Por los caminos de Las Manchas

septiembre 6, 2011

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Recorriendo los viejos caminos reales de la antigua hacienda de Las Manchas, y evocando recuerdos familiares en personas y años idos para siempre, nos resulta posible desgranar una parte de la historia de este territorio de secano, situado en el suroeste de la isla, en el que el ingenio y la mano del manchero abnegado y sacrificado ha sido capaz, en el transcurso de las sucesivas generaciones, de sacarle el mejor provecho posible.

En la actualidad, Las Manchas es una población próspera del valle de Aridane, en la que la agricultura, que hasta hace poco era el punto dominante de su economía, se combina con un sector emergente, el turismo rural, que cada día gana más terreno. Bien es verdad que una parte de sus habitantes han encontrado su sustento en otras actividades profesionales fuera de su entorno, y no obstante mantienen su residencia en la localidad, pues disfruta de una envidiable tranquilidad. Pero hasta llegar aquí, el camino no ha sido fácil.

La histórica ermita de Las Manchas. Sería aconsejable suprimir el tendido aéreo

El territorio de Las Manchas se extiende desde Jedey hasta El Paraíso, llamado también Alcalá y comprende, además, los núcleos de población denominados San Nicolás, donde se asienta la histórica ermita del siglo XVII y el núcleo más compacto de población; y Las Manchas de Abajo, conocido también como El Barranco. En total, según el censo de 2005, tiene una población de 1.616 habitantes.

A finales del siglo XV, dicha zona formaba parte de los cantones aborígenes de Tihuya y Guehebey. El primero, según describen las crónicas de Abreu Galindo, lindaba por el norte con el cantón de Aridane y por el sur se extendería hasta el barranco de Tamanca, mientras que el territorio de Guehebey se le suponen linderos por el norte con el cantón de Tihuya y por el sur hasta Los Charcos, donde le separaba del cantón de Ahenguareme, que corresponde en la actualidad a la mayor parte del municipio de Fuencaliente de La Palma.

En el transcurso de pocos años, después del reparto del territorio y sucesivas operaciones mercantiles en torno al lucrativo negocio de la caña de azúcar, el territorio se convirtió en la hacienda de la familia Massieu, época de la que conserva dos elementos arquitectónicos que forman parte del patrimonio de interés cultural de la localidad: la ermita de San Nicolás, construida por mandato de Nicolás Massieu van Dalle y Rantz -de la que ya nos ocupamos en una crónica anterior- y la portada de Cogote, restaurada recientemente, y que era la puerta de acceso, construida posiblemente a finales del siglo XVII en mampostería ordinaria con piedra de cantería labrada en el marco de la puerta y rematada por tres perillones, uno de los símbolos del poderío de sus propietarios.

Portada de Juan Cogote (siglo XVII)

Desde 1837 el territorio de Las Manchas pertenece a los municipios de El Paso y Los Llanos de Aridane, tomando como línea de separación el antiguo camino real, sustituido en parte y desde comienzos de la pasada centuria por el trazado de la carretera general del Sur a su paso por la localidad.

Desde hace algo más de un siglo y hasta fechas recientes, los habitantes de Las Manchas han abrigado la idea –que aún sigue y seguirá latente- de su independencia municipal. En 1871 tomaron la iniciativa José Anselmo Gómez y Sebastián Martín González, dos vecinos que conjuntamente con otros paisanos de Los Campitos y Todoque, proponían la separación de estos enclaves y de parte del pago de Tajuya, de las respectivas jurisdicciones municipales de Los Llanos de Aridane y El Paso, para la formación de un nuevo municipio que se denominaría San Nicolás de Las Manchas.

Sin embargo, tal pretensión vecinal encontró la frontal oposición de los respectivos ayuntamientos, que emitieron informes negativos a la segregación propuesta, de modo que la Diputación Provincial de Canarias la desestimó al no considerarla justa ni fundada. El panorama social y económico habría influido en ello de manera decisiva. La comarca, de una marcada pobreza y escasez de recursos, con falta de agua para mantener una actividad agrícola que le garantizara una mejor subsistencia, no tenía los medios suficientes para asegurar su desenvolvimiento y contribuir al pago de los impuestos.

Con sus mejores hombres emigrados en Cuba, el panorama de Las Manchas se mantuvo en términos muy parecidos en las décadas siguientes. La llegada de la carretera general, a comienzos del siglo XX, permitió cierta mejoría, aunque las dificultades de todo tipo persistieron durante bastantes años, haciéndose especialmente grave con motivo de la erupción del volcán de San Juan, ocurrida en los meses de junio y julio de 1949, que causó diversos años en viviendas y dejó improductivos gran parte de los viñedos de la comarca.

Después llegó la etapa de la emigración a Venezuela. El envío de las remesas de dinero de los emigrantes hizo posible un florecimiento del nivel de vida de las familias que quedaron en Las Manchas. Aún así, tendrían que pasar unos cuantos años más para hasta que el desarrollo social y económico permitió una mayor independencia de su población.

En la historia de Las Manchas ocupa un puesto relevante la figura de José Antonio Jiménez (1873-1946), apodado “Patachueca”, considerado un auténtico benefactor del bienestar de sus vecinos. Entre sus principales méritos destaca la conducción de agua potable mediante una tubería desde El Paso y la construcción del cementerio. Nuestro buen y viejo amigo Primitivo Jerónimo nos facilitó en su momento estos y otros datos de interés.

En una comarca donde la lluvia ha sido tradicionalmente un bien escaso, la única posibilidad que existía entonces de almacenar el agua era en los aljibes, lo que permitía racionarla durante el año, aunque es de advertir que no todas las casas lo tenían. Cuando se trataba de un año seco y se agotaba el suministro, entonces había que ir a buscarla a las fuentes del monte –Los Cubos, Nambroque, El Tión, en Fuencaliente; y Pascual, que fue sepultada por las cenizas del volcán de 1949- o desde los chorros públicos de El Paso y Todoque -en este último, llamado Los Pasitos, a partir de 1902-, en un trabajo de horas y considerable esfuerzo debido a las considerables distancias que había que recorrer a pie. Hasta que llegó la carretera -y aún después-, los viejos caminos reales fueron la única vía de comunicación con el pago de Las Manchas.

A principios del siglo XX surge la figura de este campesino, que contribuyó decisivamente a mejorar el nivel de vida de sus paisanos. Nadie mejor que el profesor Primitivo Jerónimo conoce bien su trayectoria, pues ha profundizado en diversos aspectos de su vida, rescatándolo de ese modo para memoria de las nuevas generaciones. Su primer desafío consistió en traer el agua potable en tubería desde El Paso hasta el chorro de la ermita. El aporte de las pocas familias que entonces tenían recursos económicos para ello era voluntario y no les daba derecho alguno respecto de los que nada podían aportar, sobre el uso y disfrute del agua.

La disposición del dinero necesario para acometer dicha obra se convirtió en un esfuerzo titánico. A partir de 1908 se conservan algunos recibos de las suscripciones voluntarias, así como de las prestaciones, también voluntarias, de muchos vecinos, en forma de trabajo, para lograr que el agua llegara a su barrio. Un familiar del promotor, Juan J. Jiménez González, que residía en Cuba, donó 250 pesetas para la obra, cantidad de dinero considerable para la época, en un gesto que se recuerda en una placa expuesta en la plaza de la ermita y en homenaje al citado donante.

Placa conmemorativa de la donación de 250 pesetas

Después de superar numerosas dificultades de diverso orden, el 15 de abril de 1912 llegó el agua potable al chorro de la ermita de Las Manchas. Como es lógico, los vecinos que vivían cerca fueron los más directos beneficiados, pero aún quedaban otros, que eran mayoría, más lejos, por lo que se decidió continuar la instalación de la tubería hasta el pago de Las Manchas de Abajo, llamado también El Barranco, a donde llegó en 1921.

La segunda iniciativa de José Antonio Jiménez fue la construcción del cementerio de Las Manchas. Como el lector puede comprender, el traslado de un cadáver para darle sepultura en Los Llanos o en Tazacorte era un trabajo penoso, que se hacía a hombros por los caminos reales. Nuestro protagonista convenció a sus paisanos de la necesidad de construir un camposanto propio y para ello se eligió un lugar equidistante, situado en las proximidades de la montaña de Cogote, donde se iniciaron los trabajos, asimismo con prestaciones voluntarias de los sufridos vecinos de Las Manchas. En 1935 se realizó el primer entierro, que correspondió al cuerpo de una mujer llamada Telva González López, vecina de El Charco.

“A nuestro personaje -escribe Primitivo Jerónimo en La Voz de Tamanca– lo recuerdan lo que vivieron en su época como una persona ejemplar, valiente en plantear soluciones a los problemas y con voluntad absoluta para luchar por Las Manchas. Trabajó en varias actividades: algunos lo recuerdan de panadero en su etapa de El Cantillo, fabricante de ataúdes, vendedor de tabaco que traía de Puntallana cuando residía allí, e incluso se le creía con poderes espiritistas”.

El chorro de la ermita amortiguó la sed de Las Manchas

Placa conmemorativa del depósito de aguas municipal

En los años de la autarquía franquista se construyó un depósito con capacidad para 325.000 litros, debido a la iniciativa de los Servicios Municipales de Abasto Público de Agua. Una placa, expuesta desde 1945, expresa la gratitud del Ayuntamiento de El Paso al presidente de la Junta Interministerial del Paro Obrero, el palmero Esteban Pérez González, nombrado Hijo Adoptivo de la ciudad, que subvencionó la construcción de la citada obra.

El depósito municipal de aguas –en cuya parte superior se encuentra la plaza del barrio, escenario de diversas celebraciones- tiene en su frente dos tomas de agua y un abrevadero para los animales. El enclave tiene su encanto por la existencia de dos casas con alpendres y hasta hace poco tiempo existieron los robustos eucaliptos, de tantos que jalonan el recorrido de la carretera general del Sur. Durante muchos años y hasta que el agua corriente llegó a las casas particulares, los vecinos de Las Manchas acudían al chorro de la ermita, desde bien temprano, para llenar sus recipientes de agua (cántaros, garrafones, baldes, pipotes, barriles…).

Para ello hacían cola e incluso, desde la noche anterior, colocaban el cántaro en fila para guardar el sitio, lo que provocó muchas discusiones que hoy son anécdotas de toda una época. Luego los transportaban como mejor podían: a la cabeza, al hombro, a lomos de bestias, en bicicletas… y más tarde en mobiletas, motos, carretillas y otros vehículos, todo con tal de disponer del preciado líquido para beber, hacer de comer, regar, lavar la ropa en las piletas… Aquellos fueron, en realidad, años duros para los mancheros y sus familias.

Cuando venían años secos, el agua se repartía de forma proporcional a las necesidades de cada casa, teniendo en cuenta el número de hijos, que por entonces solía ser bastante elevado. Cada vecino se encargaba de repartir el agua el día en que le correspondía, siguiendo un riguroso turno de rotación.

Monumento al Sagrado Corazón de Jesús

Otro de los rincones interesantes de Las Manchas lo encontramos en el monumento dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, situado en lo alto de El Callejón. Su edificación se debe a la iniciativa de Dolores Crespo, esposa del entonces maestro nacional de Las Manchas, Francisco Caballero, y contó con el beneplácito del párroco de la localidad, José Pons Comallonga. De su edificación, que concluyó el 9 de marzo de 1940, se ocuparon los albañiles Miguel Leal González y Valentín Simón, como se recoge en una inscripción al pie del pedestal.

En los alrededores fueron sembrados siete rosales en honor de los siete hijos del matrimonio donante, que fenecieron en la sequía de 1948. En las ventanitas fueron inscritos los nombres de las víctimas de Las Manchas durante la guerra civil (1936-1939) y durante años albergó una luz votiva que, según cuenta Pedro Nolasco Leal Cruz, era obligado apagarla por la noche cuando el mundo libraba las batallas de la Segunda Guerra Mundial.

La diminuta ermita, a la que se accede por un camino que ha sido adecentado recientemente, ha sido testigo de los principales acontecimientos del barrio de Las Manchas: la erupción del volcán de San Juan, la avenida de los barrancos de Tamanca y Los Hombres y la anegación de los pagos de Jedey y Las Manchas de Abajo, entre otras. La panorámica que se divisa desde esta altura resulta francamente gratificante.

Publicado en DIARIO DE AVISOS, 30 de abril de 2006

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Las cumbres de La Palma y las medianías de El Paso y otros parajes de la isla amanecieron el pasado martes, 15 de marzo, cubiertas de nieve. El paso de una borrasca previamente anunciada por los meteorólogos nos dejó un espectáculo que es habitual cada invierno en las alturas de la Caldera de Taburiente, pero infrecuente a cotas más bajas.

El manto blanco se convirtió en una agradable sorpresa, a pesar de algunos inconvenientes para el tráfico rodado que circula por la carretera del túnel de la Cumbre, afectado también por el granizo y las placas de hielo. Un descenso brusco de las temperaturas y un frío intenso se adueñaron de la isla durante varios días, haciendo revivir la memoria reservada para los mayores de los “inviernos de antes”. 

Las imágenes que acompañan son el mejor testimonio de este fenómeno de la naturaleza. El Pico Birigoyo, las laderas del Bejenado y el cráter del volcán de Tacande cubiertos de un manto blanco, que se conjuga armónicamente con los grises de las lavas centenarias y el verde vegetal invernal. La nevada también dejó su huella en las islas de Tenerife y Gran Canaria. Queda, pues, el testimonio de una fecha para la historia.  Agradecemos las fotos que nos envían los autores reseñados a continuación.

Fotos de José H. Pérez Yanes

El cráter del volcán de Tacande, entre pinos y nieve

El mismo cráter, visto desde otro ángulo

La carretera, a su paso por el antiguo restaurante "Las Piedras"

La carretera general, en sentido El Paso

Entrada del túnel nuevo, por El Paso

Aparcamiento del Centro de Visitantes de la Caldera

Desde la carretera general, el volcán de Tacande al fondo

La nieve se hizo presente en todos los rincones

Las rectas de Padrón y la cumbre al fondo

La ladera del Bejenado, desde el Centro de Visitantes

La nevada ha dejado una imagen insólita

El asfalto de la carretera se cubrió de blanco

La nevada dejó esta huella en las carreteras

El tráfico, por razones obvias, circuló con mucha precaución

La carretera de la Cumbre, en el sector oriental

Fotos de Yone Molina Hernández

El Pico Birigoyo en una imagen insólita

Imagen de la carretera de acceso a El Refugio

El Refugio, a media tarde, cubierto de blanco

Foto de Landy FP

Las cumbres de La Palma, desde las medianías de Mazo

Fotos de Senderos de La Palma

El Refugio de El Pilar, con su manto blanco intenso

Se trata de uno de los centros de esparcimiento más conocidos

Los pinos ofrecen esta bella imagen con la nieve

Imágenes para el recuerdo, sin duda

Juan Carlos Díaz Lorenzo

El Parque Nacional de la Caldera de Taburiente celebra en estos días el cincuentenario de su creación. Ocasión propicia, sin duda, para hilvanar unas líneas sobre la innegable importancia de este prodigioso espacio natural, orgullo legítimo de las generaciones de la Isla de La Palma y admiración de cuantos la visitan.

Un hecho que suscitó entonces un gran interés, y que se ha mantenido en el transcurso del tiempo, por lo que implica de protección de esta singular joya paisajística y ecológica, que contiene y ofrece un paisaje grandioso y espectacular.

La declaración del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente constituye, sin duda, uno de los cinco hitos importantes en la consolidación de los espacios naturales protegidos en España. El primero, en 1918, se refiere a la creación de los parques nacionales de Covadonga -que más tarde daría origen a Picos de Europa- y Ordesa. El segundo, en 1954, lo constituye la declaración de los parques nacionales de El Teide, en Tenerife, y la Caldera de Taburiente, en La Palma.

Es interesante apreciar que entonces habían transcurrido 36 años desde la declaración de los dos primeros y lo cierto es que con dicha decisión, en un escenario social y político diferente, el Gobierno relanzó la política de creación de parques nacionales, con el objetivo de conservar su naturaleza y facilitar el uso y disfrute ciudadano. También, en esta época comenzó a tomar forma la idea de que debían ser unos espacios gestionados para proteger su flora y su fauna.

La declaración del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente aparece en el decreto de 6 de octubre de 1954, publicado en el BOE de 30 de octubre del citado año, con un texto articulado en cuatro puntos. En sus orígenes tenía una extensión aproximada de 3.500 hectáreas, pertenecientes al término municipal de El Paso, siendo sus límites “la línea de cumbres o crestería determinada por los conocidos vértices o picos de la Cruz y Piedra Llana en NE, de la Nieve, de la Sabina y de las Ovejas con el de Bejarano (sic.), éste con el de Idafe y éste con el de Somada Alta por el Sur; para seguir por la cumbre marcada por los picos llamados Roque Palmero y Roque de los Muchachos por el Oeste; cerrando la línea del Norte la cumbrera que enlaza este último vértice con el pico de la Cruz primeramente citado”.

El órgano rector del Parque dependía entonces de la Dirección General de Montes, Caza y Pesca Fluvial y tenía su sede en Santa Cruz de Tenerife, estando presidida por el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, correspondiendo la vicepresidencia al presidente del Cabildo Insular de La Palma. Los vocales serían representantes del Ministerio de Obras Públicas y del Ministerio de Información y Turismo, designados por los titulares de uno y otro departamento; el ingeniero-jefe del Distrito Forestal, en representación de la Jefatura Nacional de Caza, Pesca, Cotos y Parques Nacionales; el alcalde de El Paso; un representante del Cabildo Insular y otro de la propiedad, y tres más nombrados por el Ministerio de Agricultura a propuesta del gobernador civil, “oído el Cabildo de La Palma, entre personas que por sus condiciones y conocimientos estén indicadas para el cargo”. El cargo de secretario se delegaba en un ingeniero de sección del Distrito Forestal de Santa Cruz de Tenerife.

La Junta tenía como funciones “cooperar en la conservación, fomento del Parque Nacional y público conocimiento del mismo, pudiendo realizar cuantos actos y gestiones estime procedentes en relación con la propaganda y atracción del turismo nacional y extranjero”.

En 1981 se procedió a la ampliación y reclasificación del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, en los términos que recoge la Ley 4/1981, de 25 de marzo (Jefatura del Estado) y publicada en el BOE número 90, de 15 de abril siguiente.

En el articulado de la citada ley se define claramente la protección, zona periférica, Plan Rector de Uso y gestión, planes especiales, colaboraciones, limitaciones de derechos, la creación del Patronato, los medios económicos y la participación de las corporaciones locales.

Los límites del Parque, según se define en el anexo I, son los siguientes:

Norte. Línea de cumbres, lindando con el monte público y término de Garafía, desde la Degollada de Izcagua, por el Roque de los Muchachos y Fuente Nueva, a la Degollada de Franceses, con el monte público y término de Barlovento, desde aquella degollada, al Pico de la Cruz; con fincas particulares del término de San Andrés y Sauces, desde aquí, al vértice de Piedra Llana.

Este. Línea de cumbres lindando con fincas particulares y monte público de Puntallana, desde Piedra Llana a la Degollada del Barranco Seco; con el monte público y término de Santa Cruz de La Palma; desde aquí, por el Pico de la Nieve y Degollada del Río, el vértice de las Ovejas.

Sur. Desde el vértice de las Ovejas y a través del monte público de El Paso, en línea recta a la Vereda de Ferrer, en el barranco de los Cardos, donde cruza el camino vecinal de la Cumbrecita, sigue a lo largo del camino forestal de Ferrer hasta su final, y por la curva de nivel de 1.300m, hasta el Lomo de los Caballos, en las faldas del Pico de Bejenado.

Oeste. A partir del Lomo de los Caballos, en la cota 1.300, en las faldas del Pico de Bejenado hacia la barranquera del Caballito, atravesando el barranco formado por la confluencia de los de Almendro Amargo y Rivanceras, hacia la Fajana de las Gamonas, donde existe una construcción de hormigón con una cruz y desde allí a la Somada Alta; de aquí, por línea de cumbres, lindando con el monte público y término de Tijarafe, por el Roque Palmero a la Degollada de Garome, y de aquí, con el monte público y término de Puntagorda, por el Morro de la Crespa a la Degollada de Izcagua.

En el anexo II se detallan los límites de la zona periférica de protección, que son los siguientes:

Norte. Desde el vértice de las Moradas en Garafía hasta la Fuente de Corcho en el límite de Barlovento, y desde este punto en línea recta a través de los términos de Barlovento, San Andrés y Sauces y Puntallana a la Casa Forestal.

Este. Desde la Casa Forestal en Puntallana y en línea recta a través de los términos de Santa Cruz de La Palma y Breña Alta hacia el vértice del Reventón, en el límite de El Paso y desde aquí, siguiendo la divisoria de estos términos hasta el refugio de El Pilar.

Sur. Desde el refugio de El Pilar en línea recta hasta montaña de Enríquez y desde aquí al punto donde el camino de la Cumbrecita corta el monte público de El Paso, desde donde gira hacia el Oeste en línea recta a la montaña de Yedra y La Viña.

Oeste. Desde La Viña y en línea recta hacia el Norte hasta Hoya Grande en el límite de Tijarafe y El Paso, y desde aquí por el término de Tijarafe en línea recta hasta la cota 2.000 en el barranco de la Caldereta y desde aquí en línea recta a través de Puntagorda hasta llegar a las Moradas de Garafía.

Impresionante aspecto interior de la Caldera de Taburiente

Picachos dominantes de las paredes interiores de la Caldera de Taburiente

Roque Idafe, icono de la Caldera y de La Palma

Plan Rector
El Plan Rector de Uso y Gestión (PRUG) del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente se aprobó mediante real decreto 1410/86, de 30 de mayo y se publicó en el BOE número 162, de 8 de julio de 1986. La superficie total aumentó a 4.690 hectáreas.

En el citado documento se definen los objetivos generales del Parque Nacional, establecidos de acuerdo con el espíritu de la Ley de Espacios Naturales Protegidos, con el régimen jurídico propio del Parque y con la filosofía de Parque Nacional de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, en los siguientes términos:

1.- Proteger el paisaje, la integridad de la fauna, flora y vegetación autóctona, la gea, las aguas y la atmósfera y, en definitiva, mantener la dinámica y estructura funcional de los ecosistemas existentes en el Parque.

2.- Proteger los recursos arqueológicos y culturales significativos del Parque.

3.- Restaurar, en lo posible, los ecosistemas alterados por la actividad humana, sin perjuicio de los objetivos anteriores.

4.- Garantizar la persistencia de los recursos genéticos significativos, especialmente aquellos en peligro de extinción.

5.- Eliminar, lo antes posible, los usos y derechos reales existentes en el territorio del Parque, incompatibles con los objetivos anteriores.

6.- Facilitar el disfrute público basado en los valores del Parque, haciéndolo compatible con su conservación.

7.- Promover la educación ambiental y el conocimiento público de los valores ecológicos y culturales del Parque y su significado.

8.- Integrar la gestión del Parque Nacional en el contexto general de la Isla.

9.- Promover el desarrollo socioeconómico de las comunidades asentadas en la periferia del Parque.

10.- Aportar al patrimonio nacional y mundial una muestra representativa del ecosistema primigenio del pinar canario con alto nivel de flora endémica, en un marco de especiales características fisiográficas, participando en los programas internacionales, preferentemente europeos, de conservación de la naturaleza.

Para hacer compatibles en el espacio la protección de los recursos naturales y culturales, con el uso y disfrute públicos, el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, clasificado como suelo no urbanizable de protección especial, está dividido en cuatro tipos de zonas definidas:

Zona de reserva. Ocupa una superficie de 1.071 hectáreas, que representa el 22,8% de la superficie total del Parque. Su objetivo es preservar un área o elementos naturales que sean frágiles, únicos, raros, amenazados o representativos. No tendrán acceso interno libre (sólo con propósitos científicos o de control de medio ambiente) y se excluye el uso de vehículos motorizados. Su gestión puede ir desde la abstención hasta el manejo directo.

Zona de uso restringido. Es la zona más amplia, con una superficie de 2.511 hectáreas, que supone el 53,54% del total del Parque Nacional. Ocupa toda la franja que bordea las cumbres de la Caldera que son su límite exterior, e interiormente está delimitada por la zona de reserva desde la Cumbrecita hasta el barranco de Almendro Amargo, y desde aquí hasta el término del Parque en la zona suroeste, sus límites son: desde el barranco de Almendro Amargo hasta donde confluyen el de Taburiente y Verduras de Alfonso, continúa por el primero hasta el barranco de Hoyo Verde y ascendiendo por éste hasta la cota 1.200, siguiendo por ella, en dirección Suroeste, hasta el límite del Parque.

Es un área natural que ha recibido una mínima alteración causada por el hombre, y para preservar su ambiente natural sólo se permite un uso público moderado, encaminado fundamentalmente a la educación ambiental y el estudio científico.

Por su dificultad de acceso, esta zona, de una manera natural, ya está restringida al uso público. Como infraestructura únicamente existen los caminos de La Cumbrecita a Taburiente y de éste a Los Cantos de Turugumay, además de los servicios para el mantenimiento de las galerías de agua.

Zona de uso moderado. Está dividida en dos sectores con una superficie total de 1.093 hectáreas, que representan el 23,31% de la superficie del Parque. En esta zona están contenidas las áreas que han sufrido una mayor alteración por causa de la actividad humana. En ella se encuentran los caseríos de Tenerra y Taburiente, con sus tierras de cultivo agrícola y otros pequeños enclaves (Morro Colorado, El Capadero), donde hasta épocas relativamente recientes se realizaban prácticas agrícolas. Son áreas capaces de soportar el recreo al aire libre y actividades educativas (sin construcciones mayores que dañen el paisaje). Se tolera un moderado desarrollo de servicios destinados al uso de los visitantes (unidades de interpretación).

Zona de uso especial. Esta zona comprende dos pequeños enclaves en la zona de uso extensivo, que suman una superficie de 15 hectáreas, que representan el 0,32% de la superficie total del Parque. Se encuentran situadas, una en el interior de la Caldera y abarca terrenos anexos al caserío de Taburiente y los terrenos de El Capadero, donde se encuentra la actual zona habilitada para la acampada. La otra, en el collado de la Cumbrecita, punto de acceso a la Caldera por el barranco del Riachuelo y lugar de concentración de algo más del 90% de los visitantes del Parque Nacional, que en 2003 ascendió a la cifra de 377.726 personas. Se trata de zonas de reducida extensión, donde se ubican los servicios esenciales para la administración del Parque y algunos destinados al uso de los visitantes.

Con la promulgación de la Ley 4/1989, de 27 de marzo, de Conservación de los Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestres, se volvió a reclasificar como Parque Nacional y se integró en la red estatal de Parques Nacionales.

Publicado en DIARIO DE AVISOS, 17 de octubre de 2004