Medalla de Oro de la Exposición Hispano-Francesa de Zaragoza (1908), Mención Honorífica de la Universidad de Amberes (1908), primer premio en el concurso de la Cámara Agrícola de Santa Cruz de Tenerife (1909) y medallas de oro en la Nacional de Valencia (1910) y la Exposición Hispano-Americana de Sevilla (1930). 

Casa Cabrera, Ángulo desde el entresuelo

Casa Cabrera. Corredor de la primera planta

La ausencia de bancos en Santa Cruz de La Palma y su excelente reputación animó a Juan Cabrera Martín a la creación de una entidad bancaria propia, la Banca Cabrera, vinculada a las actividades agrícolas, mercantiles y a la captación del ahorro del indiano. Alcanzó un gran desarrollo en el primer tercio del siglo XX, pero los efectos de la gran depresión asestaron un duro golpe y fue una de las causas por la que, en junio de 1948, fue vendida al Banco Español de Crédito. 

La prensa de la época le presentó siempre como un ciudadano de fuerte personalidad y defensor de los intereses generales de La Palma. Sus gestiones condujeron a que Compañía Trasatlántica Española incluyera el puerto de Santa Cruz de La Palma en el itinerario de la línea de Cuba. El 18 de diciembre de 1899 arribó en su primera escala el trasatlántico Montevideo y, a partir de entonces, lo hicieron regularmente el día 19 de cada mes, por lo que la voz popular los identificó con el apelativo de “los vapores del 19”. Su colaboración fue decisiva para el boato de la visita del rey Alfonso XIII, que llegó el 3 de abril de 1906 a Santa Cruz de La Palma a bordo del trasatlántico Alfonso XII, habilitado de crucero auxiliar. 

Casa Cabrera. Oratorio privado

En sus últimos años de vida, Juan Cabrera Martín fue delegando progresivamente la dirección de la firma en su hijo mayor, José A. Cabrera Martín, quien, en unión de sus hermanos afirmaron el rumbo de la empresa con una decidida adaptación a las demandas y necesidades de los nuevos tiempos. Para ello diversificaron sus actividades, compensando la caída de determinados productos con la implantación de otros nuevos, superando así los periodos de crisis. Juan Cabrera Martín falleció el 8 de junio de 1916, cuando contaba casi 78 años de edad. La noticia causó una honda conmoción en La Palma, así como en Canarias y Cuba, donde también era conocido por su larga trayectoria empresarial. 

En enero de 1917, Compañía Trasmediterránea nombró delegado en La Palma a la Casa Cabrera. Desde mediados de la década de los años cincuenta desempeñaron el cargo los hermanos Francisco y Miguel Cabrera González. Entre 1989 y 2011 tomó el relevo Antonio Sosa Rodríguez –quien, desde su jubilación tiene la consideración de delegado honorario–, y desde 2012 la firma palmera ostenta dicha representación en su condición de agentes generales de Acciona-Trasmediterránea. 

Casa Cabrera. Libros de cuentas y otros documentos para la historia

En 1936 la empresa se convirtió en sociedad anónima, tomando la denominación, en homenaje a su fundador, de Juan Cabrera Martín (La Palma), S.A. y con un accionariado exclusivamente familiar. A mediados del siglo XX y por espacio de tres décadas dirigió la empresa Miguel Cabrera González, en colaboración con sus hermanos Manuel y Francisco y su cuñado Manuel Fernández de Paz, que gestionaba el área contable. En 1989 le sustituyó en la dirección del escritorio de la calle Real su hijo Miguel Cabrera Hernández. A éste le relevó Alfonso Henríquez Fernández, actual director general y Nieves Elena Cabrera González desempeña la dirección financiera. Al cumplirse el 150º aniversario de la emblemática empresa, el consejo de administración está formado por los hermanos José y Rosendo Cabrera Hernández (presidente y vicepresidente), Miguel Cabrera Tous (consejero-delegado) e Ignacio Capote Alcocer (consejero). 

En los últimos cincuenta años, la Casa Cabrera se ha caracterizado por la diversificación de actividades. Destaca su integración, en la década de los setenta, en la rama del automóvil, el cultivo del plátano y la actividad inmobiliaria y de arrendamientos, que tomó el relevo al comercio de alimentación y tabaquero, propiciado por la aparición en el mercado insular de cadenas de distribución y la preferencia del público por el tabaco rubio. Mantiene, con carácter relevante, una posición destacada como consignatarios y estibadores de buques, siendo la firma más antigua existente en el puerto de Santa Cruz de La Palma. 

Fotos: Archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo

 

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Juan Carlos Díaz Lorenzo

Hace tres décadas que en La Palma se viene produciendo un nuevo amanecer en lo que al turismo marítimo se refiere. Desde mediados de los años ochenta se está produciendo un cambio en la tendencia de esta industria, que cada día es más poderosa. Cierto es que en los últimos tiempos se ha incrementado de una manera espectacular la presencia de buques cada vez mayores y con ellos los turistas que viajan a bordo, gracias al interés de las compañías navieras que tienen a Canarias entre sus destinos preferidos. La isla también aporta varios factores importantes que hacen que ello sea así: indudables atractivos como su belleza natural y paisajística, campos, montes y volcanes, un centro astrofísico de primer nivel mundial, paz y tranquilidad y el don hospitalario de nuestras gentes.

Es una magnífica oportunidad, además, para que la industria y el comercio local incrementen sus ventas. Ya lo hacen algunas bodegas, restaurantes y otros establecimientos, con notable éxito. Hay interés por conocer los centros de visitantes. Los guías turísticos cumplen un papel importante, diríamos decisivo. Hay que valorar el trabajo que hace cada dependiente en una tienda donde entra un turista. Seamos palmeros y mostremos el orgullo que legítimamente nos corresponde. Hablemos con dulzura y humildad de todo lo bueno que hay en nuestra isla y contagiemos al visitante de que somos habitantes de una tierra única.

El transporte discrecional de viajeros también tiene una ocupación notable, con buenos vehículos y magníficos profesionales, conductores serios, responsables y fiables que conocen muy bien las carreteras de la isla. La mejora que en ellas ha emprendido últimamente el Cabildo ayuda a modo de mejor tarjeta de presentación. El transporte público también resulta atractivo para que grupos de turistas puedan desplazarse a destinos próximos, con margen de tiempo suficiente, lo mismo que los taxis de Santa Cruz de La Palma, un colectivo dotado de buenos vehículos, limpios y bien presentados, formado por gentes que conocen su oficio y que sabe la importancia que tiene el trato correcto y afable y el precio justo. 

La Palma amanece para el turismo marítimo. Hay que cuidarlo. De todos depende.

La Palma es conocida fuera de nuestras fronteras insulares desde hace mucho tiempo, especialmente entre los cruceristas británicos, alemanes y nórdicos. Las más destacadas compañías marítimas –Cunard, P&O Cruises, Fred. Olsen Cruise Line, Peter Deilmann, Phoenix Reisen, Tui Cruises, Royal Caribbean International…– saben perfectamente lo que hay en nuestra isla y por eso programan las escalas. También influye la opinión de los pasajeros, que rellenan unos cuestionarios de satisfacción (o no) facilitados a bordo. Es importante la labor que desempeña el Patronato de Turismo, así como la de los CIT La Palma y CIT Tedote –especialmente, éste último– y confiamos en que se mantenga el rumbo adecuado con los escasos medios disponibles.

El tráfico que está generando el turismo marítimo en las últimas temporadas es notable y puede crecer más. Es preciso, no obstante, hacer un esfuerzo entre todos y eso incluye a aquellos que maltratan al turista. Cuidado con los abusadores en bares, cafeterías y restaurantes. Cuidado, también, con los excesos de algunos taxistas, que sabemos son casos aislados. Cuidado, en definitiva, con aquellos que atentan contra el interés común de una isla que sufre como pocas la maldición de la crisis económica. De todos depende que cada día seamos un poco mejores. Y en eso nos va mucho. Tenemos competidores muy fuertes a poca distancia. Madeira, sin ir más lejos. Seamos palmeros, todos, los unos y los otros y creamos cada día un poco más en las posibilidades de nuestra querida Isla. Seguro surgirán más ideas. Dicho queda.

Foto: Alicia Fernández Concepción

Juan Carlos Díaz Lorenzo

“Había mucho que admirar –en la prosa de Gaspar Frutuoso-, antes, en las casas llenas de cajas y cofres guarnecidos de cuero, ricos escritorios y todo lleno de vestidos de seda y brocado, oro y plata, dinero y joyas, vajillas, tapicerías adornadas con historias y alacenas llenas  de lanzas y alabardas, adargas y rodelas, armas y jaeces riquísimos de silla con arzones y cubiertas de brocado con mucha pedrería, sillas de brazos de mucho precio, arneses, cotas de malla con otras ricas armaduras, pues no hay en aquella isla hombre distinguido que no tenga dos o tres caballos moriscos, y muchos artesanos los tienen y sustentan y en las fiestas de cañas y escaramuzas todos salen a la plaza y son de los más nobles estimados y buscados, lejos de envidiados ni murmurados, como en otras partes hacen muchos envanecidos, que se creen ser sagrados y no toleran que les hable todo el mundo; al contrario se usa  en esta isla de La Palma y demás islas Canarias, en donde visten calzón y cabalgan tan lucidamente los oficiales de oficios mecánicos como los hidalgos y regidores, conversando todos juntos y yendo a saraos disfrazados con libreas muy costosas, que sólo se usan para un día”.

La Plaza de España, plaza mayor de la ciudad de Santa Cruz de La Palma

La mar siempre fue el camino que condujo a La Palma. Y también la referencia de su florecimiento. La producción de los ingenios azucareros que iniciara Juan Fernández de Lugo Señorino en 1502 tenían como principal objetivo satisfacer la demanda de Francia, Inglaterra y los Países Bajos. Y la producción de vinos, entre ellos los célebres malvasías, viajaron por mar hasta las más exquisitas mesas, todo lo cual se corresponde con el boato de sus habitantes, con el lujo de sus templos y edificaciones y con el comportamiento histórico en plena consonancia con los gustos y las modas de Europa.

Viera y Clavijo dice que La Palma estaba “poblada de familias españolas nobles, heredadas y todavía activas, condecorada de una ciudad marítima que se iba hermoseando con iglesias, conventos, ermitas, hospitales, casas concejales y otros edificios públicos, defendida contra los piratas europeos, aunque entonces sólo por algunas fortificaciones muy débiles, y dada enteramente al cultivo de las cañas de azúcar, viñas y pomares, al desmonte, a la pesca y a la navegación; La Palma, digo, sin tener ningunos propios considerables, había empezado a conciliarse un gran nombre, no sólo entre los españoles que la conquistaron y que navegaban a las Indias, no sólo entre los portugueses, los primeros amigos del país que hicieron en él su comercio, sino también entre los flamencos, que acudieron después a ennoblecerla, atraídos de la riqueza de sus azúcares o de la excelencia de sus vinos que llamaban y creían hechos de palma”.

En esta época surgen nombres estelares en la historia marinera de España como “capitanes de la carrera de Indias”, todos ellos vinculados con La Palma: Gaspar de Barrios, Henriques Almeida, Fernández Rojas, Zabala Moreno, Fernández Romero y los Díaz Pimienta. El nombre de La Palma ocupó un lugar privilegiado en el triángulo que formaba entonces la llamada carrera de Indias con los puertos de Amberes y Sevilla.

La Isla, rica y fértil, creció rápidamente en población y al mismo tiempo mucho significó en el tráfico comercial con el Continente que allende de los mares nacía a impulso del esfuerzo de los españoles. De Flandes llegó el legado de inteligentes ordenaciones urbanas, orientadas hacia la protección de la brisa marina; además se introdujo la industria del bordado y las mantelerías y se enriqueció el patrimonio religioso con extraordinarias muestras artísticas de las escuelas entonces imperantes: Brujas, Gante y Amberes.

De Europa, en su camino a las Indias, en La Palma descansaron las órdenes monásticas y de predicadores en la misión evangelizadora del Nuevo Mundo e incluso dominicos y franciscanos echaron raíces en esta tierra, fundando y construyendo sus propios conventos, vigorosas edificaciones que han llegado hasta nuestros días. El esplendor de la capital palmera se advirtió rápidamente en la expansión del núcleo urbano y en la edificación de las grandes casas de marcada influencia portuguesa, “que fueron las más altas y cómodas de todas las islas, con amplios patios, fuentes de agua y bodegas”, en el decir del ilustre cronista oficial de la ciudad, Jaime Pérez García.

Foto: palmerosenelmundo.com