Juan Carlos Díaz Lorenzo

En 1805, cuando llegó a la Isla el alcalde mayor Juan de Mata Franco, Santa Cruz de La Palma no tenía ni una sola calle empedrada y los campesinos vivían rodeados de plena miseria, “pues lo pasan casi todos –escribe fray Juan de Medinilla- con pan de raíces de helecho, mal comidos y mal vestidos”.  La situación había producido un cierto receso en el crecimiento de la población insular. La Palma tenía en 1802 un censo de 28.824 personas y 5.565 viviendas.

En 1812, promulgada la Constitución liberal, nacieron en La Palma las primeras corporaciones locales, en número de once, constituyéndose en ese año los municipios de Puntallana, San Andrés y Sauces, Barlovento, Garafía, Puntagorda, Tijarafe, Los Llanos de Aridane, Mazo, Breña Alta, Breña Baja y Santa Cruz de La Palma. En 1837 se crearon los municipios de Fuencaliente y El Paso, por segregación de Mazo y Los Llanos. Aunque el proceso de Tazacorte comenzó a finales del siglo XIX, la hora de su independencia llegaría en 1925. La aparición de los municipios, sin embargo, no condujo a un influjo notable en el impulso de la vida local.

“Pasaban los años, y los siglos –escribe Pérez Vidal- y aunque la ciudad no crecía grandemente iba mejorando dentro de su recinto. Las plazas, con los inmensos laureles y la gran copa central de la fuente de piedra, acabaron de embellecerla y darle personalidad y así hasta la segunda mitad del siglo XIX brilló entonces el último gran momento de esplendor económico y cultural de la Isla”.

La situación, al menos en la capital insular, cambió a partir de 1821, cuando se inició el denominado Siglo de Oro palmero, con la fundación de una escuela primaria moderna, organizada de acuerdo con el sistema lancasteriano promovida por el pedagogo británico Joseph Lancaster. La escuela, al amparo de ideas liberales, era obra de la Junta Local de Instrucción Pública, constituida por el sacerdote palmero Manuel Díaz Hernández, párroco de El Salvador; el arquitecto y sacerdote José Joaquín Martín de Justa y el patricio Francisco García Pérez.

Esta escuela fue un caso único en Canarias y, hasta su cierre en 1823, dejó una huella profunda. Su proyección educativa forjó la generación de los palmeros más ilustres del siglo XIX, entre los que sobresalen las figuras de los hermanos Valeriano, Víctor y Juan Fernández Ferraz, figuras claves de las letras; Faustino Méndez Cabezola, licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras, “sin discusión alguna la personalidad más extraordinaria que tuvo La Palma durante la centuria”, como resalta Juan Régulo Pérez; Antonio Rodríguez López, cuñado del anterior, poeta y escritor; y Manuel González Méndez, el pintor más universal de Canarias en el siglo XIX.

Casonas solariegas de Tazacorte, entre palmeras y plataneras

Otros hechos destacados

Precedido por el establecimiento en 1776 de la Real Sociedad Económica de Amigos del País –que fue reorganizada en 1885-, la concurrencia de personas destacadas, liberales y progresistas, promovió la creación de la Escuela de Instrucción Primaria de Niños (1866), el Colegio de Segunda Enseñanza de Santa Catalina (1868), que fue elevado a la categoría de Instituto Nacional de Enseñanza Media y suprimido en la Restauración borbónica a finales de 1874, aunque se mantuvo como filial del Instituto de Canarias con su antiguo nombre hasta 1931;  y la Escuela Nocturna para Adultos (1870).

En la labor de las asociaciones culturales, en las que La Palma es pródiga, destaca la primera Escuela de Música (1836); el establecimiento de la Escuela de Dibujo, a cargo de Blas Ossabarry (1840); la fundación del Casino-Liceo (1849), con una gran influencia en los ambientes sociales y culturales de la época; la fundación de la compañía de teatro “Terpsícore y Melpómene” (1866), propietaria del Teatro Chico; la sociedad de instrucción “La Fraternidad” (1870); la “Sociedad Instructiva” (1876), entidad científico-literaria de carácter privado y el establecimiento de la sociedad cultural  “La Cosmológica” (1881), con un museo de antigüedades y ciencias naturales –en cuyo seno nació a comienzos del siglo XX la biblioteca “Cervantes”- y la sociedad “La Unión” (1883), todo lo cual convirtió a Santa Cruz de La Palma en una de las primeras ciudades culturales de Canarias.

En los últimos veinte años del siglo XIX llegó el apogeo cultural de La Palma, destacando la creación del Ateneo en el seno de la Económica; los conciertos de la Filarmónica, los frecuentes estrenos de obras dramáticas de Antonio Rodríguez López; la construcción del teatro Chico y del Circo de Marte, el triunfo de Sebastián Arozena en Filadelfia (EE.UU.) como constructor naval; la exitosa exposición de 1876, con obras de bellas artes, productos agrícolas e industriales que se exhibieron en el Teatro Circo de Marte y en la plaza de Santo Domingo; y las proyecciones de las primeras películas con un cinematógrafo Lumiére, que Miguel Brito trajo de La Habana (1895).  

Actividad periodística

En esta época se produjo en La Palma una destacada actividad periodística. En 1836, José García Pérez introdujo la primera imprenta, con unos tipos móviles que trajo de París. A este le siguió Pedro Mariano Ramírez, que construyó una pequeña prensa en la que aprovechando tales útiles se imprimió una hoja de carácter político. En 1855 Faustino Méndez Cabezola había intentado publicar el primer periódico, pero entonces no cuajó la idea. En la segunda mitad del siglo XIX, la prensa palmera comenzó su andadura con la publicación de numerosos títulos, el primero de los cuales, llamado “El Time”, apareció el 12 de julio de 1863.

Estos periódicos, muchos de los cuales se convirtieron en medios de expresión de colectivos ideológicos, tuvieron una vida muy corta, pero otros lograron mantenerse durante algunos años, ofreciendo una interesante panorámica del momento. El más longevo ha sido Diario de Avisos, fundado el 2 de julio de 1890 y promovido por José Esteban Guerra Zerpa, quien fue su primer director. En la citada fecha salió a la calle con el nombre de “El Artesano”, cambiando al día siguiente por su actual denominación. Desde el 6 de junio de 1976 se edita en Santa Cruz de Tenerife.

La masonería palmera tuvo entre sus filas a lo mejor y más selecto de la sociedad palmera del siglo XIX y primer tercio del siglo XX. La primera logia de la que se tiene noticia fue la “Abora nº 91”, dependiente del Gran Oriente Lusitano, que pasó después a formar parte del Gran Oriente Español con el número 331. En 1823, cuando se restauró el absolutismo en la figura de Fernando VII, masones, liberales y librepensadores fueron perseguidos y entre sus víctimas figuraba el sacerdote Manuel Díaz Hernández, que fue desterrado. Sus paisanos le rindieron sentido homenaje en la estatua levantada en la plaza de la capital palmera, inaugurada el 18 de abril de 1897. Los documentos de la masonería fueron quemados públicamente el 25 de julio de 1936, en la plaza de San Francisco de la capital palmera, muy cerca de la sede de la logia, que estaba en una dependencia anexa a la torre de la iglesia.

La Palma no permaneció ajena a las nuevas corrientes arquitectónicas que llegaban del exterior. Los sacerdotes José Martín de Justa y Manuel Díaz Hernández asumieron los nuevos cánones impuestos por el clasicismo académico, plasmado en cuantas obras hicieron conjuntamente. Martín de Justa está considerado como el artífice de la renovación urbanística de Santa Cruz de La Palma en la primera mitad del siglo XIX y en la actualidad pueden apreciarse fachadas con variedad de detalles neoclásicos consecuencia de la influencia que ejerció en los constructores y alarifes.

La cochinilla –cuyo ciclo se alargó hasta la década de los setenta- y la orden que declaró francos los puertos canarios fueron los factores más importantes del florecimiento económico, lo que provocó un desenvolvimiento inusitado del comercio, el apogeo de la construcción naval, un aumento de más del doble del valor de las fincas rústicas y urbanas, el avance descentralizador en el gobierno insular, las relaciones económicas y sociales con Cuba e Inglaterra y la progresiva modernización de la vida insular, acorde con las innovaciones del momento.

La presencia británica produjo evidentes beneficios, al preocuparse éstos del desarrollo agrícola, incentivando la producción y generando un volumen comercial destacado, además de posibilitar la entrada de materiales para la construcción y otros útiles.

En la segunda mitad de la centuria (1865) el número de casas en la isla era de 6.036, de las cuales 1.951 eran de dos o más plantas. En esa misma fecha, en la capital insular vivían 5.364 habitantes en 1.111 casas.

Los nuevos cultivos introducidos en La Palma a finales del siglo XIX, como el tabaco, no cubrían el vacío económico que dejó la cochinilla. Entre 1881 y 1890, emigrantes retornados de Cuba procedieron a la reimplantación de la caña de azúcar en las áreas de regadío de Argual, Tazacorte y Los Sauces, con la que se cubría las necesidades de la Isla.

Santa Cruz de La Palma, vista desde el muelle, en 1910

Otros frutos del progreso del pueblo palmero comenzaron a sentirse a partir de 1879, cuando entró en servicio el primer tramo de siete kilómetros de la carretera entre la capital insular y el cruce de La Concepción, en Breña Alta. El proyecto consistía en abrir la vía por Mazo, Fuencaliente, Los Llanos y llegaría hasta Tijarafe.

En junio de 1883, el puerto de Santa Cruz de La Palma fue declarado de interés general y el 21 de diciembre de 1883 se inauguró la comunicación telegráfica, apenas cinco días después de que se hubiera producido el amarre del cable en la playa de Bajamar. El 28 de octubre de 1884 se alcanzó otro hito en la historia insular, al quedar enlazada la línea telegráfica con el resto del mundo.

En 1892, Elías Santos Abreu, médico y botánico de reputada proyección, estableció el primer laboratorio bacteriológico insular y, entre tantas figuras destacadas, aparece también la del cronista Juan Bautista Lorenzo Rodríguez, recopilador de las Noticias para la Historia de La Palma.

En la noche de San Silvestre de 1893, la luz eléctrica alumbró por primera vez en Santa Cruz de La Palma, al repique de las campanas de la torre de la iglesia de El Salvador, siendo la primera localidad de Canarias que lo consiguió, aunque estos avances no se palparon en igual intensidad en el interior de la Isla, donde se producía un acusado contraste cultural y social. El 17 de junio de 1894, Santa Cruz de La Palma se convirtió en la primera población de Canarias que se comunicó por teléfono con los pueblos de Los Llanos de Aridane y El Paso. Y en diciembre de 1899, Compañía Trasatlántica Española incluyó el puerto de Santa Cruz de La Palma en su línea de las Antillas, correspondiendo la primera escala al vapor Montevideo. Los barcos de esta histórica naviera fueron conocidos en la voz popular palmera como “los vapores del 19”, en atención al día que en hacían escala en la Isla.

Sobre esta ancha base de bienestar, también había nacido un anhelo hondo de enriquecer el espíritu, convirtiéndose así en factores que afianzaron las tres columnas maestras del esplendor cultural consiguiente, que habría de prolongarse hasta la II República.

Fotos: Archivo Juan Carlos Díaz Lorenzo

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