José Guillermo Rodríguez Escudero

Una basílica era un edificio público de los antiguos romanos, de planta rectangular, que servía de tribunal y de lugar de reunión y contratación; más tarde fue tomado como modelo de los templos cristianos. En el orbe católico, se conoce actualmente por ese nombre toda Iglesia cristiana grande y notable por su antigüedad o por los privilegios de que goza. Precisamente ésta es la que se pretendía construir junto al actual Real Santuario Insular de Nuestra Señora de Las Nieves. Una gran construcción que no va en consonancia con el magnífico entorno natural e histórico de la zona.

El gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, Andrés Marín Martín, que se hallaba presente en La Palma con motivo de las Fiestas de la Bajada de la Virgen, se reunió en la mañana del día 7 de junio de 1955 con el Patronato Pro-Basílica de Nuestra Señora de Las Nieves. Por la tarde de ese mismo día, y acompañado por las autoridades y varias personalidades visitó los terrenos “donde ha de ser emplazada la basílica y el campo de aviación de Buenavista”.

En el Programa de las Fiestas Lustrales de 1955 se lee lo siguiente:

“Gran Semana: miércoles día 22 de junio. Día conmemorativo del 25 Aniversario de la Coronación Canónica de Ntra. Sra. de Las Nieves. A las 11 de la mañana, Función de Pontifical, en la Parroquia de Las Nieves, oficiada por el Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo de la Diócesis, con asistencia de las Autoridades, así como de la Acción Católica y Peregrinos de todos los pueblos de la Isla. Predicará el Muy Ilustre Sr. Don Luis Vandewalle y Carballo, Canónigo de la S.I.C. Al terminar la Función, colocación de la primera piedra de la Basílica de Nuestra Señora de Las Nieves, con traslado procesional de la Santa Imagen al lugar del acto”.

La celebración del vigésimo quinto aniversario de la Coronación Canónica de la venerada y milagrosa imagen de Nuestra Señora de Las Nieves tuvo lugar el miércoles día 22 de junio de 1955. Las crónicas del día anunciaron que había sido un acto muy brillante, a pesar de que, con el tiempo, también se decía que la Isla entera se había beneficiado y había salido ganando por no haberse hecho realidad el proyecto faraónico y superfluo de la construcción de la basílica. La maqueta se había exhibido en público suscitando tanto elogios como críticas.

El proyecto de basílica de Nuestra Señora de las Nieves nunca pasó del papel

En el día señalado para la evocación de tal importante efeméride tuvo lugar una solemne función religiosa a la que asistieron todas autoridades civiles y militares, así como representaciones de los organismos oficiales, el Ayuntamiento en pleno, las jerarquías del Movimiento, amén de una multitud de vecinos que no querían perderse tal conmemoración y que abarrotaban el templo y sus aledaños. En la emotiva ceremonia, el canónigo Luis Van de Walle y Carballo “hizo una apasionada exposición del amor filial de toda La Palma por su Patrona”. Luego se tuvo la procesión con la imagen de la “Morenita” en sus andas de baldaquino de plata, rodeada y seguida por miles de feligreses devotos. La comitiva se dirigió al lugar en el que se iba a colocar la primera piedra de la obra de la futura basílica. Tras la bendición del prelado, el delegado gubernamental leyó el acta notarial que se publicaba en la prensa local al día siguiente.

Comenzaba así:

“En el nombre del Padre, del Hijo y Espíritu Santo, amén. En la lomada de la Virgen de la Parroquia de Nuestra Señora de Las Nieves, Santa Cruz de La Palma, isla de San Miguel de La Palma, a veintidós de junio de mil novecientos cincuenta y cinco, veinticinco aniversario de la Coronación .Canónica de la excelsa Patrona de la Isla, Nuestra Señora de Las Nieves, se coloca la primera piedra de la que habrá de ser Basílica de Nuestra Señora de Las nieves, obra patrocinada por el Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación e ilustre palmero D. Blas Pérez González, interpretando el deseo unánime de todos sus paisanos.

El prelado de la diócesis que bendijo la primera piedra fue D. Domingo Pérez Cáceres, revestido de pontifical. Asistieron al solemne acto Luis van de Walle y Carballo (canónigo de la Catedral de La Laguna), Félix Hernández Rodríguez (párroco de El Salvador y arcipreste del distrito), Antonio Pérez Hernández (párroco de Las Nieves) así como la totalidad de los sacerdotes insulares. D. Andrés Marín Martín ostentó la representación del Jefe del Estado.

En esta fecha histórica para la Isla de La Palma rige los destinos de la Iglesia Católica; es delegado del Gobierno y presidente del Cabildo Insular de La Palma D. Fernando del Castillo-Olivares y Van de Walle, desempeñando los referidos cargos en este día D. Alfonso Henríquez Tabares y D. Antonio Carrillo Kábana respectivamente; alcalde de la Ciudad, D. Agustín Perdigón Benítez; comandante militar de la Isla D. Fernando Rodrigo Cifuentes; comandante militar de Marina, D. Saturnino Uriarte Zulueta; juez de Primera Instancia e Instrucción, D. Plácido Fernández Viagas y Jefe Insular del Movimiento, D. Rafael de la Barreda y Díaz.

Fueron padrinos de la ceremonia el Ministro de la Gobernación D. Blas Pérez González y su señora esposa doña Otilia Martín Bencomo, representados en este acto por el Sr. Alcalde y señora.

Queda desde ahora esta futura basílica bajo los auspicios dedicada a Nuestra Señora de Las Nieves, Patrona excelsa de esta Isla de San Miguel de La Palma.

Se acompañan monedas de la época y medalla de Nuestra Señora de Las Nieves y otras advocaciones. Se levantan y firman los presentes tres actas, una queda en el lugar donde se ha colocado la primera piedra y ha de levantarse la basílica, otra que habrá de custodiarse en el archivo de esta expresada Parroquia de las Nieves y la restante quedará en poder del Patronato de la repetida basílica”.

Bibliografía:

“Conmemoración del XXV Aniversario de la Coronación Canónica de la Virgen de Las Nieves”, en Diario de Avisos, (Santa Cruz de La Palma, 23 de junio de 1955).

Fiestas Lustrales en honor de Ntra. Sra. de Las Nieves. [Programa], Litografía Romero, Santa Cruz de Tenerife, 1955.

“La visita a La Palma del Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento”, en Diario de Avisos, (Santa Cruz de La Palma, 8 de junio de 1955).

“Se colocará la primera piedra de la Basílica”, en Diario de Avisos, (Santa Cruz de La Palma, 10 de junio de 1955).

Pérez García, Jaime. Memorias Insulares, 1953-1960, Excmo. Cabildo Insular de La Palma, Santa Cruz de La Palma, 2009.

Foto: Archivo de José Guillermo Rodríguez Escudero

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Juan Carlos Díaz Lorenzo

La presencia de Nuestra Señora de Las Nieves en La Palma está envuelta en la leyenda. La Bula del Papa Martino V, fechada en Roma el 20 de noviembre de 1423, hace mención a Santa María de la Palma y su llegada a la Isla se asienta sobre las hipótesis de algunos cronistas, que se refieren a viajes de frailes irlandeses o navegantes del Mediterráneo, misiones del Obispado de Telde o incursiones de los normandos asentados en las islas orientales desde comienzos del siglo XV[1].

Otros autores atribuyen la llegada de la imagen a Francisca de Gazmira, la mujer aborigen conversa que pactó la rendición de los haouarythas, los antiguos pobladores de La Palma, y al propio adelantado Alonso Fernández de Lugo, propietario del reparto de las tierras de Agaete, donde había entronizado una imagen de Santa María de las Nieves. Muy reciente en el tiempo, el escultor Miguel Ángel Martín Sánchez atribuye su origen a las manos de Lorenzo Mercadante de Bretaña, escultor francés activo en la segunda mitad del siglo XV, con obras destacadas en la catedral de Sevilla.

El documento más antiguo que se conserva con el nombre de Santa María de las Nieves está fechado el 23 de enero de 1507 y se trata de una data del adelantado Fernández de Lugo, en la que dona a Nuestra Señora los solares en los que en 1517 consta ya estar edificado el primitivo templo, ampliado en 1525, al que se adosó un segundo cuerpo entre 1539 y 1552, mientras que en 1543 existía la plaza y el paseo.

Entre 1568 y 1574 se edificó la sacristía y en 1648, dos años después de la erupción del volcán de Martín, se amplió la capilla mayor sobre ésta y se agregó otra dependencia por el oeste, levantándose un arco toral, así como los trabajos de alargamiento y pavimentación de la nave con cerámica portuguesa y la construcción de la espadaña en piedra de cantería. Corría el año de 1637 cuando se terminó la edificación de la casa de romeros. El Real Santuario ostenta realeza desde que en 1657 fuera acogido en su patronato por Felipe IV, penúltimo rey de la Casa de Austria[2].

Entre 1703 y 1740 se reforzó y se encaló la capilla mayor, se guarneció de cantería gris el arco y las gradas del presbiterio -en la actualidad revestido de mármol- y por 4.000 reales se esculpió, en manierismo tardío, la Puerta Grande. Todas estas obras configuraron el aspecto actual del templo, que presenta un suntuoso retablo mayor tallado en 1707 por Marcos Hernández y dorado y policromado por el palmero Bernardo Manuel de Silva. El trono de plata, armado en 42 piezas, se acabó en 1733[3].

Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de La Palma

En la segunda mitad del siglo XIX, y acorde a la corriente neoclásica entonces imperante, y la excusa de elevar la capilla mayor, en 1876 se sustituyó la cubierta mudéjar por una bóveda de cañón, que dos décadas después fue decorada por el artista madrileño Ubaldo Bornadova con la alegoría de la Inmaculada entre ángeles y guirnaldas y una Anunciación, entre cortinajes azules, en la cabecera de la nave.

El Real Santuario alberga notables altares barrocos –en los que están presentes el Calvario del Amparo, grupo magistral del siglo XVI, y la Virgen del Buen Viaje- y neogóticos -San Miguel y la Virgen de la Rosa-, más los nichos laterales del retablo mayor con los santos Bartolomé y Lorenzo, todas ellas tallas flamencas que tienen en la Isla una de sus más nutridas representaciones.

El conjunto arquitectónico y artístico encierra un gran valor -artesonados mudéjares, el púlpito ochavado, el coro, el baptisterio con piedra de mármol, las pilas de agua bendita, las arañas de cristal de roca, los faroles y lámparas votivas y el vasto ajuar de orfebrería-, siendo numerosos y valiosos, además, otros objetos religiosos[4].

Nuestra Señora de las Nieves fue coronada canónicamente en el año lustral de 1930, el 22 de junio, en ceremonia oficiada por el cardenal Federico Tedeschini, nuncio de Su Santidad en España y arzobispo de Lepanto, que llegó a La Palma, en medio de una gran expectación popular, a bordo del buque Infanta Cristina. Su patronazgo sobre el pueblo palmero fue reconocido por el Papa Pío XII, el 13 de noviembre de 1952. 

La razón de la Bajada

La Fiesta de todas las fiestas de La Palma tiene su origen en el último tercio del siglo XVII, arraigada en la creencia del favor intercesor de Nuestra Señora de las Nieves y en el profundo fervor religioso que generaciones de palmeros le han profesado a través de los tiempos.

Relata el licenciado Juan Pinto de Guisla, beneficiado de El Salvador y visitador eclesiástico, que en el año de 1676, La Palma sufría el invierno más seco de la década, lo que provocó una situación que había llevado el hambre, la desolación y la muerte a los habitantes de la capital y de los campos de la isla.

Esta penuria coincidió con la segunda visita pastoral del obispo de Canarias, Bartolomé García Jiménez[5], que había prolongado su estancia en la isla debido a la amenaza de los piratas berberiscos que entonces infectaban las aguas del archipiélago, al acecho de nuevas presas, entre ellas el mitrado, impidiendo así su salida de la isla. En aquella ocasión fue informado por los regidores y por los sacerdotes Melchor Brier y Monteverde y Juan Pinto de Guisla[6], que habían sido alumnos suyos en la Facultad de Cánones de Salamanca, “de la especial devoción que hay en esta isla con la Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de toda ella, de cuyo patrocinio se vale en todas sus necesidades“, por lo que dispuso que se trajese a la iglesia parroquial de El Salvador, “para que, colocada en ella, en trono decente“, se celebrase la octava “con mayor solemnidad y asistencia del pueblo[7].

Así se hizo, asumiendo el piadoso obispo el gasto que ocasionó el consumo de cera durante los tres primeros días del devoto culto, y en los siguientes se repartió entre algunos devotos que se encargaron de ello, “y habiendo reconocido la decencia del culto y veneración con que se celebró dicha octava y la devoción y concurrencia del pueblo a su celebración, así por las mañanas a la misa, como a prima noche después de la oración a rezar el nombre y tercio y pláticas que hacía todas las noches, juzgó por conveniente que dicha Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves se traiga a esta ciudad, a la Iglesia Parroquial, cada cinco años“, celebrando de ese modo, por el mes de febrero, la fiesta y la octava de Nuestra Señora de Candelaria, “y que se comenzase el quinquenio el año de 1680 y de allí en adelante…[8].

La Bajada tiene su origen en 1676 y el ciclo lustral comenzó en 1680

En relación a este asunto, el testimonio del ilustrado cronista Viera y Clavijo, reflejado un siglo después en su emblemática obra Noticias de la Historia General de las Islas Canarias, dice que “el obispo don Bartolomé Ximénez fue el que, atendiendo a la universal devoción que profesaban aquellos naturales a Nuestra Señora de las Nieves, cuyo patrocinio imploraban de tiempo inmemorial en los conflictos de volcanes, falta de lluvias, langosta, epidemias, guerras y correrías, dispuso que se llevase cada cinco años desde su santuario a la ciudad, en la víspera de la Purificación, para que en la parroquia del Salvador se celebrase un octavario con muy solemnes fiestas…[9].

El obispo García Jiménez también conoció la resolución del pueblo palmero, unido ante la desgracia, en la defensa de la imagen mariana -la más antigua de Canarias y el vestigio más remoto de nuestra ubicación cristiana y cultura occidental- y de su ermita cuando en 1649 los dominicos trataron de fundar en ella un convento, empeño del que desistieron ante la oposición del pueblo y la firmeza del Cabildo.

Con anterioridad a la fundación de la Bajada, Nuestra Señora de las Nieves fue traída a Santa Cruz de La Palma en rogativa en varias ocasiones. La primera estancia, de nueve días en la iglesia de El Salvador, se remonta al 28 de marzo de 1630, fecha en la que la isla padecía una gran sequía. Por el mismo motivo, volvería en otras dos ocasiones en la década de los años treinta del siglo XVII: el 5 de abril de 1631 y el 3 de marzo de 1632, respectivamente.

De modo, pues, que el ciclo lustral comenzó en 1680, siguiendo el mandato del obispo García Jiménez, año en el que se trajo la imagen de Nuestra Señora de las Nieves desde su santuario del monte a la ciudad capital. Desde entonces lo ha hecho ininterrumpidamente hasta nuestros días, aunque, en el recuento histórico de los últimos tres siglos, la venerada imagen ha sido trasladada en varias ocasiones a la capital insular en rogativas y celebraciones especiales y siempre con el mismo motivo.

La iglesia de El Salvador acoge la estancia lustral de Nuestra Señora de las Nieves

Ante las adversidades y las calamidades, los caminos de La Palma se llenaron de peregrinos que acudían al pequeño santuario para pedir la intercesión de la Virgen ante las furias desatadas de la Naturaleza, tanto en sequías prolongadas como en erupciones volcánicas, incendios, plagas, enfermedades, tempestades…

Entre los hechos relacionados con la langosta se encuentra el acontecido el 16 de octubre de 1659, fecha en la que la plaga “llenó toda la isla y comió la corteza de todos los árboles y destruyó todos los pastos, con que murió mucho ganado mayor y menor y muchas cabalgaduras, yeguas y jumentos y destruyó muchas sementeras y algunas volvieron a reventar y las que comió tres veces no volvieron[10].

La crónica atestigua que se hicieron muchos sufragios, procesiones y sermones y “trújose a esta ciudad en procesión” a las imágenes de Nuestra Señora de La Piedad y el apóstol San Andrés, a San Juan de Puntallana, al Santo Cristo del Planto y también a Nuestra Señora de Las Nieves “y se tuvo en esta ciudad muchos días. Fue nuestro Señor servido, por mediación de la Virgen, que no durase esta langosta más que hasta marzo de dho. año[11].

En el transcurso del tiempo se produjeron otras situaciones de infortunio, caso de 1625, cuando llegó a La Palma un navío procedente de Inglaterra infectado de peste bubónica y en 1669, cuando otro barco en viaje a la Martinica fondeó en la rada de la capital palmera, logrando, en dichas ocasiones, que la desgracia no se expandiera sobre la población local. Siempre relacionados con prodigios y milagros atribuidos a Nuestra Señora se aprecian diversos testimonios, siendo de destacar la presencia de la Patrona, entre otras desdichas, en enero de 1768 debido a una epidemia catarral, y en junio de 1852, al haberse librado la población del cólera-morbo.

En relación a la citada epidemia, el pueblo palmero acudió a Nuestra Señora de Las Nieves implorando el remedio a la enfermedad que diezmaba a la población. Pérez Morera recoge en su trabajo sobre la Bajada de 1765 una relación sobre la terrible enfermedad que asoló a la isla. Del Libro de Acaecimientos, formado por el vicario Felipe Alfaro en 1767 y depositado en el archivo parroquial de El Salvador, observamos el siguiente párrafo:

Aviendose señalado por su merced el dia siete de marzo para el último tramo de la Procesión de allí llevar a Nuestra Señora a su propia Parroquia compuestos todos los caminos y aseandose todas las calles por donde debía transitar no se pudo conseguir hasta el día diez por las continuas lluvias que hubo en estos días (…), quedando todos los moradores desta ciudad e Ysla mui contentos y alegres por aver conseguido de dios mediante la intercesión de la Santísima Virgen María ubiesse cesado a sus primeros ruegos la cruel enfermedad que tantos estragos hasía y llovido con mansedumbre tanto que se puede decir se repitió en esta ysla el milagro que en tiempo del Señor San Gregorio aconteció en Roma…”[12].

Otro suceso célebre fue el ocurrido el 6 de abril de 1750, fecha en la que la sagrada imagen se encontraba en el convento de las Monjas Claras –hoy Hospital de Dolores- donde está entronizada “la preciosa imagen de la olvidada patrona[13] de la ciudad, Santa Águeda, como bien apunta José Guillermo Rodríguez Escudero. Se había señalado dicho día para hacer las rogativas por el hambre y la falta de lluvias que se padecía en toda la Isla. Poco después comenzó a llover intensamente y también arribó a la bahía de la capital un barco cargado de trigo, con gran regocijo del pueblo, que atribuyó todo esto a un milagro de Nuestra Señora.

El 7 de mayo de 1770 se había fijado la fecha para que Nuestra Señora regresase a su templo después de la Bajada de aquel lustro, cuando se declaró un incendio en los aledaños de la parroquia de El Salvador. La crónica describe el espeluznante episodio:

El incendio fue voracísimo y corría el viento de brisa que le impelía, y arrojaba centellas a más de cien pasos […], pero sucedió que inopinadamente se mudó y cambió el viento al Oeste, enderezó las llamas que antes corrían con vehemencia al puerto y estaban ardiendo a un tiempo dos calles y dos hileras de casas, en la plaza y calle Trasera, que arruinó en poco más de tres horas catorce casas, con pasmo de los que las vieron arder, más no se incendió otra alguna, aunque antes habían siso acometidas de centellas y carbones encendidos, después de estar a la vista de Ntra. Señora de las Nieves, conceptuando todos piadosamente, fue la asistencia de la Santísima Virgen quien libró y preservó el resto de la ciudad del fuego, impidiendo pasase adelante[14].

Cuando se decidió el regreso de la venerada imagen a su templo del monte, el día anterior había venido la imagen del patriarca San José desde su ermita capitalina hasta El Salvador para despedirse de la Patrona palmera. Dice la crónica que la noche estaba muy serena con algunas señales de viento de levante, como lo demostraba un cerco que poseía la luna “y viento al Oeste, sin truenos, tempestad ni otra novedad que unos chubascos o lluvia muy quieta, después de medianoche“. Lo sorprendente es que, amaneció toda la cumbre cubierta de nieve, “hasta el lomo que se llama de las Nieves, por estar a su falda la Iglesia de Nuestra Señora[15].

Este hecho singular, por haber ocurrido en tiempo tan avanzado de primavera, “y no haberlo visto los nacidos en unas circunstancias como las presentes de terror en que se hallaban las gentes sencillas, que oprimía los ánimos de todos, llenó de mayor consuelo los corazones, alabando las divinas piedades de la Madre de la Misericordia, que nos puso el signo de su benignidad a la vista para que no desfalleciesen, comprobó con esto el milagro de haber suspendido el castigo del fuego que nos amenazó consumir y asegurarnos con la nieve su protección, el día amaneció claro y despierto el sol, con singular gozo de las almas devotas[16].

Y es que, como escribió el recordado investigador palmero Alberto José Fernández García, “Ella es el inmenso refugio espiritual de todos los palmeros, y a Ella recurrimos cuando los titánicos fuegos volcánicos estremecen nuestro suelo, cuando las cosechas se pierden por falta de agua, cuando los grandes incendios azotan nuestros montes o nuestras casas, cuando la enfermedad se apodera de nuestra pobre naturaleza, y en tantos, tantos momentos de nuestra existencia[17].

El Castillo altivo vigila las costas palmesanas y caeda cinco años se convierte en protagonista del Diálogo

En el Diálogo, Nuestra Señora de las Nieves viaja a bordo del barco, convertido en singular protagonista

Dicho sentimiento queda plasmado, asimismo, en la elegante y sentida prosa de Gabriel Duque Acosta, pregonero de la Bajada de 1970, cuando escribe”… allá arriba en el Monte al que da nevado nombre una Señora descansan los sueños consumados, anhelos florecidos, canciones plenas y oraciones que han encontrado puerto y destino en el regazo de la Virgen. A Ella se han dirigido por los siglos y los siglos los que sufrían en el dolor de las horas vacías; a Ella han invocado el náufrago de Campeche y el miliciano aguerrido; nuestras madres y las madres de nuestras madres. Siempre fueron escuchados. Su llamada halló respuesta en el milagro o en el consuelo; en la alegría o en la resignación que es el más humano y dignificante prodigio…”[18].

La Bajada de la Virgen nació, pues, siguiendo el pensamiento y la creatividad del espíritu barroco, razón por la cual el trasfondo mariano explica también la profusión de loas sacramentales, carros alegóricos y otras representaciones de índole religiosa que nutren su imaginario simbólico, rico en matices y sustancias destinadas a la alabanza de Nuestra Señora. Y en torno a Ella y su celebración lustral se forjó, además, una consolidada tradición literaria y teatral nacida al amparo de las fiestas del Corpus Christi, “fiesta central del catolicismo, la que alcanza mayor brillantez[19], entre cuyos autores más destacados sobresalen los autores que integran el parnaso del Barroco palmero: Pedro Álvarez de Lugo y Usodemar, Juan Pinto de Guisla y Juan Bautista Poggio Monteverde[20].

De forma que, la capital palmera, como señala el ilustre catedrático palmero Manuel de Paz, “gracias a sus vínculos con el Norte de Europa, con la Península y, desde luego, también con América, pudo beneficiarse de numerosas influencias artísticas y culturales que, en el transcurso de los siglos, contribuyeron a definir su identidad como una población culturalmente inquieta[21].

 


[1] La imagen de Nuestra Señora de las Nieves es una escultura modelada en terracota y policromada, de estilo románico tardío en transición al gótico, situada cronológicamente a finales del siglo XIV, sobrevestida con ricas telas -túnica roja, manto azul y orla dorada- y aderezada con cuantiosas joyas a partir del siglo XVI. Mide 82 cm de altura y se trata, probablemente, de la efigie mariana de mayor antigüedad del Archipiélago Canario.

[2] Tres siglos después, el 15 de octubre de 1977, Nuestra Señora de las Nieves recibió la visita de los Reyes de España, Juan Carlos I y Sofía, siéndole entonces entregado a la Reina el título de “Camarera de Honor de la Santísima Virgen de las Nieves”, que había aceptado siendo Princesa de España. Su Majestad manifestó entonces al rector del Real Santuario, Pedro Manuel Francisco de las Casas, su voluntad de reafirmar el trato de realeza en el marco de la nueva monarquía constitucional, lo cual se llevó a efecto siguiendo los cauces establecidos mediante comunicación oficial y certificación de la Casa Real Española.

[3] Sus primeros elementos se labraron en 1672, con objetos tasados para ello por el orfebre Diego González. El frontal fue enviado desde Cuba en 1714 por el presbítero Juan Vicente Torres Ayala; el sagrario albergó las sagradas formas desde 1720 y las barandas constan desde 1757. [Para más información sobre este tema, véase: Fernández García, Alberto José. Real Santuario Insular de Nuestra Señora de las Nieves, León 1980; Fraga González, María del Carmen. La arquitectura mudéjar en Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1977; Pérez Morera, Jesús et al. Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad, Santa Cruz de Tenerife 2000].

[4] El Museo Insular de Arte Sacro está considerado en su género uno de los más importantes de Canarias. El edificio, proyectado por  los arquitectos Rafael Daranas y Luis Miguel Pérez, recrea una casona de dos plantas, con balcón y ventanas de tarima, construido con materiales nobles –carpintería de tea labrada, cantería gris, forja y vidrieras- y está perfectamente integrado en el conjunto del Real Santuario. Dicho espacio, junto al camarín de la Virgen –obra del arquitecto José Miguel Márquez Zárate, que remata la cabecera del templo con un lujoso acabado- fueron ideados por Alberto José Fernández García y exponen importantísimos documentos históricos, así como esculturas de distintas épocas y escuelas, pintura y orfebrería de talleres europeos y americanos; retratos históricos de Nuestra Señora de las Nieves, a través de los cuales se puede seguir la evolución del atuendo. En su vestidor cuelgan los mismos trajes con los que se la pintó confeccionados con sedas de La Palma y brocados importados de Europa, reservados para las grandes solemnidades, caso de la Bajada de la Virgen.

[5] El prelado García Jiménez (1618-1690), de origen sevillano, había sido promovido a la Silla de Canarias en mayo de 1665 por el Papa Alejandro VII y visitó La Palma por primera vez en 1666 y volvió a finales de 1675.

[6] Considerado, sin duda, una de las personalidades más relevantes de La Palma en el siglo XVII, Juan Pinto de Guisla (1631-1695), clérigo presbítero, estudió en la Universidad de Salamanca, donde se licenció en Derecho civil y eclesiástico. Fue notario ordinario, consultor y calificador del Santo Oficio y beneficiado de la parroquia de El Salvador (1656). Nombrado visitador general de La Palma por el obispo García Jiménez, realizó una loable labor en la recopilación de datos y citas de historia de la isla, evitando con ello su pérdida.

[7] Lorenzo Rodríguez, Juan B. Noticias para la Historia de La Palma. pp. 12 y ss. Tomo I. La Laguna, 1975.

[8] Op. cit.

[9] Viera y Clavijo, José. Noticias de la Historia General de las Islas de Canarias. p. 691. Tomo II. Santa Cruz de Tenerife, 1971.

[10] Lorenzo Rodríguez, Juan B. op. cit. p 197.

[11] Op. Cit. 

[12] Pérez Morera, Jesús. Notas al manuscrito “Descripción Verdadera de los solemnes Cultos y célebres funciones que la mui noble y leal Ciudad de Sta Cruz en la ysla del Señor San Miguel de la Palma consagró a María Santísima de las Nieves en su vaxada a dicha Ciudad en el quinquenio de este año de 1765”.  p 85. Santa Cruz de La Palma, 1989. 

[13] Rodríguez Escudero, José Guillermo. Santa Águeda. La olvidada Patrona de Santa Cruz de La Palma. El Día, 18 de noviembre de 2006.

[14] Lorenzo Rodríguez, Juan B. Op. cit. p. 312.

[15] Op. cit. p. 312.

[16] Op. cit. p. 313.

[17] Fernández García, Alberto José. Real Santuario Insular de Nuestra Señora de las Nieves. León, 1980.

[18] Duque Acosta, Gabriel. Pregón de las Fiestas de la Bajada de la Virgen. En Diario de Avisos, 18 de junio de 1970.

[19] Martín Rodríguez, Fernando Gabriel. Santa Cruz de La Palma, la ciudad renacentista. p. 111. Santa Cruz de Tenerife, 1995.

[20] El protagonismo de los tres eruditos barrocos en los primeros lustros de la Bajada es indudable. Pedro Álvarez de Lugo y Usodemar (1628-1706), Juan Pinto de Guisla (1631-1695) y Juan Bautista Poggio y Monteverde (1632-1707) debieron coincidir en las Bajadas de 1646, 1659 y 1676, anteriores a la institucional de 1680 y también en la de 1678 con motivo del volcán de San Antonio, en Fuencaliente. Del último de ellos se conocen varias obras dedicadas a Nuestra Señora, que coinciden en su datación con las fiestas lustrales, caso de la loa sacramental La Hermandad (1680), loa a Nuestra Señora de las Nieves y El amor divino (1685), El Pregón (1690), El ciudadano y el pastor (1695), La Emperatriz (1700) y La Nave (1705).

[21] Paz Sánchez, Manuel [de]. La Ciudad. Una historia ilustrada de Santa Cruz de La Palma. p. 47. Santa Cruz de Tenerife, 2003.

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En consideración a la singular devoción que el pueblo palmero ha profesado siempre a su Patrona, y antes de que la fiesta de la Bajada fuera instituida como tal en 1676 –año de grave sequía en la Isla- por disposición del obispo Bartolomé García Ximénez, Nuestra Señora de las Nieves había sido traída en rogativa a Santa Cruz de La Palma con anterioridad a la citada fecha en varias ocasiones.

La primera estancia, de nueve días en la iglesia de El Salvador, se remonta al 28 de marzo de 1630, tiempo en el que la isla padecía una grave sequía. Por el mismo motivo volvió a la capital insular el 5 de abril de 1631 y el 3 de marzo de 1632. Y en 1659 lo hizo con motivo de una plaga de langosta que asoló a la Isla.

En el citado año de 1676, el obispo García Ximénez, que se encontraba de visita pastoral y coincidió con una pertinaz sequía, viendo el fervor popular hacia la venerada imagen, resolvió que la Bajada se repitiese cada cinco años, a partir de 1680, como así se viene celebrando desde entonces.

Las erupciones volcánicas y Nuestra Señora de las Nieves sostienen una estrecha relación histórica, social y espiritual. En referencia al volcán de Martín, el 18 de diciembre de 1646, día de la Expectación de la Virgen, terminó la erupción y las crónicas cuentan –según refiere Núñez de la Peña- que amaneció nevado el cráter del volcán y las cumbres de la isla. La venerada imagen permaneció en la iglesia de El Salvador, del 22 de junio de 1646 al 9 de enero de 1647. En todo este tiempo el gasto de cera se elevó a cincuenta reales, cantidad que fue abonada por el doctor Francisco Fernández Franco, racionero de la Catedral.

“En el año de 1646, por el mes de noviembre, rebentó un bolcán en la isla de La Palma, con tan grandes terremotos, temblores de tierra y truenos, que se oyeron en todas las islas; despedía de sí un arroyo de fuego y açufre, que salió al mar. Los vezinos de la ciudad truxeron a ella en procesión a Nuestra Señora de Las Nieves; imagen muy milagrosa; y al otro día, caso admirable, amaneció el bolcán cubierto de nieue, con que cessó, auviendo durado algunos días”.

En el diario de notas locales del capitán Andrés de Valcárcel y Lugo, natural de Santa Cruz de La Palma, ciudad en la que transcurrió la mayor parte de su vida, también se encuentran referencias concretas de esta erupción volcánica, por haber sido testigo presencial de la misma.  

Bajo el título “Cosas notables: Volcanes”, expone, entre otras cosas, lo siguiente:

“Hubo muchos temblores de tierra en todos estos días y los edificios parecía venían al suelo, con que todos estábamos temerosos y nos recogimos algunas noches en los bajos de las casas y algunos estando en los patios; y una noche fueron tantos y tan grandes, que todos los habitantes de esta isla se fueron a las Iglesias, y a media noche se hizo una solemne procesión con Nuestra Señora de las Nieves, que estaba en la Parroquial de esta ciudad, y se trajo a ella en esta ocasión para que nos favoreciese en ella, y todos iban en ella con la mayor devoción que se puede ponderar y algunos llorando y todos temiendo el castigo de Dios. Y el no haberse caído los edificios y sucedido con estos lamentables sucesos, lo atribuimos a la intercesión de tan buena medianera como la Virgen de las Nieves”.

“Hizo muchos daños en las tierras por donde corrió. Todo lo dicho digo como testigo de vista, porque el Sr. Licdo. Dn. Juan de la Hoya, Teniente de esta isla, y otros amigos, fuimos y dormimos una noche en una casa próxima a él, y aquel día llegamos y nos acercamos hasta un arroyo que ya no corría; y duró este volcán con sus arroyos, temblores y ruidos hasta el 21 de Diciembre; y fue cosa pública y notoria que la Gloriosísima Señora de las Nieves, Nuestra Señora, con su rocío favorable, nevó en el volcán; y en esta isla hubo un rocío pequeño, que tanto como esto puede la Reina de los Ángeles Nuestra Señora con su Benditísimo Hijo Nuestro Redentor Jesucristo. En esta ocasión estaban todos los vecinos desta isla tan devotos y frecuentadores de los Templos, que no salían de ellos”.

De este hecho milagroso existe en el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves un cuadro pintado en tabla, del siglo XVII, que tiene la siguiente inscripción: “Consolatrix aflictorum / a tu presencia nevado / El Mongibelo palmense / zelos le dio al Exquilino / nuevas glorias a tu nieve”.

Nuestra Señora de las Nieves, devoción mariana de La Palma

El relato de Juan Pinto de Guisla. Otro documento de especial interés se refiere a la erupción del volcán de San Antonio, ocurrida en 1677. La versión corresponde al visitador Juan Pinto de Guisla, venerable beneficiado de la parroquia de El Salvador y visitador general de La Palma, testigo presencial, según parece, del acontecimiento y que se expresa en los siguientes términos:

“Ha padecido esta isla diversas veces la calamidad de estos volcanes, en la parte que mira al sur, o mediodía, como se reconoce por la tierra quemada reducida a riscos que llaman “mal país”, en que convierte la materia que arroja de sí, y aún está muy viva la memoria del último que reventó por principio del mes de Octubre del año 1646, que duró hasta 18 de Diciembre del mismo año, en que se celebra la fiesta de la Expectación de Ntra. Señora, día en que amaneció de nieve la boca del volcán, con universal aclamación de milagro de Ntra. Señora de las Nieves, cuya Santa Imagen se venera como Patrona de esta isla y a cuyo patrocinio se recurre en sus mayores aflicciones y necesidades, como se recurrió en aquélla trayéndola a la Parroquia de esta ciudad, donde estaba colocada cuando cesó el volcán, y se cubrió de nieve”.

“Los temblores de tierra se han continuado sintiéndose en la ciudad y causando mucho temor; y en particular se sintió uno mayor que los ordinarios el domingo 9 de Enero a las 5 de la mañana con que se atemorizó el pueblo, de manera que mucha parte con el Clero se juntó a aquella hora en la Parroquia donde está Ntra. Señora de Las Nieves, a implorar su Patrocinio; y este día se puso patente el Santísimo Sacramento y se hizo procesión general con mucha devoción, que se remató con una plática que estaba prevenida después de otras que habían precedido los días anteriores, y tocó al Padre Fray Lucas Milán, Lector de Arte, en el convento de San Francisco de esta ciudad, con la cual, así por el espíritu del Predicador como por lo adecuado del asunto que eligió y disposición de los ánimos atemorizados con el temblor de tierra, conmovió al pueblo a muchas lágrimas”.

“Está el volcán en su fuerza sin disminución, y de todas las bocas que abrieron sólo permanecen la principal de sobre la montaña, por donde salen llamas, humo, piedras y arena, y las tres que están a la subida, que son las que brotan la materia fluida que ha cubierto y cerrado las demás bocas corriendo sobre ellas continuamente, los temblores de tierra y con ello las tribulaciones de los habitadores de esta isla que con continuas súplicas, imploran la Piedad Divina por medio de María Santísima Nuestra Señora, cuya Santa Imagen de las Nieves queda en esta ciudad en el Convento de Religiosas Claras, de donde se volverá a la Parroquia continuándose las rogativas hasta que Nuestro Señor se acuerde de usar con nosotros de misericordia, librándonos de esta tribulación”.

Por último, de la devoción que el obispo de Canarias, Bartolomé García Ximénez, sentía por la Virgen de Candelaria, encontramos una cita publicada por el eminente y recordado profesor Jesús Hernández Perera, relacionada con la rápida extinción de este volcán, en la que dice lo siguiente:  

“Hay en los últimos años de vida de este ejemplar obispo de Canarias, cuando su quebrantada salud le obligó a acogerse al benigno clima de Santa Cruz, un episodio que nos indica el subido afecto de su corazón hacia la Virgen de Candelaria y la santidad eminente de su vida y de su fecundo pontificado. Habían llegado nuevas a Tenerife de la erupción del volcán de San Antonio, en el pueblo de Fuencaliente de la Isla de La Palma y hasta se había sentido los efectos de algún terremoto. Un día, dice su mentado biógrafo, tuvo conocimiento de los estragos del volcán y sin decir a nadie nada, salió de madrugada del puerto de Santa Cruz a lomo de caballería. Aunque llegó algo tarde y cansado, se revistió y celebró la Santa Misa. Los fieles circunstantes observaron que el prelado se había detenido en el altar más tiempo del de costumbre. Terminada la misa, descansó y regresó a Santa Cruz. Dos días después se supo en Tenerife que la erupción había concluido y precisamente en la misma hora en que el Iltmo. Sr. Jiménez alzaba la Sagrada Hostia ante María de Candelaria”.

La erupción del volcán de San Juan, acaecida en los meses de junio y julio de 1949,  fue motivo, una vez más, para que el pueblo palmero acudiera a Nuestra Señora de las Nieves en busca de auxilio espiritual ante las furias desatadas de la Naturaleza, o, como decía una de las crónicas de Diario de Avisos, “para por su mediación pedir al Todopoderoso que apague las iras del volcán”.

El 24 de julio, que fue domingo, la Patrona palmera salió a las siete y media de la mañana en procesión desde su santuario del monte camino de la villa de Breña Alta. Al llegar a la ermita de la Concepción se ofició una misa y a continuación prosiguió la comitiva hasta la parroquia de San Pedro, donde, antes de entrar, la venerada imagen dio vista al volcán y a continuación se ofició de nuevo la liturgia.

Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, la comitiva salió de la parroquia, desde la que se distinguía las luminarias de la erupción del volcán en la cumbre, camino de la iglesia matriz de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma, “seguida de una multitud inmensa, que con el mayor recogimiento decía sus oraciones, uniéndose a la suntuosa manifestación de los numerosos vecinos del trayecto que querían unir sus preces”.

La comitiva estaba presidida por los alcaldes de Breña Alta, Martín Cabrera Monterrey y  de Santa Cruz de La Palma, Rafael Álvarez Melo, así como el clero de las dos parroquias y el arcipreste del distrito, Luis van de Walle Carballo. A las nueve de la noche, la venerada imagen entró en la iglesia de El Salvador, donde fue recibida en medio de un gran fervor y, a continuación se oficiaron solemnes cultos, iniciándose un novenario de rogativa.

“Los fieles de La Palma –dice la crónica de Diario de Avisos– se aprestan a asistir devotamente a estos piadosos actos para por mediación de su Santísima Madre impetre del Altísimo que apague la gran hoguera en que hoy arden las tierras de La Palma, sumiendo en el dolor y la miseria a numerosos vecinos hermanos nuestros”.

El 26 de julio, al día siguiente de encontrarse Nuestra Señora de las Nieves en la capital insular, la actividad del volcán decreció considerablemente. En los días posteriores, y a excepción del día 30, en que se produjo el derrame de lava por el barranco de La Jurada, en la vertiente oriental de la Isla, la erupción cesó en su furia. ¿Milagro?. La devoción de la Isla así lo creyó.

El 5 de agosto del citado año, la imagen de Nuestra Señora de las Nieves, “con la fe, nunca desmentida, y el amor, no menos demostrado, en el transcurso de todas las generaciones –en el sabio decir de Alberto José Fernández García- inició el viaje de vuelta a su santuario del monte y en 1950, apenas un año después, fecha lustral, volvió de nuevo a la  capital insular en su tradicional Bajada.

Publicado en Diario de Avisos, 2 de mayo de 2004

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En algo más de quinientos años de historia, La Palma, isla de larga y arraigada tradición marinera, tiene el principal punto convergente de la fe y la devoción de su pueblo en la venerada imagen de Nuestra Señora de las Nieves, cuya advocación siempre ha estado presente en el mundo de la marinería.

“Señores, recemos y digamos que buen viaje hagamos; una salve a la Virgen de Las Nieves, abogación de esta embarcación: el Señor nos dé buen viaje y buen tiempo y nos lleve a puerto de salvamento”.  Con esta oración se hacían a la mar los barcos que en los lejanos tiempos del Imperio, y en centurias posteriores, la suave limosna de la brisa les permitía cruzar el Atlántico a merced de las olas y las corrientes, teniendo siempre presente que, cuando estuvieran de retorno, había pendiente una visita de agradecimiento al templo donde habita la Patrona palmera.

De la tradición marinera de La Palma y su relación con la venerada imagen existe constancia plena. En las paredes del Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves cuelgan siete magníficos exvotos marineros –otros cuatro se encuentran en la ermita de El Planto, uno en la iglesia de Nuestra Señora de la Luz, también llamada de San Telmo y el último en la iglesia de Santo Domingo- en muestra de agradecimiento por los beneficios recibidos, “y son un vivo exponente de la fe y agradecimiento de aquellos hombres por el favor recibido”, escribía Alberto José Fernández García.

Desde que comenzó la tradición marinera de La Palma, era costumbre que los veleros llevaran a bordo imágenes religiosas y en el caso de los barcos de la isla, una de Nuestra Señora de las Nieves, que siempre se situaba en lugar decoroso. A Ella los marineros le rezaban, agradecían y suplicaban, en cualquier momento y circunstancia, como bien escribe Armando Yanes en su libro Cosas viejas de la mar:

“Todos estos barcos llevaban en su cámara una imagen de la Virgen de Las Nieves, a la que imploraban  y se encomendaban con fervorosa oración en momentos de peligro, diciendo: Madre mía de las Nieves, ayúdanos. Todavía recuerdo perfectamente oírles decir a algunos que, cuando en noches cerradas en plena y dura tempestad se les mandaba subir para ejecutar cualquier maniobra, el poner los pies sobre la regala y agarrar la jarcia para coger los flechastes, era lo primero que decían: ¡Madre mía de las Nieves, ayúdanos!. Y seguidamente trepaban obenques arriba con gran decisión, y esto, decían, les daba ánimos y alientos para luchar allá arriba, a veces en lo alto de la jarcia, ejecutando ciegamente las órdenes que les había mandado su capitán”.

Y cuando estaban de vuelta en la isla, rápidamente acudían al santuario a postrarse a los pies de la Patrona, expresándole su agradecimiento por el feliz regreso, teniendo la costumbre, si el viaje había sido malo y les había alcanzado alguna tempestad, llevarle botijas de aceite para el uso de la lámpara y haciendo promesas, entre ellas la de ir caminando unos desde el muelle, con el torso desnudo; otros sin hablar hasta llegar al santuario, y otros descalzos, la mayoría, dando así cumplimiento de lo que habían prometido.

Nuestra Señora de las Nieves fue la principal devoción que acompañó a la marinería y a los paisanos emigrantes en su camino a las Américas. Su culto está especialmente vinculado a los palmeros de ultramar, de modo que en los libros de fábrica de la ermita se encuentran abundantes referencias a las dádivas y regalos hechos por los indianos en gratitud a la Patrona por los favores recibidos, algunos de ellos de especial hondura espiritual. 

De esta manera, el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves figura entre los primeros templos de Canarias en cuanto a platería americana, de una calidad y riqueza poco comunes. En el siglo XVIII, Viera y Clavijo estimaba que la plata y las joyas de la Virgen ascendían a más de 20.000 pesos; cantidad que se iba incrementando continuamente con las donaciones de los emigrantes palmeros, agradeciéndole a la Patrona, de este modo, primero, su buena travesía y, después, su buena fortuna en la otra orilla del Atlántico. Esta costumbre, arraigada en el sentimiento de tantos y tantos palmeros creyentes y de buen corazón, se ha mantenido en el transcurso del tiempo y, entre otros, quienes en años idos para siempre fueron emigrantes en Cuba y después en Venezuela.

Era costumbre frecuente que los navíos que hacían la carrera de Indias llevaran una alcancía a nombre de Nuestra Señora de las Nieves, para recibir las limosnas y donativos. Lo explica Pérez Morera, cuando cita que “las cuentas de 1706 mencionan los 1488 reales recaudados ‘en las alcansías que a repartido el mayordomo en los nauios de Indias’ y las de 1672 los 10 reales del ‘costo de seys alcansias de oja de lata que se hisieron para repartir en vajelez para la limosna’”.

El magnífico tesoro que constituye el joyero de la Nuestra Señora de las Nieves está compuesto, en una gran mayoría, por regalos de indianos. A finales del XVII -señala el citado investigador palmero- existían en América dos apoderados del santuario, uno en la capital peruana, Lima y otro en la capital cubana, La Habana, nombrados en 1694 por su mayordomo con el objeto de recibir los legados hechos a la Patrona de La Palma en “realez, oro, plata, perlas, joyas, prendas y otras cualesquiera alajas de los géneros referidos, ornamentos, bestidos… así en el dicho reyno del Pirud como en otras cualesquiera partes…”.

El viajero inglés Charles Edwardes, que visitó La Palma en 1887, escribe de su visita a la ermita de Las Nieves, que “es también en esta famosa capilla donde los hombres de la mar hacen sus promesas antes de embarcarse para La Habana. De sus paredes cuelgan viejas pinturas grotescas que representan milagros obrados en la mar por la Virgen misericordiosa. En 1704, por ejemplo, el capitán de una bricbarca canaria, enfrentada a un barco pirata turco, invocó a la Virgen de Las Nieves con tal éxito que durante tres horas que duró la lucha no cayó un solo español, aunque sí numerosos turcos”. 

Nuestra Señora de las Nieves, en primer plano

Las plagas. Como hemos manifestado en anteriores crónicas, la  venerada imagen de Nuestra Señora de Las Nieves ha sido trasladada en rogativas a la capital palmera fuera de los años lustrales de su Bajada. El motivo siempre ha sido el mismo: pedirle su intercesión ante las furias desatadas de la naturaleza, tanto en sequías prolongadas como en erupciones volcánicas, incendios, enfermedades…

En palabras del siempre bien recordado investigador Alberto José Fernández García, “Ella es el inmenso refugio espiritual de todos los palmeros, y a Ella recurrimos cuando los titánicos fuegos volcánicos estremecen nuestro suelo, cuando las cosechas se pierden por falta de agua, cuando los grandes incendios azotan nuestros montes o nuestras casas, cuando la enfermedad se apodera de nuestra pobre naturaleza, y en tantos, tantos momentos de nuestra existencia”.

Relacionada con la sequía prolongada encontramos la rogativa de finales de marzo de 1639, en que permaneció en El Salvador durante nueve días, repitiendo la estancia en 1631, 1632 y 1676 por el mismo motivo, implorando los sufridos palmeros la llegada del agua tan necesaria.

Precisamente, en este año último año, y “hallándose pues este prelado, D. Bartolomé García Jiménez, Obispo de Canarias en esta Isla… y viendo la gran falta de lluvias que había entonces, informado de la gran devoción que estos naturales tenían a la Virgen de Las Nieves, dispuso se trajese a esta ciudad de Santa Cruz de La Palma, con motivo de esta calamidad y se celebrase aquel año, la octava de Candelaria con dicha santa imagen. (…) Y viendo la decencia del acto y la veneración con que se celebró dicha octava, juzgó sería conveniente que dicha santa imagen se trajese cada cinco años a esta iglesia parroquial de la Ciudad …”

Ante las calamidades, los caminos de La Palma se llenaron de peregrinos que acudían al Santuario para pedir la intercesión de la Virgen. Entre los hechos relacionados con la langosta encontramos el acontecido el 16 de octubre de 1659, en que la plaga entró y “llenó toda la isla y comió la corteza de todos los árboles y destruyó todos los pastos, con que murió mucho ganado mayor y menor y muchas cabalgaduras, yeguas y jumentos y destruyó muchas sementeras y algunas volvieron a reventar y las que comió tres veces no volvieron”.

Los cronistas atestiguan cómo se hicieron numerosos sufragios, procesiones y sermones. Se llevaron procesionalmente a la capital palmera las imágenes de Nuestra Señora de La Piedad y el apóstol San Andrés, a San Juan de Puntallana, al Santo Cristo del Planto y, finalmente,  a Nuestra Señora de Las Nieves. “Fue nuestro Señor servido, por mediación de la Virgen, que no durase esta langosta más que hasta marzo de dho. año”.

En el transcurso del tiempo se produjeron otras ocasiones significativas, siempre relacionadas con prodigios y milagros atribuidos a la Virgen, como bien reflejan los testimonios de los cronistas de la época, siendo de destacar la presencia excepcional de la Patrona, entre otras desdichas, en enero de 1768 por una epidemia catarral y en junio de 1852, por haberse librado del cólera morbo.

En relación con la epidemia de 1768, se acudió a Nuestra Señora de Las Nieves implorando el remedio de la enfermedad que diezmaba la población palmera. Pérez Morera recoge en su trabajo sobre la Bajada de 1765 una relación sobre la terrible enfermedad que asoló a la Isla. Del Libro de Acaecimientos, formado por el vicario Felipe Alfaro en 1767 y depositado en el Archivo Parroquial de El Salvador, extraemos el siguiente párrafo:

“Aviendose señalado por su merced el dia siete de marzo para el último tramo de la Procesión de allí llevar a Nuestra Señora a su propia Parroquia compuestos todos los caminos y aseandose todas las calles por donde debía transitar no se pudo conseguir hasta el día diez por las continuas lluvias que hubo en estos días (…) quedando todos los moradores desta ciudad e Ysla mui contentos y alegres por aver conseguido de dios mediante la intercesión de la Santísima Virgen María ubiesse cesado a sus primeros ruegos la cruel enfermedad que tantos estragos hasía y llovido con mansedumbre tanto que se puede decir se repitió en esta ysla el milagro que en tiempo del Señor San Gregorio aconteció en Roma …”

Otro suceso célebre fue el ocurrido el 6 de abril de 1750, fecha en la que la sagrada imagen se encontraba en el Convento de las Monjas Claras, hoy Hospital de Dolores, donde está entronizada “la preciosa imagen de la olvidada patrona” de la ciudad, Santa Águeda, como bien apunta José Guillermo Rodríguez Escudero. Previamente se había señalado este día para hacer las rogativas por el hambre y la falta de lluvias que se padecía en toda la Isla. Entonces comenzó a llover copiosamente y llegó a la bahía de la ciudad un barco cargado de trigo, con gran regocijo del pueblo palmero, que atribuyó todo esto a un milagro de Nuestra Señora.

El 7 de mayo de 1770 se había fijado el día para que la Virgen regresase a su templo de la montaña, después de la Bajada de aquel año. El día anterior había venido la imagen del patriarca San José desde su ermita capitalina hasta El Salvador para despedirse de la Patrona palmera.

Cuentan los cronistas de la época que la noche estaba muy serena con algunas señales de viento de levante, como lo demostraba un círculo o cerco que poseía la luna “y viento al Oeste, sin truenos, tempestad ni otra novedad que unos chubascos o lluvia muy quieta, después de medianoche”. Lo sorprendente es que, amaneció toda la cumbre cubierta de nieve, “hasta el lomo que se llama de las Nieves, por estar a su falda la Iglesia de Nuestra Señora”.

Este hecho sobrenatural, por haber ocurrido en tiempo tan avanzado de primavera, “y no haberlo visto los nacidos en unas circunstancias como las presentes de terror en que se hallaban las gentes sencillas, que oprimía los ánimos de todos, llenó de mayor consuelo los corazones, alabando las divinas piedades de la Madre de la Misericordia, que nos puso el signo de su benignidad a la vista para que no desfalleciesen, comprobó con esto el milagro de haber suspendido el castigo del fuego que nos amenazó consumir y asegurarnos con la nieve su protección, el día amaneció claro y despierto el sol, con singular gozo de las almas devotas”.

Foto: Archivo Juan Carlos Díaz Lorenzo

Publicado en Diario de Avisos, 24 de julio de 2005

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En el año de gracia de 1676, La Palma sufría “el invierno más seco de la década”, según el relato del visitador Juan Pinto de Guisla, beneficiado de El Salvador, situación que había llevado el hambre, la desolación y la muerte a la capital y a los campos de la isla.

Esta situación de penuria coincidió con la segunda visita pastoral del obispo de Canarias, Bartolomé García Jiménez (1618-1690), de origen sevillano, que había prolongado su estancia en la isla debido a la amenaza de los piratas berberiscos que entonces infectaban las aguas del archipiélago, al acecho de nuevas presas, entre ellas el mitrado, impidiendo de ese modo su salida de la isla. 

El prelado, promovido a la Silla de Canarias en mayo de 1665 por el Papa Alejandro VII, visitó La Palma por primera vez en 1666 y tardó otros nueve años en volver a la isla, llegando a finales de 1675. En aquella ocasión fue informado por los regidores del Antiguo Régimen y por los sacerdotes Melchor Brier y Juan Pinto de Guisla, que habían sido alumnos suyos en la Facultad de Cánones de Salamanca, “de la especial devoción que hay en esta isla con la Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de toda ella, de cuyo patrocinio se vale en todas sus necesidades”, por lo que dispuso que se trajese a la iglesia parroquial de El Salvador, “para que, colocada en ella, en trono decente”, se celebrase la octava “con mayor solemnidad y asistencia del pueblo”.

“El piadoso García Jiménez –escribe Luis Ortega- imaginó y ordenó una fiesta con valores sustanciales y capacidad para superar los límites de su tiempo; y los palmeros supieron afrontar tal reto con fe en el motivo y en sus recursos e ingenios para celebrarlo. Así se hizo, asumiendo el obispo el gasto que ocasionó el consumo de cera durante los tres primeros días, y en los siguientes se repartió entre algunos devotos que se encargaron de ello “y habiendo reconocido la decencia del culto y veneración con que se celebró dicha octava y la devoción y concurrencia del pueblo a su celebración, así por las mañanas a la misa, como a prima noche después de la oración a rezar el nombre y tercio y pláticas que hacía todas las noches, juzgó por conveniente que dicha Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves se traiga a esta ciudad, a la Iglesia parroquial, cada cinco años”, celebrando de ese modo, por el mes de febrero, la fiesta y octava de Nuestra Señora de Candelaria, comenzando el quinquenio en el año 1680 “y de allí en adelante…”.

En relación a este asunto, el cronista Viera y Clavijo escribe que “el Obispo fue el que, atendiendo a la universal devoción que profesaban aquellos naturales (los palmeros) a Nuestra Señora de Las Nieves, cuyo patrocinio imploraban de tiempo inmemorial en los conflictos de volcanes, falta de lluvias, langosta, epidemias, guerras y correrías, dispuso que se llevase cada cinco años desde su santuario a la ciudad…”.

El obispo también conoció la resolución del pueblo palmero, unido ante la desgracia, en la defensa de la imagen mariana –la más antigua de Canarias y el vestigio más remoto de nuestra ubicación cristiana y cultura occidental- y de su ermita cuando en 1649 los dominicos trataron de fundar en ella un convento, empeño del que desistieron ante la oposición del pueblo y la firmeza del Cabildo.

El ciclo lustral comenzó en 1680, año en el que se trajo la imagen de Nuestra Señora de las Nieves desde su santuario del monte a la ciudad capital. Desde entonces lo ha hecho ininterrumpidamente hasta nuestros días, en los años acabados en cero y cinco, aunque, en el recuento histórico de los últimos tres siglos, la venerada imagen ha sido trasladada en procesión en varias ocasiones a la capital insular en rogativas y celebraciones especiales, alterando de ese modo la secuencia lustral.

Así sucedió al menos en siete ocasiones en el siglo XVII: en los años 1630, 1631, 1632 y 1676, debido a la gravedad de las sequías; en 1646, con motivo de la erupción del volcán de Martín; en 1659, motivado por una plaga de langosta; y en 1677, por el volcán de San Antonio. En el siglo XVIII se conoce una bajada extraordinaria: en el año 1768, debido a una epidemia de fiebre. En el siglo XIX sucedió en 1852, con motivo de una epidemia de cólera de Gran Canaria.

Más cercano en el tiempo, hay registradas tres ocasiones en el siglo XX: en 1949, con motivo de la erupción del volcán de San Juan; en 1966, en la ocasión de la clausura de la clausura de la Misión Popular en La Palma; y en 1993, al cumplirse el V Centenario de la fundación de Santa Cruz de La Palma.

El cronista palmero Juan B. Lorenzo, en su libro Noticias para la historia de La Palma, cita que en el libro tercero de mandatos de la parroquia matriz de El Salvador, en el asiento correspondiente al año 1676, se relacionan los nombres de las personas notables de la sociedad insular de la época que se comprometieron a poner la cera para el trono de la imagen por el resto de sus vidas.

Entre ellos cita a Melchor Brier y Monteverde, abogado de los Consejos, vicario y juez de cuatro causas; el maestre de campo Miguel de Abreu y Rege, ministro del Santo Oficio de la Inquisición, regidor y gobernador de las Armas de La Palma por S.M.; el doctor Pedro de Guisla Corona, presbítero y consultor del Santo Oficio de la Inquisición; Nicolás Massieu de Vandale y Rantz, regidor y alguacil mayor; Antonio Pinto de Guisla, alguacil mayor del Santo Oficio; Juan Fierro Monteverde, Diego de Guisla y Castilla, regidor; y el licenciado Juan Pinto de Guisla, beneficiado de la parroquia de El Salvador, consultor del Santo Oficio de la Inquisición y visitador general de La Palma.

El compromiso consistía en poner la cera para un día de la octava, es decir, 24 velas de media libra, reservándose el primer día en que se trajera la sagrada imagen, que había de ser la víspera de la fiesta, para la Ciudad, Justicia y Regimiento. Esta promesa la adquirieron “por todos los días de su vida, con calidad de que habían de ser preferidos a otras cualesquiera personas que quisieren encender y poner la cera”, a excepción de que el obispo García Jiménez y sus sucesores “quisieren encender y poner la cera en algún día o días de la dicha octava, que en tal cosa se han de añadir a la celebración de la octava aquellos días que fueren necesarios para que ninguno de los obligados quede excluido”.

Se cita, asimismo, la donación de 1.000 reales “en contado” que en 1706 hizo Francisca Santos Durán, cantidad que entregó al sargento mayor Diego de Guisla y Castilla, para que como mayordomo de fábrica de la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves “los impusiera a tributo; y que con sus réditos (…) se prediquen ocho sermones o pláticas de doctrina y alabanzas a Nuestra Señora; y que se den en limosna 15 reales por cada una y lo que restare quede para la dicha fábrica de Nuestra Señora de las Nieves”.

En el testamento de Pedro de Guisla Corona, abierto en febrero de 1706, se manifiesta que “todos los sucesores de este vínculo han de ser obligados a encender y enramar un día de la octava de Nuestra Señora de Candelaria que se celebra en esta ciudad cada cinco años con la Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves; que este día es el que me obligué  a encender por todos los de mi vida, como lo he hecho hasta aquí desde que se instituyó la dicha octava; y es mi voluntad y lo ha sido siempre perpetuarlo como lo hago”.

Así transcurrieron los siglos, siglos de fervor, afecto, cariño y gran respeto, hasta que en el siglo XIX el ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma y la parroquia de El Salvador institucionalizaron los festejos, ocupándose de su organización con la contribución de los más destacados comerciantes de la ciudad, entre los que figuraba Juan Cabrera Martín.

La imagen se bajaba solemnemente en la víspera de la Purificación y se celebraba un octavario con unas fiestas muy solemnes, cuya fama pronto se extendió por el archipiélago. “Unos festejos –escribe José Guillermo Rodríguez Escudero- que han sido considerados entre los más sobresalientes de los que se celebran en las Islas y que sirven de digno preámbulo a la presencia de la sagrada Imagen en la capital de la Isla, punto culminante de la celebración”.                 

Las fiestas de estos lustros se constituían en días interminables de regocijo particular para el pueblo palmero, “que no dejaba de traer a la memoria aquellos milagros que desde su niñez le contaron, de la cueva en que se recogió toda una procesión de trescientas personas, no siendo capaz de contener cincuenta”; o cuando durante las salvas de bienvenida a la Virgen en la Plaza, una de las piezas de artillería explotó, y sus pedazos ardientes cayeron sobre las tropas y unas mujeres, sin que hubiera desgracia personal; también de una lámpara que en una penuria de aceite ardió incesantemente y aún rebosó; o la nieve que cubrió el volcán de Tigalate en 1646, el otro volcán de 1711 que, a la vista de la Imagen se extinguió”.

Viera y Clavijo cita también el incendio que se produjo en Santa Cruz de La Palma el 25 de abril de 1770, en el que, cuando la procesión retornaba al santuario “y llevando ya catorce casas consumidas, se fue apagando desde que retrocedió con la imagen el devoto pueblo”. Testigo de excepción de este último prodigio fue el sacerdote José Momparlé, que escribía que ante Nuestra Señora “no se incendió ninguna otra casa, aunque habían sido acometidas de centellas y carbones encendidos”, por lo que fue la asistencia de la Virgen “quien libró y preservó el resto de la ciudad del fuego”. La fiesta nace, en definitiva, como expresión de devoción de los palmeros y su fe en los milagros atribuidos a su Patrona y el profundo agradecimiento por su eterna intercesión.

En sus comienzos, la Bajada se celebraba en la madrugada del día primero de febrero y siguió celebrándose en invierno hasta que el año 1850 se trasladó a la tarde del sábado anterior al segundo domingo de Pascua de Resurrección, a cuya época se trasladó por ser más templada la estación.

“Y lejos de haber disminuido el fervor de estos habitantes –destaca Juan B. Lorenzo-, ha ido en aumento, habiéndose dado el caso de que ha tenido que estar la Virgen en esta Parroquia mes y medio por atender a los muchos devotos que pedían enrames; esto además de las octavas de dotación”.

Ocho días antes de la Bajada se destinaban a festejos públicos, que a finales del siglo XIX consistían en varias danzas, el carro triunfal, la pandorga, el desfile de gigantes…, “todo en medio de un concurso numerosísimo, puesto que concurre gente de todos los pueblos de la isla y aún de la provincia, sin que por nadie se haya cometido jamás ningún desmán, lo que prueba la cordura de este vecindario”. 

Nuestra Señora de las Nieves, a hombros del pueblo que la venera

Con el paso del tiempo, y debido a razones de índole humana, social, climática, etc., se produjo un nuevo cambio, en el que hasta el médico titular de la ciudad emitió unos informes sobre lo impropio de la estación y lo perjudicial que resultaba para la salud pública. Se dijo entonces que tampoco era beneficioso para la llegada de los veleros y de los indianos y los gozos nocturnos en la calle. Luego, las fiestas se trasladaron al mes de junio en 1925, atendiendo a un requerimiento de los universitarios palmeros, que reclamaban su deseo de regresar a isla cuando había finalizado el curso académico y, finalmente, en 1975 se hizo coincidir la Semana Grande con la mitad de julio y se concretó la estancia en la ciudad de Nuestra Señora de las Nieves por espacio de tres semanas.

Dos lustros antes, las Fiestas Lustrales de La Palma, como acontecimiento religioso-cívico-artístico de especial relevancia en el archipiélago, fueron declaradas de Interés Turístico Nacional por resolución de la Subsecretaría del Ministerio de Información y Turismo de 23 de febrero de 1965, y desde la edición de 1980 cuenta siempre con la asistencia de un representante personal de S. M. el Rey.

Entre los magníficos y originales festejos que se desarrollan antes de la llegada de Nuestra Señora de las Nieves a la capital palmera destacan la lectura del pregón, a finales del mes de junio; la Bajada del Trono, convertida en una multitudinaria romería en la que se transportan desde el Santuario las 42 piezas que conforman el altar-trono barroco de plata repujada, de las que nunca ha faltado ni una pieza en el momento de la entrega en El Salvador.

El festival del siglo XVIII o Minué, heredero de las danzas coreadas, espectáculo lleno de fastuosidad que evoca los saraos palatinos de Versalles. La original Danza de Los Enanos, bailada por hombres que actúan en la primera parte del número representando diferentes personajes y después, convertidos en enanos, a modo de figuras liliputienses, bailan la polca en honor a Nuestra Señora.

El Carro Alegórico y Triunfal, auto mariano de exaltación a la Patrona que se ha representado ininterrumpidamente desde el Siglo de Oro. El emocionante Diálogo entre el Castillo y la Nave, homenaje al pasado naval de La Palma y al patronazgo marinero de Nuestra Señora de las Nieves; la entrañable Danza de las Mariposas, otra loa infantil; la espectacular Pandorga, un desfile nocturno de figuras de papeles multicolores iluminadas con velas que alumbran el camino por el que pasará la Virgen.

La emotiva Loa de Llegada, donde los “ángeles” le dan la bienvenida a la Virgen entre el sollozo y el silencio expectante del pueblo; los divertidos Gigantes y Cabezudos, como Biscuit y la Luna de Valencia… Todas estas alegorías están dedicadas a la Virgen y tienen su lugar en la llamada Semana Grande.

Como la cadencia lustral se hace muy larga, entonces se ideó incrementar la relación de números festeros, lo que dio origen en el siglo XIX al nacimiento de la Semana Chica, “ante la lícita pretensión ciudadana de mostrar habilidades y aficiones formadas y mantenidas en la apacible y creativa distancia de la metrópoli”. En ella entran exposiciones de toda índole, bailes, juegos, carreras de caballos, competiciones deportivas, funciones dramáticas y musicales, encuentros y festivales folklóricos, espectáculos variopintos, conciertos y recitales para todos los gustos, novenas y misas, teatros y zarzuelas, loas y dianas, vistosos fuegos artificiales, verbenas, etc.

La Semana Chica se inicia con la Izada de la Bandera de María en la que se proclama el comienzo oficial de las Fiestas, entre una lluvia de cohetes y salvas de los cañones del Castillo. Cuando la Virgen retorna a su santuario en la mañana del 5 de agosto, la bandera se arriará hasta “el año que viene”, es decir, hasta dentro de otros cinco años en la particular expresión del pueblo palmero.