Juan Carlos Díaz Lorenzo

En su flanco sur, Santa Cruz de La Palma está resguardada y limitada por la imponente mole del Risco de la Concepción, que se eleva a unos 400 metros y es la pared de un antiguo volcán cuyo cráter, conocido como La Caldereta, condiciona el desarrollo urbano de la ciudad en esa zona. Antes de que fuera horadado el primer túnel, que permitió el tránsito de personas y vehículos en condiciones fiables aunque sujeto a los frecuentes embates de la mar –que entraba a rociones por los respiraderos que aún existen–, para pasar de un lado a otro había que esperar a la bajamar, de ahí el nombre de la zona.

Explica nuestro amigo y paisano Alberto Pérez, que “según mi abuelo, que es quien me contó esta historia, las gentes que vivían más cerca de la ciudad, venían a comprar o vender sus productos y estaban al tanto de las mareas. Llegaban y esperaban pacientemente a que se produjera la bajamar y se formara una pequeña playa por la que cruzaban sin mojarse. El límite máximo horario de su estancia en Santa Cruz de La Palma lo imponía la pleamar, es decir, regresaban a sus casas antes de que volviera a subir la marea. Por eso, precisamente por este tránsito de personas, justo en los momentos en los que bajaba la marea, a esa zona de conoce con el nombre de Bajamar”.

Así era el Risco de la Concepción antes de la llegada de la carretera y el primer túnel

El Plan General de Carreteras de La Palma, de septiembre de 1860, reconoce la necesidad de construir en la isla tres vías de acceso de tercer orden: Santa Cruz de la Palma a Fuencaliente, por Breña Baja; Fuencaliente a Tazacorte, por Los Llanos de Aridane; Santa Cruz de La Palma a San Andrés, por Puntallana. Las obras de la carretera del sur de la isla comenzaron en 1874 y concluyeron en 1910, con una longitud de 55,5 kilómetros, repartidos en ocho tramos.  

En algunos de los tramos, el ritmo de las obras avanzó a un ritmo de entre 120 y 150 metros mensuales, cifra considerable si consideramos los medios disponibles y las dificultades encontradas en algunas zonas, además de la lucha administrativa contra aquellos propietarios reacios a ceder sus terrenos. En 1879 se recibió, con carácter provisional, el primer tramo de siete kilómetros entre Santa Cruz de La Palma y el Risco de la Concepción, perteneciente al municipio de Breña Alta[1].

[1] Díaz Lorenzo, Juan Carlos. Fuencaliente. Historia y tradición. pp. 222-223. Madrid, 1994.

Foto: Historia de La Palma (facebook, coord. Maxi Fernández Gil)

Emblemática Casa Cabrera

junio 22, 2014

Juan Carlos Díaz Lorenzo

La Casa Cabrera está de feliz aniversario. Cumple 150 años de existencia, después de una larga andadura en la que ha conseguido consolidarse como la más antigua de las empresas existentes en La Palma, gracias a su capacidad de adaptación a cada época y a sus ansias de seguir siendo coprotagonistas del progreso insular. Es una firma comercial emblemática, sinónimo de seriedad y prestigio acrisolado a través de generaciones, que honra con destacada entrega y nobleza a la tierra donde nació. 

La empresa Juan Cabrera Martín (La Palma), S.A. tiene sus orígenes en una tienda de ultramarinos abierta en 1864 por su fundador, Juan Cabrera Martín, a su regreso de Cuba el año anterior. Nuestro protagonista nació el 24 de junio de 1838 en Santa Cruz de La Palma, hijo de Buenaventura Cabrera González y Catalina Martín Rodríguez. En 1847 su padre vendió una flotilla de pesqueros y armó la goleta Africana, construida en los astilleros de la capital palmera, con la que hizo viaje a Cuba cargado de cebollas. Poco después de su llegada a La Habana mandó llamar a su hijo Juan, que por entonces contaba diez años de edad, para que le ayudara en el trabajo que desempeñaba en la capital habanera. 

Una foto de Juan Cabrera Martín, en gran formato, preside el patio de la Casa Cabrera

Los acontecimientos se precipitaron al producirse el fallecimiento de su progenitor, por lo que el joven Juan Cabrera Martín, desamparado por la repentina muerte de su padre, se enroló como ayudante de cocina en el velero San José, propiedad de Nicolás Martínez Valdivieso, que realizaba tráfico de cabotaje entre los puertos cubanos. En 1862 enfermó de fiebres palúdicas y al año siguiente regresó La Palma, donde tiempo después contrajo matrimonio con Rafaela Martín Cabrera, de cuya unión nacieron cuatro hijos, José, Juan, Nicolás y Josefa Cabrera Martín. 

En 1864 abrió su primer negocio en la isla, un comercio de ultramarinos situado en el número 57 de la calle Santiago. Los horizontes se ampliaron en el transcurso de los años siguientes, dedicado a la exportación de cochinilla y productos agrícolas y tiempo después extendió su red comercial por toda la isla, consolidando así su trayectoria, lo que le permitió abrir un negocio de ferretería y tejidos y fortaleció su posición económica. 

La Casa Cabrera, sede social de la empresa Juan Cabrera Martín (La Palma) S.A.

En 1890 adquirió la Casa Pinto, fabricada por Antonio Pinto de Guisla en el último cuarto del siglo XVIII. Desde entonces se conoce como la Casa Cabrera y es la sede central de la empresa. Es un magnífico edificio situado en la emblemática calle Real de Santa Cruz de La Palma, que forma parte de uno de los conjuntos arquitectónicos más importantes de Canarias. Su nuevo propietario pagó por ella 27.750 pesetas, una fortuna para la época. Al año siguiente realizó las obras de adaptación que permitió la instalación de las dependencias de su sociedad mercantil. La fachada de la calle Álvarez de Abreu, o calle Trasera, es de cinco plantas, aprovechándose la inferior para las caballerizas y los carruajes, y se comunica en su interior por medio de una escalera de piedra. Posee un oratorio que obtuvo licencia papal para celebrar misa en tiempos de su primer propietario. 

A finales del siglo XIX el protagonismo de Juan Cabrera Martín en el tejido empresarial de La Palma fue considerable, pues amplió sus fronteras comerciales a África y América y, paralelamente, irrumpió con fuerza en su papel de consignatario, de modo que entre 1890 y 1916 fue agente insular de la Compañía Trasatlántica Española, Compañía de Vapores Correos Interinsulares Canarios, Sociedad Navegación e Industria, Compañía Valenciana de Vapores Correos de África y Vapores de Ángel Pérez y Cía.; Sobrinos de Herrera, de La Habana (Cuba), así como de las navieras extranjeras Otto Thoresen, Yeoward Line, Woermann Line, Nordeustcher Lloyd y Hamburg Bremen-Afrika Line. 

Casa Cabrera. Escritorio del director general

Casa Cabrera. Patio y accesos a la primera planta

Esta nueva dimensión permitió a Juan Cabrera Martín una relevante participación en el comercio del carbón mineral, granos y guanos, tiendas de ultramarinos y tejidos, ferretería y quincallería, almacén de curtidos, sales y maderas, máquinas de coser y la exportación de almendra y cochinilla. Sin embargo, la crisis de esta última, motivada, entre otras razones, por la aparición de los colorantes químicos, atrajo su atención hacia el cultivo del tabaco y fundó una empresa llamada La Africana, con una plantilla de 80 trabajadores. En 1910 tenía una producción de 4.200.000 tabacos anuales y facturaba 150.000 pesetas. 

La calidad e importancia de sus productos la hicieron merecedora de varios premios en certámenes internacionales, entre ellos la Medalla de Oro de la Exposición Hispano-Francesa de Zaragoza (1908), Mención Honorífica de la Universidad de Amberes (1908), primer premio en el concurso de la Cámara Agrícola de Santa Cruz de Tenerife (1909) y medallas de oro en la Nacional de Valencia (1910) y la Exposición Hispano-Americana de Sevilla (1930). 

Casa Cabrera, Ángulo desde el entresuelo

Casa Cabrera. Corredor de la primera planta

La ausencia de bancos en Santa Cruz de La Palma y su excelente reputación animó a Juan Cabrera Martín a la creación de una entidad bancaria propia, la Banca Cabrera, vinculada a las actividades agrícolas, mercantiles y a la captación del ahorro del indiano. Alcanzó un gran desarrollo en el primer tercio del siglo XX, pero los efectos de la gran depresión asestaron un duro golpe y fue una de las causas por la que, en junio de 1948, fue vendida al Banco Español de Crédito. 

La prensa de la época le presentó siempre como un ciudadano de fuerte personalidad y defensor de los intereses generales de La Palma. Sus gestiones condujeron a que Compañía Trasatlántica Española incluyera el puerto de Santa Cruz de La Palma en el itinerario de la línea de Cuba. El 18 de diciembre de 1899 arribó en su primera escala el trasatlántico Montevideo y, a partir de entonces, lo hicieron regularmente el día 19 de cada mes, por lo que la voz popular los identificó con el apelativo de “los vapores del 19”. Su colaboración fue decisiva para el boato de la visita del rey Alfonso XIII, que llegó el 3 de abril de 1906 a Santa Cruz de La Palma a bordo del trasatlántico Alfonso XII, habilitado de crucero auxiliar. 

Casa Cabrera. Oratorio privado

En sus últimos años de vida, Juan Cabrera Martín fue delegando progresivamente la dirección de la firma en su hijo mayor, José A. Cabrera Martín, quien, en unión de sus hermanos afirmaron el rumbo de la empresa con una decidida adaptación a las demandas y necesidades de los nuevos tiempos. Para ello diversificaron sus actividades, compensando la caída de determinados productos con la implantación de otros nuevos, superando así los periodos de crisis. Juan Cabrera Martín falleció el 8 de junio de 1916, cuando contaba casi 78 años de edad. La noticia causó una honda conmoción en La Palma, así como en Canarias y Cuba, donde también era conocido por su larga trayectoria empresarial. 

En enero de 1917, Compañía Trasmediterránea nombró delegado en La Palma a la Casa Cabrera. Desde mediados de la década de los años cincuenta desempeñaron el cargo los hermanos Francisco y Miguel Cabrera González. Entre 1989 y 2011 tomó el relevo Antonio Sosa Rodríguez –quien, desde su jubilación tiene la consideración de delegado honorario–, y desde 2012 la firma palmera ostenta dicha representación en su condición de agentes generales de Acciona-Trasmediterránea. 

Casa Cabrera. Libros de cuentas y otros documentos para la historia

En 1936 la empresa se convirtió en sociedad anónima, tomando la denominación, en homenaje a su fundador, de Juan Cabrera Martín (La Palma), S.A. y con un accionariado exclusivamente familiar. A mediados del siglo XX y por espacio de tres décadas dirigió la empresa Miguel Cabrera González, en colaboración con sus hermanos Manuel y Francisco y su cuñado Manuel Fernández de Paz, que gestionaba el área contable. En 1989 le sustituyó en la dirección del escritorio de la calle Real su hijo Miguel Cabrera Hernández. A éste le relevó Alfonso Henríquez Fernández, actual director general y Nieves Elena Cabrera González desempeña la dirección financiera. Al cumplirse el 150º aniversario de la emblemática empresa, el consejo de administración está formado por los hermanos José y Rosendo Cabrera Hernández (presidente y vicepresidente), Miguel Cabrera Tous (consejero-delegado) e Ignacio Capote Alcocer (consejero). 

En los últimos cincuenta años, la Casa Cabrera se ha caracterizado por la diversificación de actividades. Destaca su integración, en la década de los setenta, en la rama del automóvil, el cultivo del plátano y la actividad inmobiliaria y de arrendamientos, que tomó el relevo al comercio de alimentación y tabaquero, propiciado por la aparición en el mercado insular de cadenas de distribución y la preferencia del público por el tabaco rubio. Mantiene, con carácter relevante, una posición destacada como consignatarios y estibadores de buques, siendo la firma más antigua existente en el puerto de Santa Cruz de La Palma. 

Fotos: Archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo

 

Juan Carlos Díaz Lorenzo

La Palma había conocido a lo largo del siglo XV varios intentos de ocupación sin éxito. Los genoveses la habían explorado a partir de 1341, cuando la expedición de Niccoloso da Recco llegó a las costas de la isla. Los cazadores portugueses de esclavos, vinculados con La Gomera desde 1424 y apoyados por las relaciones de éstos con algunos jefes gomeros, participaron con frecuencia en las escaramuzas en las costas de La Palma en busca de carga humana y ganado. Así lo relata el historiador portugués Azurara[1], que se refiere a la agilidad de los movimientos de los palmeros entre los peñascos y a su destreza y puntería en el lanzamiento de piedras, lo que tuvo en algunas ocasiones resultados trágicos, de los cuales el más notable fue la muerte de Guillén Peraza, hijo de Hernán Peraza el Viejo. 

Alonso Fernández de Lugo, que había participado en la conquista de Gran Canaria,  obtuvo de Pedro de Vera un repartimiento de tierras en Agaete, en las que cultivó caña de azúcar. En 1491 se trasladó a Granada para reafirmar la propiedad ante el gobernador Maldonado y al año siguiente obtuvo los derechos de conquista sobre las islas de La Palma y Tenerife, así como capitulaciones y otras promesas en metálico y en especie condicionadas al éxito de la operación en el plazo de un año. 

La isla de La Palma, en el plano que levantó Leonardo Torriani

La expedición, en la que participó gente reclutada en Sevilla, así como grupos de canarios y gomeros, estaba formada por una fuerza de unos 900 hombres y financiada por el mercader florentino Juanotto Berardi y el genovés Francisco de Riberol. El 29 de septiembre de 1492 desembarcó en la playa de Tazacorte y el 3 de mayo de 1493, después de una campaña militar de seis meses, que finalizó con la captura del mítico Tanausú, el adelantado Alonso Fernández de Lugo fundó la villa del Apurón en el antiguo cantón de Tedote, que en 1514 se convirtió en la villa de Santa Cruz y en 1542 ya se titulaba Muy Noble y Leal Ciudad.

El asentamiento en la costa oriental no fue casual. El enclave está abrigado de los vientos del Norte, predominantes en el Archipiélago y el barranco de El Río suministraba agua abundante. Los veleros del siglo XV recalaban en las islas empujados por las corrientes y los alisios desde el continente europeo y seguían una ruta lo más próxima a la costa africana, tras lo cual llegaban a La Palma desde el Noroeste, quedando al socaire del Risco de la Concepción, que ofrecía una protección eficaz. 

La vida ciudadana de la incipiente capital insular tiene su origen en el promontorio  de La Encarnación. En la cueva de Carías se celebró el primer cabildo en el que se dictaron y discutieron las primeras leyes y ordenanzas para el régimen de gobierno de la Isla y muy cerca se construyó una modesta ermita que años después sería el primer templo de la ciudad bajo la advocación de Nuestra Señora de la Encarnación[2]

El 15 de noviembre de 1496, Fernández de Lugo obtuvo permiso real para repartir tierras y poblar el nuevo asentamiento. Los indígenas, poco numerosos y combativos, fueron reducidos a la esclavitud y su cultura rudimentaria desapareció unos años después. La Isla tenía, según la pluma del médico Méndez Nieto, que la visitó en 1561, el aspecto de un establecimiento insular sin población autóctona. 

En 1508, por disposición de la reina Juana, se fundó el convento de San Francisco en un sitio que se dio a los frailes “que se hallaban albergados en unas cuevas y chozas” y en 1530 lo fue el convento de Santo Domingo, con cátedra de Filosofía y Teología, lo mismo que el anterior. En 1514 se fundó el hospital de Nuestra Señora de los Dolores, en virtud de una bula del Papa León X, “establecimiento que creció con las limosnas, mandas y legados de los vecinos”[3]

El Cabildo obtuvo autorización del emperador Carlos I por una real carta y provisión de 14 de febrero de 1537, expedida en Valladolid, para que en la villa principal de La Palma repartiera doscientos solares y en las aldeas y lugares hasta cincuenta, a personas pobres que no tuvieran casas[4]

La calidad de las tierras y la abundancia de agua hizo que los centros de producción de La Palma se establecieran en las comarcas de San Andrés y Sauces, en el Norte y Argual y Tazacorte, en el sur, favorecieron el desarrollo agrícola, en especial la caña de azúcar y en menor medida la vid, que abastecía la demanda azucarera de Francia, Inglaterra y los Países Bajos y Santa Cruz de La Palma ostentara desde el principio el carácter de centro insular. 

La construcción del puerto fue una de las primeras obras públicas que se acometieron en la Isla y su diseño está vinculado a la figura histórica de Leonardo Torriani, que llegó a la Isla en agosto de 1584 y a quien la capital palmera le recordaba la riviera genovesa. Además del proyecto del muelle, para el que el rey Felipe II otorgó merced por un tiempo limitado de 500 licencias de esclavos, el ingeniero italiano diseñó una torre defensiva en La Caldereta, que no llegó a construirse. 

El puerto, que era entonces un simple desembarcadero que la mar destrozaba con frecuencia, suponía una infraestructura necesaria para la exportación de los productos agrícolas, además de un punto de concentración del tráfico marítimo y, al mismo tiempo, una avanzadilla militar destinada al dominio y la defensa de la Isla. A finales del siglo XVI (1587) habitaban La Palma 5.850 personas, momento en que se produjo la decadencia de la caña de azúcar. 

“Fue creciendo la tierra y con la noticia de su fertilidad -escribe Gaspar Frutuoso- acudieron flamencos y españoles, catalanes, aragoneses, levantinos, portugueses, franceses e ingleses con sus negocios, de lo que vino tanto aumento, que vino a ser la mayor escala de Indias y de todas las islas…”[5]

La Palma, dice Viera y Clavijo, estaba “poblada de familias españolas nobles, heredadas y todavía activas, condecorada de una ciudad marítima que se iba hermoseando con iglesias, conventos, ermitas, hospitales, casas concejales y otros edificios públicos, defendida contra los piratas europeos, aunque entonces sólo por algunas fortificaciones muy débiles, y dada enteramente al cultivo de las cañas de azúcar, viñas y pomares, al desmonte, a la pesca y a la navegación”[6].


[1] Gomes Eanes da Zurara. Crónica del Descubrimiento y Conquista de Guinea (1448). Estudio crítico de Manuel Hernández González y traducción de José A. Delgado Luis. La Orotava, 1998. 

[2] Pérez García, Jaime. Casas y familias de una ciudad histórica: la calle Real de Santa Cruz de La Palma. Cabildo Insular de La Palma. Colegio de Arquitectos de Canarias. Madrid, 1995. 

[3] Lorenzo, Juan B. Noticias para la Historia de La Palma. La Laguna, 1975. 

[4] Pérez García, op.cit. 

[5] Saudades da Terra. Colección Fontes Rerum Canariarum. Edición del Instituto de Estudios Canarios. La Laguna 1964. 

[6] Viera y Clavijo. Noticias de la historia general de las Islas Canarias. Goya Ediciones. Santa Cruz de Tenerife 1971.

Una ciudad renacentista

agosto 1, 2013

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Santa Cruz de La Palma ocupa una franja alargada entre la línea litoral y las escarpadas montañas. El plano de la ciudad elaborado por Torriani se adapta a las condiciones impuestas por el terreno y es un claro ejemplo, cinco siglos después, de persistencia del trazado original del siglo XVI, en el que las infraestructuras urbanas, civiles y religiosas están claramente definidas.

El eje lo constituye la calle Real, que la atraviesa de un extremo a otro y a lo largo de ella se encuentran dos espacios muy significativos: la forma triangular de la plaza real (hoy plaza de España) y la plazoleta de Borrero, donde confluyen las calles Real y Trasera para prolongarse en una sola vía hasta la Alameda y entre ambas se intercalan pequeñas calles a modo de pasillos para facilitar el cruce de una a otra.

Plano de Santa Cruz de La Palma elaborado por Antonio Rivière (1740/43)

En 1590, dice Torriani, Santa Cruz de La Palma tenía unas 600 brazas de largo, una sola calle “… pues todas las demás son cortas y montuosas…” y unas 800 casas que “… son blancas, fabricadas a la manera portuguesa, estrechas por dentro, y en general sin pozos ni patios; sin embargo, son más altas y más alegres que las de las demás islas”[1]. En el plano que hizo de la ciudad se aprecia una configuración urbana donde las limitaciones de la topografía obligaron a adoptar, desde un principio, soluciones “en altura”, parcelas estrechas y escasez de patios.

La plaza real ofrece uno de los conjuntos arquitectónicos más importantes del Renacimiento en Canarias, integrado por la iglesia de El Salvador, con una vistosa escalinata y torre de planta cuadrada en basalto negro y la fachada del Ayuntamiento, que es el monumento de arquitectura civil más importante de Canarias. Presenta la tipología propia de un edificio de su naturaleza: una galería de soportales en la planta baja, con cuatro arcadas de medio punto, cada una con capiteles diferentes, que sirve de punto de encuentro de los ciudadanos y una loggia abierta en la planta alta cerrada por vidrieras.

La fachada se ha conservado, no así el resto del edificio que ha sufrido modificaciones sustanciales en su distribución interior en los siglos XIX y XX y lo mismo ocurre con la escalera y el salón de sesiones, restaurados en la pasada centuria. El edificio fue construido entre 1559 y 1563 con piedra de cantería traída de La Gomera y la dirección y vigilancia de las obras estuvo a cargo de los regidores Domingo García Corbalán y Miguel de Monteverde, según plano y diseño que ellos presentaron, lo que no implica que sean los arquitectos de la obra.

El discurso iconográfico es una apología al imperio de Felipe II, con el enorme escudo y el perfil del rey español en el medallón. Una inscripción en el dintel de una de las ventanas de la segunda planta proclama Invidos virtute superabis (vencerás a los envidiosos por la virtud). Existe un repertorio de figuras referidas al vicio y la virtud, así como elementos heráldicos y cuatro gárgolas que figuran leones, todo muy del gusto de la época.

El conjunto se complementa con una fuente, que ocupa el solar donde estuvo ubicado el antiguo Cabildo, antes del incendio de la invasión francesa, decidiéndose en 1565 la construcción de la fuente pública, adosada a una pared de la que emergen cuatro chorros enmarcados en un arco rebajado y un coronamiento con un frontón triangular cerrado. La fuente estaba construida en 1588, como reza en un friso corrido[2].

El atractivo de la ciudad de Santa Cruz de La Palma no fue un privilegio exclusivo de las familias pudientes. Una vecindad heterogénea, formada por oficiales de milicia y comerciantes, pilotos de la carrera de Indias, clérigos y un cúmulo de oficios diversos sintieron la llamada para establecerse en la capital y los centros de producción.


[1] Torriani, Leonardo. Descripción de las Islas Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1978.

[2] López Rodríguez, Juan S. Historia del Arte en Canarias. Arte del Renacimiento. Las Palmas de Gran Canaria, 1982.

 

Juan Carlos Díaz Lorenzo

“Había mucho que admirar –en la prosa de Gaspar Frutuoso-, antes, en las casas llenas de cajas y cofres guarnecidos de cuero, ricos escritorios y todo lleno de vestidos de seda y brocado, oro y plata, dinero y joyas, vajillas, tapicerías adornadas con historias y alacenas llenas  de lanzas y alabardas, adargas y rodelas, armas y jaeces riquísimos de silla con arzones y cubiertas de brocado con mucha pedrería, sillas de brazos de mucho precio, arneses, cotas de malla con otras ricas armaduras, pues no hay en aquella isla hombre distinguido que no tenga dos o tres caballos moriscos, y muchos artesanos los tienen y sustentan y en las fiestas de cañas y escaramuzas todos salen a la plaza y son de los más nobles estimados y buscados, lejos de envidiados ni murmurados, como en otras partes hacen muchos envanecidos, que se creen ser sagrados y no toleran que les hable todo el mundo; al contrario se usa  en esta isla de La Palma y demás islas Canarias, en donde visten calzón y cabalgan tan lucidamente los oficiales de oficios mecánicos como los hidalgos y regidores, conversando todos juntos y yendo a saraos disfrazados con libreas muy costosas, que sólo se usan para un día”.

La Plaza de España, plaza mayor de la ciudad de Santa Cruz de La Palma

La mar siempre fue el camino que condujo a La Palma. Y también la referencia de su florecimiento. La producción de los ingenios azucareros que iniciara Juan Fernández de Lugo Señorino en 1502 tenían como principal objetivo satisfacer la demanda de Francia, Inglaterra y los Países Bajos. Y la producción de vinos, entre ellos los célebres malvasías, viajaron por mar hasta las más exquisitas mesas, todo lo cual se corresponde con el boato de sus habitantes, con el lujo de sus templos y edificaciones y con el comportamiento histórico en plena consonancia con los gustos y las modas de Europa.

Viera y Clavijo dice que La Palma estaba “poblada de familias españolas nobles, heredadas y todavía activas, condecorada de una ciudad marítima que se iba hermoseando con iglesias, conventos, ermitas, hospitales, casas concejales y otros edificios públicos, defendida contra los piratas europeos, aunque entonces sólo por algunas fortificaciones muy débiles, y dada enteramente al cultivo de las cañas de azúcar, viñas y pomares, al desmonte, a la pesca y a la navegación; La Palma, digo, sin tener ningunos propios considerables, había empezado a conciliarse un gran nombre, no sólo entre los españoles que la conquistaron y que navegaban a las Indias, no sólo entre los portugueses, los primeros amigos del país que hicieron en él su comercio, sino también entre los flamencos, que acudieron después a ennoblecerla, atraídos de la riqueza de sus azúcares o de la excelencia de sus vinos que llamaban y creían hechos de palma”.

En esta época surgen nombres estelares en la historia marinera de España como “capitanes de la carrera de Indias”, todos ellos vinculados con La Palma: Gaspar de Barrios, Henriques Almeida, Fernández Rojas, Zabala Moreno, Fernández Romero y los Díaz Pimienta. El nombre de La Palma ocupó un lugar privilegiado en el triángulo que formaba entonces la llamada carrera de Indias con los puertos de Amberes y Sevilla.

La Isla, rica y fértil, creció rápidamente en población y al mismo tiempo mucho significó en el tráfico comercial con el Continente que allende de los mares nacía a impulso del esfuerzo de los españoles. De Flandes llegó el legado de inteligentes ordenaciones urbanas, orientadas hacia la protección de la brisa marina; además se introdujo la industria del bordado y las mantelerías y se enriqueció el patrimonio religioso con extraordinarias muestras artísticas de las escuelas entonces imperantes: Brujas, Gante y Amberes.

De Europa, en su camino a las Indias, en La Palma descansaron las órdenes monásticas y de predicadores en la misión evangelizadora del Nuevo Mundo e incluso dominicos y franciscanos echaron raíces en esta tierra, fundando y construyendo sus propios conventos, vigorosas edificaciones que han llegado hasta nuestros días. El esplendor de la capital palmera se advirtió rápidamente en la expansión del núcleo urbano y en la edificación de las grandes casas de marcada influencia portuguesa, “que fueron las más altas y cómodas de todas las islas, con amplios patios, fuentes de agua y bodegas”, en el decir del ilustre cronista oficial de la ciudad, Jaime Pérez García.

Foto: palmerosenelmundo.com  

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Tiene Santa Cruz de La Palma, sea de día, sea de noche, un encanto especial. La traza renacentista de su fisonomía urbanística le confiere un atractivo singular, en el que la arquitectura de siglos y el buen quehacer de sus gentes han puesto todo lo demás. La ciudad, como es conocida en el lenguaje popular, es única en Canarias y su eje longitudinal –la emblemática calle Real– acaso sea el foro más representativo de la idiosincrasia insular.

La ciudad en la noche se llena de luces anaranjadas que cumplen con la normativa de la ley del Cielo, esa misma que hace posible el trabajo de los científicos en las cumbres de la crestería empeñados en descifrar los confines del Universo. Desde cualquier rincón la imagen se convierte en una evocación de sentimientos puros, pero acaso sea desde el Risco de la Concepción donde alcance su máxima expresión. Como bien lo refleja José Javier Pérez Martín en su buen quehacer fotográfico, en la imagen que acompaña.

Las luces de la ciudad contrastan con la negritud de la noche decembrina

Foto: José Javier Pérez Martín

Juan Carlos Díaz Lorenzo

La ciudad, al llegar la noche, enciende sus luces y la vida se vuelve más sosegada. Se relaja del ajetreo cotidiano que, aún siendo intenso, tiene mucho de apacible en la idiosincrasia local y las calles, incluso las principales, se vuelven casi desiertas. Llega el silencio a los adoquines, se cierran las puertas de madera centenaria y las celosías de las ventanas altas abren discretamente sus hojas de par en par. La ciudad enciende sus luces tenues y el espacio urbano por el que transitamos cada día, y que apreciamos con tan legítimo orgullo, adquiere una imagen diferente.

A los ojos de los visitantes y de los propios paisanos, Santa Cruz de La Palma tiene un encanto especial en la noche. Lo tiene plenamente desde el orto, cuando los primeros rayos de luz de un nuevo amanecer dibujan su contorno en la crestería insular. Llegado el ocaso, la ciudad invita al paseo tranquilo, a la reflexión serena y al reencuentro con el rico patrimonio arquitectónico y artístico que posee. Cada calle, cada esquina, cada casa nos transmite sus vivencias plenas y así sentiremos el latido que nos hará conocer su historia centenaria.

Fernando Rodríguez Sánchez, amigo entrañable de días felices, entusiasta defensor del patrimonio insular, nacido y criado en las raíces de la isla que abriga sus profundos sentimientos, nos obsequia con una colección de imágenes de la ciudad hermosa y singular, testigo renacentista medido en siglos, y con su memoria fotográfica nos hace valorar más y mejor el legado de la historia y de las generaciones que nos precedieron. De la que han estudiando con tanta profundidad y exquisitez Jaime Pérez García, Luis Ortega Abraham, Manuel de Paz Sánchez y Facundo Daranas Ventura,   autores destacados. Todo un regalo para los sentidos.

La ciudad se prepara para el descanso, en la paz y la quietud de la noche

Llega el ocaso y la noche extiende su manto salpicado de luces tenues

Las viejas calles y las luces de la noche resaltan la arquitectura

Rincones de la ciudad con un cierto regusto colonial

Casa Daranas, ejemplo perfecto de la arquitectura tradicional

Las Cuatro Esquinas. Caminos de ida y vuelta en silencio

Se conjugan las luces de la noche y las luces de la ciudad que dormita

A la sombra de los laureles que dan cobijo a la plaza de la Encarnación

Los cañones del Diálogo entre el Castillo y la Nave velan la noche palmera

La fachada del rejuvenecido Teatro Circo de Marte

La plaza de Santo Domingo y el viejo convento, un icono de la ciudad

Desde el Risco de la Concepción, la ciudad enciende sus luces y descansa

Fotos: Fernando Rodríguez Sánchez

Juan Carlos Díaz Lorenzo

A Miguel Bravo, buen paisano y mejor amigo

En 1634, año en el que se publicaron en Madrid las Constituciones Sinodales del Obispado de la Gran Canaria, Santa Cruz de La Palma tenía 600 vecinos, “muy buena Iglefia, con Beneficios enteros, y medios, mucha Clerecía; es muy bien fervida, por que tiene rica fábrica”. Las dificultades del acceso por mar se ponen en evidencia cuando dice que “… es menefter efperar la cortefia del mar…”, que muchas veces “eftá terrible y dificultofo de entrar, y embarcar: tiene buena fuersa, con fus foldados de guarda”.

Dicho documento se debe a la primera visita pastoral del obispo Miguel de la Cámara y Murga, que hizo una descripción exhaustiva y detallada de “todas las ciudades, villas y lugares que tienen estas siete islas… en todas he estado, sin faltar uno, ni Iglesia, o ermita que no haya visitado, visto y tocado por mis ojos y manos”. De ahí que las referencias geográficas, históricas y eclesiásticas contenidas en el citado documento poseen un inestimable valor para el conocimiento de la sociedad canaria del siglo XVII. Tales Constituciones Sinodales sirvieron para la preparación, desarrollo y resoluciones del quinto Sínodo diocesano, que tuvo como finalidad “corregir las costumbres y establecer el régimen espiritual de la Iglesia, conforme al espíritu del Concilio tridentino”.

El Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, los conventos de San Francisco y Santo Domingo, así como los dos de las monjas y el hospital, eran las construcciones civiles de mayor interés de la población. “En la ciudad hay gente bien nacida, tiene buenos propios y cafas de Ayuntamiento frente de la Iglefia, que efta alli la plasa, y cafi toda la ciudad fe refuelue en una grandisima calle. Vna ermita ay de deuoción, que fe dize nueftra Señora de las Nieves: ogaño paryiendo allí un madero, fe hallaron dos Cruzes en el, mandadas eftán guardar por el Obispo”.

La Palma, según el plano de Pedro Agustín del Castillo (1686)

En 1689, la isla contaba con 14.444 habitantes y 3.490 casas, de los cuales 3.184 habitantes vivían en la capital insular en 866 casas, dato del que se desprende que el crecimiento de los últimos cien años había tenido escasa importancia, pues el perímetro urbano se mantuvo prácticamente inalterable. En la sede de La Cosmológica se conserva una interesante composición, titulado Civitas Palmaria, en el que nos muestra una vista de Santa Cruz de La Palma desde el mar, en el que se aprecia que algunas de las casas que están en la calle de La Marina tienen balcones y el resto se superponen unas a otras, escalando las laderas que conforman el paisaje urbano de la ciudad.

Los cauces de los barrancos de Los Dolores y Las Nieves y las pequeñas barranqueras condicionaron la configuración urbana de la capital insular. Dos calles principales y perpendiculares a lo largo de la franja costera, llamadas Real y Trasera (O’ Daly y Álvarez de Abreu, respectivamente) presentan dicho aspecto desde el siglo XVI, como se aprecia en el plano de Torriani.

Las calles perpendiculares -San Sebastián, la actual avenida de El Puente, Baltasar Martín, etc.- permitieron la penetración hacia la ladera, que dejó en lo alto de la ciudad los conventos de San Francisco y Santo Domingo. Hacia el extremo norte, y al resguardo del castillo principal, se encuentra el barrio de Santa Catalina; y al sur, sobre el risco, la ermita de San Telmo, construida por la cofradía de mareantes en el barrio marinero de su mismo nombre.

La abundancia de madera en los bosques de la Isla favoreció el desarrollo de la construcción de casas y de edificios públicos, aunque estuvo condicionada por la falta de algunos materiales y su alto coste, pues tenían que ser importados, hasta el punto de que la piedra se utilizó casi con exclusividad en las fábricas nobles.

El modelo de la arquitectura doméstica, a cargo de autores anónimos, fue casi siempre el mismo y tuvo un carácter eminentemente funcional, en el que domina la homogeneidad, la sobriedad y la sencillez. De este esquema sólo destacan unos pocos edificios en la calle Real de Santa Cruz de La Palma y los enclaves de San Andrés, Argual y Tazacorte, en los que se emplean buenos materiales y se fabrican fachadas importantes con piedra labrada, así como en algunas fábricas de las Breñas. El mobiliario, escaso y costoso, fue importado desde Flandes, Inglaterra, Génova, las Indias y la Península y lo copiaron los artesanos locales en un modelo que se repitió con frecuencia.

Santa Cruz de La Palma sigue una traza renacentista

Además, no debemos olvidar que el período comprendido entre los siglos XVII y XVIII se caracterizó por una serie de numerosas y graves dificultades para el pueblo palmero, tales como epidemias, erupciones volcánicas (1646, 1677 y 1712), plagas de langosta, pérdida de cosechas, hambre, incendios, inmovilismo social y frecuentes agresiones del exterior.

La presencia de corsarios moros motivó una constante tensión y amenaza, así como cruentas incursiones, consecuencia de la proximidad geográfica del archipiélago con la costa africana y al tratarse el puerto de Santa Cruz de La Palma de la última escala técnica de los navíos antes de cruzar el Atlántico.

Entre otros desembarcos moros en La Palma, el historiador Viera y Clavijo refiere que “ha habido en Foncaliente, lugar de la Isla de La Palma, cierta familia llamada de los Mata-Moros, descendientes de una mujer muy varonil. Porque, habiendo entrado los moros por aquel paraje, se puso detrás de una puerta  y, con una especie de chuzo, fue haciendo pedazos a cuantos invadieron la casa. No obstante, los infieles se llevaron cautivas algunas pobres gentes que lavaban en un pozo vecino, cuyo suceso conservaron  aquellos naturales en sus romances y cantinelas”.

Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XVII se produjo un interesante florecimiento cultural en La Palma, de la mano de los escritores del barroco: Juan Bautista Poggio (1632-1707) y Pedro Álvarez de Lugo (1628-1706). El primero era de ascendencia genovesa y, además de cultivar la poesía heroica, destacó por sus textos de carácter amoroso, en los que exhibe un elegante estilo marcado por una fina técnica conceptista. También destacó por sus obras teatrales dedicadas a la Bajada de Nuestra Señora de las Nieves. El segundo destacó por sus obras en prosa, entre ellas Convalecencia del alma (1689) y un texto titulado Ilustración al sueño –descubierto por Andrés Sánchez Robayna-, pues se trata del único comentario literario que se conoce de esta época sobre la obra Primero Sueño, de la mayor poetisa barroca de Hispanoamérica, sor Juana Inés de la Cruz.

En el siglo XVIII el protagonismo de la amenaza exterior correspondió a los corsarios ingleses, como consecuencia de la alianza entre Inglaterra y Alemania frente a España en la Guerra de Sucesión. Esta situación provocó que Canarias, por su situación alejada y las facilidades que tenían algunas islas para ser invadidas, sufrieran las consecuencias del conflicto europeo.

En esta etapa se mantuvo el contacto con América, aunque entonces no tenía la fuerza de las relaciones del siglo XVI. El tránsito al Nuevo Mundo mantuvo un carácter regular, ante las perspectivas prometedoras de las tierras americanas, por lo que la ingrata realidad de La Palma hizo que muchos naturales estuvieran “ausentes en Indias de su Magestad”. Los principales sectores de la economía insular apenas experimentaron un incremento apreciable, pues la administración de los regidores perpetuos, más preocupados de sus privilegios y hacienda que del bien común, había causado un daño irreparable a la Isla, empobreciéndola hasta el extremo.

Plano de Santa Cruz de La Palma, según Antonio Rivière (1742)

En 1737, el obispo Pedro Manuel Dávila y Cárdenas, en las Constituciones y Nuevas Addiciones Synodales del Obispado de Las Canarias, publicadas en Madrid en la imprenta de Diego Miguel de Peralta, dice que “refolví embarcarme para la de La Palma, y llegué el día 21 de Junio á la Ciudad, que fe llama de Santa Cruz, aunque los más la intitulan San Miguel de Las Palmas (sic). Es muy buena y como de mil vecinos”.

En ese mismo año, Pedro Agustín del Castillo publicó su Descripción Histórica y Geográfica de las Islas de Canaria y dice de la capital insular que “la situación de la ciudad tiene poca altitud, y anocheciéndole muy temprano, por la sombra de un alto risco, que tiene por la espalda: se dilata la longitud a una sola calle, habitándola gente muy noble, y de escelentes ingenios. Tiene para su gobierno en lo eclesiástico vicario, y para lo político un teniente letrado que pone el corregidor de Tenerife con número de regidores y un coronel que gobierna las armas”.

Sin embargo, la tragedia volvería a cernirse de nuevo sobre la capital insular. El 26 de abril de 1770, un incendio iniciado en las casas de Antonio Pinto, en la calle Real, frente a la plaza mayor, destruyó un total de 26 casas, debido a que el fuego se propagó por las viviendas colindantes e incluso por algunas de la calle Trasera. Los daños se estimaron en unos 200.000 pesos y para sufragar una parte de este desastre se sugirió la posibilidad de intensificar el comercio irregular con “un par de registros supernumerarios para Canarias”, como cita el profesor Fernando Gabriel Martín en su libro Arquitectura doméstica canaria (Santa Cruz de Tenerife, 1978), resultado de su tesis doctoral. Casi veinte años después, en 1787, el censo insular era de 21.527 habitantes y 1.787 casas.

La fusión de los aborígenes con gentes hispánicas y de otras nacionalidades resulta fundamental para comprender la forja de la sociedad palmera. La Palma estaba poblada, además de castellanos y portugueses, que eran los más numerosos, europeos de otras procedencias, como los franceses que habían venido con Jean de Bethencourt e italianos, durante el siglo XV; flamencos y genoveses, en el siglo XVI; católicos irlandeses perseguidos por los protestantes, en los siglos XVII y XVIII; y los franceses procedentes de los prisioneros deportados durante las guerras napoleónicas, de los que muchos se quedaron y formaron familias, en la primera mitad del siglo XIX. Todos ellos, como apunta Juan Régulo Pérez, “con ideas muy diferentes de las imperantes en España”, incorporaron las Canarias a las corrientes europeas de libertad, proceso en el que La Palma fue pionera.

La Palma conocería en el último cuarto del siglo XVIII un acontecimiento de gran trascendencia en la vida insular, cuando llegó el final del gobierno de los regidores perpetuos, lo que marcó el comienzo de un auténtico renacimiento político, cultural y económico. Aquellos acontecimientos fueron el reflejo de la realidad socio-política de la época, tales como los enfrentamientos entre el bien común y los privilegios personales y de clase y las pugnas entre la facultad de gobierno empleada de forma absolutista y los derechos individuales y populares, favoreciendo en su solución a quienes detentaban el poder político, económico y religioso.

Un trozo de la ciudad, vista desde el puerto insular

Esta situación cambió de modo progresivo tras la abolición del carácter perpetuo de los regidores y la llegada progresiva de las ideas liberales, circunstancias que permitieron a Santa Cruz de La Palma dispusiera, en el último tercio del siglo XVIII, de la primera corporación libremente elegida del país.

Contra la estructura de gobierno absoluto, que había situado a la Isla en un estado de postración y miseria, se levantaron el garafiano Anselmo Pérez de Brito, licenciado en Leyes; el mercader de origen irlandés Dionisio O’ Daly, educado en Francia y afincado en la capital insular; el abogado Santiago Albertos, de origen piamontés y el comerciante Ambrosio Staford, oriundo de Irlanda aunque nacido en La Palma.

Tras varios años de ruidoso pleito, el Supremo Consejo de Castilla dispuso en diciembre de 1771 que, a partir de entonces, los consejos se formasen por elecciones populares. Los primeros comicios se organizaron según lo dispuesto en la Real Cédula de Carlos III, de 5 de mayo de 1766, y se celebraron en 1773. La nobleza no votó y el clero impidió que se celebrara una función religiosa en acción de gracias por esta exaltación del pueblo al poder, al pretender los elegidos prestar su juramento en la parroquia de El Salvador.

La situación de la población palmera era extrema, según se desprende de un informe confidencial que el fraile mercedario Juan Francisco de Medinilla envió a su obispo, fray Valentín de Morán, hacia 1758, cuando dice que “lo más de la gente come pan de helecho, unos con mistura, otros sin ella; y al helecho sin mistura llaman extreme, que es tal, que no se puede explicar el horror que causa el verle, de modo que ni los anacoretas en los yermos tendrían la penitencia en la comida que padecen estos mis pobrecitos”.

Y por si nos quedara alguna duda de lo dicho, el historiador Álvarez Rixo escribió de la aristocracia palmera que “en ninguna de las Yslas Canarias han sido tan insignificantes sus nobles, pues con muy pocas ecepciones, carecían de competente instrucción, haciéndoles su ignorancia ridículos mesquinos e impertinentes…”.

Planos de los autores citados y fotos del archivo de Miguel Bravo (miguelbravo.com)

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En 1805, cuando llegó a la Isla el alcalde mayor Juan de Mata Franco, Santa Cruz de La Palma no tenía ni una sola calle empedrada y los campesinos vivían rodeados de plena miseria, “pues lo pasan casi todos –escribe fray Juan de Medinilla- con pan de raíces de helecho, mal comidos y mal vestidos”.  La situación había producido un cierto receso en el crecimiento de la población insular. La Palma tenía en 1802 un censo de 28.824 personas y 5.565 viviendas.

En 1812, promulgada la Constitución liberal, nacieron en La Palma las primeras corporaciones locales, en número de once, constituyéndose en ese año los municipios de Puntallana, San Andrés y Sauces, Barlovento, Garafía, Puntagorda, Tijarafe, Los Llanos de Aridane, Mazo, Breña Alta, Breña Baja y Santa Cruz de La Palma. En 1837 se crearon los municipios de Fuencaliente y El Paso, por segregación de Mazo y Los Llanos. Aunque el proceso de Tazacorte comenzó a finales del siglo XIX, la hora de su independencia llegaría en 1925. La aparición de los municipios, sin embargo, no condujo a un influjo notable en el impulso de la vida local.

“Pasaban los años, y los siglos –escribe Pérez Vidal- y aunque la ciudad no crecía grandemente iba mejorando dentro de su recinto. Las plazas, con los inmensos laureles y la gran copa central de la fuente de piedra, acabaron de embellecerla y darle personalidad y así hasta la segunda mitad del siglo XIX brilló entonces el último gran momento de esplendor económico y cultural de la Isla”.

La situación, al menos en la capital insular, cambió a partir de 1821, cuando se inició el denominado Siglo de Oro palmero, con la fundación de una escuela primaria moderna, organizada de acuerdo con el sistema lancasteriano promovida por el pedagogo británico Joseph Lancaster. La escuela, al amparo de ideas liberales, era obra de la Junta Local de Instrucción Pública, constituida por el sacerdote palmero Manuel Díaz Hernández, párroco de El Salvador; el arquitecto y sacerdote José Joaquín Martín de Justa y el patricio Francisco García Pérez.

Esta escuela fue un caso único en Canarias y, hasta su cierre en 1823, dejó una huella profunda. Su proyección educativa forjó la generación de los palmeros más ilustres del siglo XIX, entre los que sobresalen las figuras de los hermanos Valeriano, Víctor y Juan Fernández Ferraz, figuras claves de las letras; Faustino Méndez Cabezola, licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras, “sin discusión alguna la personalidad más extraordinaria que tuvo La Palma durante la centuria”, como resalta Juan Régulo Pérez; Antonio Rodríguez López, cuñado del anterior, poeta y escritor; y Manuel González Méndez, el pintor más universal de Canarias en el siglo XIX.

Casonas solariegas de Tazacorte, entre palmeras y plataneras

Otros hechos destacados

Precedido por el establecimiento en 1776 de la Real Sociedad Económica de Amigos del País –que fue reorganizada en 1885-, la concurrencia de personas destacadas, liberales y progresistas, promovió la creación de la Escuela de Instrucción Primaria de Niños (1866), el Colegio de Segunda Enseñanza de Santa Catalina (1868), que fue elevado a la categoría de Instituto Nacional de Enseñanza Media y suprimido en la Restauración borbónica a finales de 1874, aunque se mantuvo como filial del Instituto de Canarias con su antiguo nombre hasta 1931;  y la Escuela Nocturna para Adultos (1870).

En la labor de las asociaciones culturales, en las que La Palma es pródiga, destaca la primera Escuela de Música (1836); el establecimiento de la Escuela de Dibujo, a cargo de Blas Ossabarry (1840); la fundación del Casino-Liceo (1849), con una gran influencia en los ambientes sociales y culturales de la época; la fundación de la compañía de teatro “Terpsícore y Melpómene” (1866), propietaria del Teatro Chico; la sociedad de instrucción “La Fraternidad” (1870); la “Sociedad Instructiva” (1876), entidad científico-literaria de carácter privado y el establecimiento de la sociedad cultural  “La Cosmológica” (1881), con un museo de antigüedades y ciencias naturales –en cuyo seno nació a comienzos del siglo XX la biblioteca “Cervantes”- y la sociedad “La Unión” (1883), todo lo cual convirtió a Santa Cruz de La Palma en una de las primeras ciudades culturales de Canarias.

En los últimos veinte años del siglo XIX llegó el apogeo cultural de La Palma, destacando la creación del Ateneo en el seno de la Económica; los conciertos de la Filarmónica, los frecuentes estrenos de obras dramáticas de Antonio Rodríguez López; la construcción del teatro Chico y del Circo de Marte, el triunfo de Sebastián Arozena en Filadelfia (EE.UU.) como constructor naval; la exitosa exposición de 1876, con obras de bellas artes, productos agrícolas e industriales que se exhibieron en el Teatro Circo de Marte y en la plaza de Santo Domingo; y las proyecciones de las primeras películas con un cinematógrafo Lumiére, que Miguel Brito trajo de La Habana (1895).  

Actividad periodística

En esta época se produjo en La Palma una destacada actividad periodística. En 1836, José García Pérez introdujo la primera imprenta, con unos tipos móviles que trajo de París. A este le siguió Pedro Mariano Ramírez, que construyó una pequeña prensa en la que aprovechando tales útiles se imprimió una hoja de carácter político. En 1855 Faustino Méndez Cabezola había intentado publicar el primer periódico, pero entonces no cuajó la idea. En la segunda mitad del siglo XIX, la prensa palmera comenzó su andadura con la publicación de numerosos títulos, el primero de los cuales, llamado “El Time”, apareció el 12 de julio de 1863.

Estos periódicos, muchos de los cuales se convirtieron en medios de expresión de colectivos ideológicos, tuvieron una vida muy corta, pero otros lograron mantenerse durante algunos años, ofreciendo una interesante panorámica del momento. El más longevo ha sido Diario de Avisos, fundado el 2 de julio de 1890 y promovido por José Esteban Guerra Zerpa, quien fue su primer director. En la citada fecha salió a la calle con el nombre de “El Artesano”, cambiando al día siguiente por su actual denominación. Desde el 6 de junio de 1976 se edita en Santa Cruz de Tenerife.

La masonería palmera tuvo entre sus filas a lo mejor y más selecto de la sociedad palmera del siglo XIX y primer tercio del siglo XX. La primera logia de la que se tiene noticia fue la “Abora nº 91”, dependiente del Gran Oriente Lusitano, que pasó después a formar parte del Gran Oriente Español con el número 331. En 1823, cuando se restauró el absolutismo en la figura de Fernando VII, masones, liberales y librepensadores fueron perseguidos y entre sus víctimas figuraba el sacerdote Manuel Díaz Hernández, que fue desterrado. Sus paisanos le rindieron sentido homenaje en la estatua levantada en la plaza de la capital palmera, inaugurada el 18 de abril de 1897. Los documentos de la masonería fueron quemados públicamente el 25 de julio de 1936, en la plaza de San Francisco de la capital palmera, muy cerca de la sede de la logia, que estaba en una dependencia anexa a la torre de la iglesia.

La Palma no permaneció ajena a las nuevas corrientes arquitectónicas que llegaban del exterior. Los sacerdotes José Martín de Justa y Manuel Díaz Hernández asumieron los nuevos cánones impuestos por el clasicismo académico, plasmado en cuantas obras hicieron conjuntamente. Martín de Justa está considerado como el artífice de la renovación urbanística de Santa Cruz de La Palma en la primera mitad del siglo XIX y en la actualidad pueden apreciarse fachadas con variedad de detalles neoclásicos consecuencia de la influencia que ejerció en los constructores y alarifes.

La cochinilla –cuyo ciclo se alargó hasta la década de los setenta- y la orden que declaró francos los puertos canarios fueron los factores más importantes del florecimiento económico, lo que provocó un desenvolvimiento inusitado del comercio, el apogeo de la construcción naval, un aumento de más del doble del valor de las fincas rústicas y urbanas, el avance descentralizador en el gobierno insular, las relaciones económicas y sociales con Cuba e Inglaterra y la progresiva modernización de la vida insular, acorde con las innovaciones del momento.

La presencia británica produjo evidentes beneficios, al preocuparse éstos del desarrollo agrícola, incentivando la producción y generando un volumen comercial destacado, además de posibilitar la entrada de materiales para la construcción y otros útiles.

En la segunda mitad de la centuria (1865) el número de casas en la isla era de 6.036, de las cuales 1.951 eran de dos o más plantas. En esa misma fecha, en la capital insular vivían 5.364 habitantes en 1.111 casas.

Los nuevos cultivos introducidos en La Palma a finales del siglo XIX, como el tabaco, no cubrían el vacío económico que dejó la cochinilla. Entre 1881 y 1890, emigrantes retornados de Cuba procedieron a la reimplantación de la caña de azúcar en las áreas de regadío de Argual, Tazacorte y Los Sauces, con la que se cubría las necesidades de la Isla.

Santa Cruz de La Palma, vista desde el muelle, en 1910

Otros frutos del progreso del pueblo palmero comenzaron a sentirse a partir de 1879, cuando entró en servicio el primer tramo de siete kilómetros de la carretera entre la capital insular y el cruce de La Concepción, en Breña Alta. El proyecto consistía en abrir la vía por Mazo, Fuencaliente, Los Llanos y llegaría hasta Tijarafe.

En junio de 1883, el puerto de Santa Cruz de La Palma fue declarado de interés general y el 21 de diciembre de 1883 se inauguró la comunicación telegráfica, apenas cinco días después de que se hubiera producido el amarre del cable en la playa de Bajamar. El 28 de octubre de 1884 se alcanzó otro hito en la historia insular, al quedar enlazada la línea telegráfica con el resto del mundo.

En 1892, Elías Santos Abreu, médico y botánico de reputada proyección, estableció el primer laboratorio bacteriológico insular y, entre tantas figuras destacadas, aparece también la del cronista Juan Bautista Lorenzo Rodríguez, recopilador de las Noticias para la Historia de La Palma.

En la noche de San Silvestre de 1893, la luz eléctrica alumbró por primera vez en Santa Cruz de La Palma, al repique de las campanas de la torre de la iglesia de El Salvador, siendo la primera localidad de Canarias que lo consiguió, aunque estos avances no se palparon en igual intensidad en el interior de la Isla, donde se producía un acusado contraste cultural y social. El 17 de junio de 1894, Santa Cruz de La Palma se convirtió en la primera población de Canarias que se comunicó por teléfono con los pueblos de Los Llanos de Aridane y El Paso. Y en diciembre de 1899, Compañía Trasatlántica Española incluyó el puerto de Santa Cruz de La Palma en su línea de las Antillas, correspondiendo la primera escala al vapor Montevideo. Los barcos de esta histórica naviera fueron conocidos en la voz popular palmera como “los vapores del 19”, en atención al día que en hacían escala en la Isla.

Sobre esta ancha base de bienestar, también había nacido un anhelo hondo de enriquecer el espíritu, convirtiéndose así en factores que afianzaron las tres columnas maestras del esplendor cultural consiguiente, que habría de prolongarse hasta la II República.

Fotos: Archivo Juan Carlos Díaz Lorenzo

Juan Carlos Díaz Lorenzo

La presencia de Nuestra Señora de Las Nieves en La Palma está envuelta en la leyenda. La Bula del Papa Martino V, fechada en Roma el 20 de noviembre de 1423, hace mención a Santa María de la Palma y su llegada a la Isla se asienta sobre las hipótesis de algunos cronistas, que se refieren a viajes de frailes irlandeses o navegantes del Mediterráneo, misiones del Obispado de Telde o incursiones de los normandos asentados en las islas orientales desde comienzos del siglo XV[1].

Otros autores atribuyen la llegada de la imagen a Francisca de Gazmira, la mujer aborigen conversa que pactó la rendición de los haouarythas, los antiguos pobladores de La Palma, y al propio adelantado Alonso Fernández de Lugo, propietario del reparto de las tierras de Agaete, donde había entronizado una imagen de Santa María de las Nieves. Muy reciente en el tiempo, el escultor Miguel Ángel Martín Sánchez atribuye su origen a las manos de Lorenzo Mercadante de Bretaña, escultor francés activo en la segunda mitad del siglo XV, con obras destacadas en la catedral de Sevilla.

El documento más antiguo que se conserva con el nombre de Santa María de las Nieves está fechado el 23 de enero de 1507 y se trata de una data del adelantado Fernández de Lugo, en la que dona a Nuestra Señora los solares en los que en 1517 consta ya estar edificado el primitivo templo, ampliado en 1525, al que se adosó un segundo cuerpo entre 1539 y 1552, mientras que en 1543 existía la plaza y el paseo.

Entre 1568 y 1574 se edificó la sacristía y en 1648, dos años después de la erupción del volcán de Martín, se amplió la capilla mayor sobre ésta y se agregó otra dependencia por el oeste, levantándose un arco toral, así como los trabajos de alargamiento y pavimentación de la nave con cerámica portuguesa y la construcción de la espadaña en piedra de cantería. Corría el año de 1637 cuando se terminó la edificación de la casa de romeros. El Real Santuario ostenta realeza desde que en 1657 fuera acogido en su patronato por Felipe IV, penúltimo rey de la Casa de Austria[2].

Entre 1703 y 1740 se reforzó y se encaló la capilla mayor, se guarneció de cantería gris el arco y las gradas del presbiterio -en la actualidad revestido de mármol- y por 4.000 reales se esculpió, en manierismo tardío, la Puerta Grande. Todas estas obras configuraron el aspecto actual del templo, que presenta un suntuoso retablo mayor tallado en 1707 por Marcos Hernández y dorado y policromado por el palmero Bernardo Manuel de Silva. El trono de plata, armado en 42 piezas, se acabó en 1733[3].

Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de La Palma

En la segunda mitad del siglo XIX, y acorde a la corriente neoclásica entonces imperante, y la excusa de elevar la capilla mayor, en 1876 se sustituyó la cubierta mudéjar por una bóveda de cañón, que dos décadas después fue decorada por el artista madrileño Ubaldo Bornadova con la alegoría de la Inmaculada entre ángeles y guirnaldas y una Anunciación, entre cortinajes azules, en la cabecera de la nave.

El Real Santuario alberga notables altares barrocos –en los que están presentes el Calvario del Amparo, grupo magistral del siglo XVI, y la Virgen del Buen Viaje- y neogóticos -San Miguel y la Virgen de la Rosa-, más los nichos laterales del retablo mayor con los santos Bartolomé y Lorenzo, todas ellas tallas flamencas que tienen en la Isla una de sus más nutridas representaciones.

El conjunto arquitectónico y artístico encierra un gran valor -artesonados mudéjares, el púlpito ochavado, el coro, el baptisterio con piedra de mármol, las pilas de agua bendita, las arañas de cristal de roca, los faroles y lámparas votivas y el vasto ajuar de orfebrería-, siendo numerosos y valiosos, además, otros objetos religiosos[4].

Nuestra Señora de las Nieves fue coronada canónicamente en el año lustral de 1930, el 22 de junio, en ceremonia oficiada por el cardenal Federico Tedeschini, nuncio de Su Santidad en España y arzobispo de Lepanto, que llegó a La Palma, en medio de una gran expectación popular, a bordo del buque Infanta Cristina. Su patronazgo sobre el pueblo palmero fue reconocido por el Papa Pío XII, el 13 de noviembre de 1952. 

La razón de la Bajada

La Fiesta de todas las fiestas de La Palma tiene su origen en el último tercio del siglo XVII, arraigada en la creencia del favor intercesor de Nuestra Señora de las Nieves y en el profundo fervor religioso que generaciones de palmeros le han profesado a través de los tiempos.

Relata el licenciado Juan Pinto de Guisla, beneficiado de El Salvador y visitador eclesiástico, que en el año de 1676, La Palma sufría el invierno más seco de la década, lo que provocó una situación que había llevado el hambre, la desolación y la muerte a los habitantes de la capital y de los campos de la isla.

Esta penuria coincidió con la segunda visita pastoral del obispo de Canarias, Bartolomé García Jiménez[5], que había prolongado su estancia en la isla debido a la amenaza de los piratas berberiscos que entonces infectaban las aguas del archipiélago, al acecho de nuevas presas, entre ellas el mitrado, impidiendo así su salida de la isla. En aquella ocasión fue informado por los regidores y por los sacerdotes Melchor Brier y Monteverde y Juan Pinto de Guisla[6], que habían sido alumnos suyos en la Facultad de Cánones de Salamanca, “de la especial devoción que hay en esta isla con la Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de toda ella, de cuyo patrocinio se vale en todas sus necesidades“, por lo que dispuso que se trajese a la iglesia parroquial de El Salvador, “para que, colocada en ella, en trono decente“, se celebrase la octava “con mayor solemnidad y asistencia del pueblo[7].

Así se hizo, asumiendo el piadoso obispo el gasto que ocasionó el consumo de cera durante los tres primeros días del devoto culto, y en los siguientes se repartió entre algunos devotos que se encargaron de ello, “y habiendo reconocido la decencia del culto y veneración con que se celebró dicha octava y la devoción y concurrencia del pueblo a su celebración, así por las mañanas a la misa, como a prima noche después de la oración a rezar el nombre y tercio y pláticas que hacía todas las noches, juzgó por conveniente que dicha Santa Imagen de Nuestra Señora de las Nieves se traiga a esta ciudad, a la Iglesia Parroquial, cada cinco años“, celebrando de ese modo, por el mes de febrero, la fiesta y la octava de Nuestra Señora de Candelaria, “y que se comenzase el quinquenio el año de 1680 y de allí en adelante…[8].

La Bajada tiene su origen en 1676 y el ciclo lustral comenzó en 1680

En relación a este asunto, el testimonio del ilustrado cronista Viera y Clavijo, reflejado un siglo después en su emblemática obra Noticias de la Historia General de las Islas Canarias, dice que “el obispo don Bartolomé Ximénez fue el que, atendiendo a la universal devoción que profesaban aquellos naturales a Nuestra Señora de las Nieves, cuyo patrocinio imploraban de tiempo inmemorial en los conflictos de volcanes, falta de lluvias, langosta, epidemias, guerras y correrías, dispuso que se llevase cada cinco años desde su santuario a la ciudad, en la víspera de la Purificación, para que en la parroquia del Salvador se celebrase un octavario con muy solemnes fiestas…[9].

El obispo García Jiménez también conoció la resolución del pueblo palmero, unido ante la desgracia, en la defensa de la imagen mariana -la más antigua de Canarias y el vestigio más remoto de nuestra ubicación cristiana y cultura occidental- y de su ermita cuando en 1649 los dominicos trataron de fundar en ella un convento, empeño del que desistieron ante la oposición del pueblo y la firmeza del Cabildo.

Con anterioridad a la fundación de la Bajada, Nuestra Señora de las Nieves fue traída a Santa Cruz de La Palma en rogativa en varias ocasiones. La primera estancia, de nueve días en la iglesia de El Salvador, se remonta al 28 de marzo de 1630, fecha en la que la isla padecía una gran sequía. Por el mismo motivo, volvería en otras dos ocasiones en la década de los años treinta del siglo XVII: el 5 de abril de 1631 y el 3 de marzo de 1632, respectivamente.

De modo, pues, que el ciclo lustral comenzó en 1680, siguiendo el mandato del obispo García Jiménez, año en el que se trajo la imagen de Nuestra Señora de las Nieves desde su santuario del monte a la ciudad capital. Desde entonces lo ha hecho ininterrumpidamente hasta nuestros días, aunque, en el recuento histórico de los últimos tres siglos, la venerada imagen ha sido trasladada en varias ocasiones a la capital insular en rogativas y celebraciones especiales y siempre con el mismo motivo.

La iglesia de El Salvador acoge la estancia lustral de Nuestra Señora de las Nieves

Ante las adversidades y las calamidades, los caminos de La Palma se llenaron de peregrinos que acudían al pequeño santuario para pedir la intercesión de la Virgen ante las furias desatadas de la Naturaleza, tanto en sequías prolongadas como en erupciones volcánicas, incendios, plagas, enfermedades, tempestades…

Entre los hechos relacionados con la langosta se encuentra el acontecido el 16 de octubre de 1659, fecha en la que la plaga “llenó toda la isla y comió la corteza de todos los árboles y destruyó todos los pastos, con que murió mucho ganado mayor y menor y muchas cabalgaduras, yeguas y jumentos y destruyó muchas sementeras y algunas volvieron a reventar y las que comió tres veces no volvieron[10].

La crónica atestigua que se hicieron muchos sufragios, procesiones y sermones y “trújose a esta ciudad en procesión” a las imágenes de Nuestra Señora de La Piedad y el apóstol San Andrés, a San Juan de Puntallana, al Santo Cristo del Planto y también a Nuestra Señora de Las Nieves “y se tuvo en esta ciudad muchos días. Fue nuestro Señor servido, por mediación de la Virgen, que no durase esta langosta más que hasta marzo de dho. año[11].

En el transcurso del tiempo se produjeron otras situaciones de infortunio, caso de 1625, cuando llegó a La Palma un navío procedente de Inglaterra infectado de peste bubónica y en 1669, cuando otro barco en viaje a la Martinica fondeó en la rada de la capital palmera, logrando, en dichas ocasiones, que la desgracia no se expandiera sobre la población local. Siempre relacionados con prodigios y milagros atribuidos a Nuestra Señora se aprecian diversos testimonios, siendo de destacar la presencia de la Patrona, entre otras desdichas, en enero de 1768 debido a una epidemia catarral, y en junio de 1852, al haberse librado la población del cólera-morbo.

En relación a la citada epidemia, el pueblo palmero acudió a Nuestra Señora de Las Nieves implorando el remedio a la enfermedad que diezmaba a la población. Pérez Morera recoge en su trabajo sobre la Bajada de 1765 una relación sobre la terrible enfermedad que asoló a la isla. Del Libro de Acaecimientos, formado por el vicario Felipe Alfaro en 1767 y depositado en el archivo parroquial de El Salvador, observamos el siguiente párrafo:

Aviendose señalado por su merced el dia siete de marzo para el último tramo de la Procesión de allí llevar a Nuestra Señora a su propia Parroquia compuestos todos los caminos y aseandose todas las calles por donde debía transitar no se pudo conseguir hasta el día diez por las continuas lluvias que hubo en estos días (…), quedando todos los moradores desta ciudad e Ysla mui contentos y alegres por aver conseguido de dios mediante la intercesión de la Santísima Virgen María ubiesse cesado a sus primeros ruegos la cruel enfermedad que tantos estragos hasía y llovido con mansedumbre tanto que se puede decir se repitió en esta ysla el milagro que en tiempo del Señor San Gregorio aconteció en Roma…”[12].

Otro suceso célebre fue el ocurrido el 6 de abril de 1750, fecha en la que la sagrada imagen se encontraba en el convento de las Monjas Claras –hoy Hospital de Dolores- donde está entronizada “la preciosa imagen de la olvidada patrona[13] de la ciudad, Santa Águeda, como bien apunta José Guillermo Rodríguez Escudero. Se había señalado dicho día para hacer las rogativas por el hambre y la falta de lluvias que se padecía en toda la Isla. Poco después comenzó a llover intensamente y también arribó a la bahía de la capital un barco cargado de trigo, con gran regocijo del pueblo, que atribuyó todo esto a un milagro de Nuestra Señora.

El 7 de mayo de 1770 se había fijado la fecha para que Nuestra Señora regresase a su templo después de la Bajada de aquel lustro, cuando se declaró un incendio en los aledaños de la parroquia de El Salvador. La crónica describe el espeluznante episodio:

El incendio fue voracísimo y corría el viento de brisa que le impelía, y arrojaba centellas a más de cien pasos […], pero sucedió que inopinadamente se mudó y cambió el viento al Oeste, enderezó las llamas que antes corrían con vehemencia al puerto y estaban ardiendo a un tiempo dos calles y dos hileras de casas, en la plaza y calle Trasera, que arruinó en poco más de tres horas catorce casas, con pasmo de los que las vieron arder, más no se incendió otra alguna, aunque antes habían siso acometidas de centellas y carbones encendidos, después de estar a la vista de Ntra. Señora de las Nieves, conceptuando todos piadosamente, fue la asistencia de la Santísima Virgen quien libró y preservó el resto de la ciudad del fuego, impidiendo pasase adelante[14].

Cuando se decidió el regreso de la venerada imagen a su templo del monte, el día anterior había venido la imagen del patriarca San José desde su ermita capitalina hasta El Salvador para despedirse de la Patrona palmera. Dice la crónica que la noche estaba muy serena con algunas señales de viento de levante, como lo demostraba un cerco que poseía la luna “y viento al Oeste, sin truenos, tempestad ni otra novedad que unos chubascos o lluvia muy quieta, después de medianoche“. Lo sorprendente es que, amaneció toda la cumbre cubierta de nieve, “hasta el lomo que se llama de las Nieves, por estar a su falda la Iglesia de Nuestra Señora[15].

Este hecho singular, por haber ocurrido en tiempo tan avanzado de primavera, “y no haberlo visto los nacidos en unas circunstancias como las presentes de terror en que se hallaban las gentes sencillas, que oprimía los ánimos de todos, llenó de mayor consuelo los corazones, alabando las divinas piedades de la Madre de la Misericordia, que nos puso el signo de su benignidad a la vista para que no desfalleciesen, comprobó con esto el milagro de haber suspendido el castigo del fuego que nos amenazó consumir y asegurarnos con la nieve su protección, el día amaneció claro y despierto el sol, con singular gozo de las almas devotas[16].

Y es que, como escribió el recordado investigador palmero Alberto José Fernández García, “Ella es el inmenso refugio espiritual de todos los palmeros, y a Ella recurrimos cuando los titánicos fuegos volcánicos estremecen nuestro suelo, cuando las cosechas se pierden por falta de agua, cuando los grandes incendios azotan nuestros montes o nuestras casas, cuando la enfermedad se apodera de nuestra pobre naturaleza, y en tantos, tantos momentos de nuestra existencia[17].

El Castillo altivo vigila las costas palmesanas y caeda cinco años se convierte en protagonista del Diálogo

En el Diálogo, Nuestra Señora de las Nieves viaja a bordo del barco, convertido en singular protagonista

Dicho sentimiento queda plasmado, asimismo, en la elegante y sentida prosa de Gabriel Duque Acosta, pregonero de la Bajada de 1970, cuando escribe”… allá arriba en el Monte al que da nevado nombre una Señora descansan los sueños consumados, anhelos florecidos, canciones plenas y oraciones que han encontrado puerto y destino en el regazo de la Virgen. A Ella se han dirigido por los siglos y los siglos los que sufrían en el dolor de las horas vacías; a Ella han invocado el náufrago de Campeche y el miliciano aguerrido; nuestras madres y las madres de nuestras madres. Siempre fueron escuchados. Su llamada halló respuesta en el milagro o en el consuelo; en la alegría o en la resignación que es el más humano y dignificante prodigio…”[18].

La Bajada de la Virgen nació, pues, siguiendo el pensamiento y la creatividad del espíritu barroco, razón por la cual el trasfondo mariano explica también la profusión de loas sacramentales, carros alegóricos y otras representaciones de índole religiosa que nutren su imaginario simbólico, rico en matices y sustancias destinadas a la alabanza de Nuestra Señora. Y en torno a Ella y su celebración lustral se forjó, además, una consolidada tradición literaria y teatral nacida al amparo de las fiestas del Corpus Christi, “fiesta central del catolicismo, la que alcanza mayor brillantez[19], entre cuyos autores más destacados sobresalen los autores que integran el parnaso del Barroco palmero: Pedro Álvarez de Lugo y Usodemar, Juan Pinto de Guisla y Juan Bautista Poggio Monteverde[20].

De forma que, la capital palmera, como señala el ilustre catedrático palmero Manuel de Paz, “gracias a sus vínculos con el Norte de Europa, con la Península y, desde luego, también con América, pudo beneficiarse de numerosas influencias artísticas y culturales que, en el transcurso de los siglos, contribuyeron a definir su identidad como una población culturalmente inquieta[21].

 


[1] La imagen de Nuestra Señora de las Nieves es una escultura modelada en terracota y policromada, de estilo románico tardío en transición al gótico, situada cronológicamente a finales del siglo XIV, sobrevestida con ricas telas -túnica roja, manto azul y orla dorada- y aderezada con cuantiosas joyas a partir del siglo XVI. Mide 82 cm de altura y se trata, probablemente, de la efigie mariana de mayor antigüedad del Archipiélago Canario.

[2] Tres siglos después, el 15 de octubre de 1977, Nuestra Señora de las Nieves recibió la visita de los Reyes de España, Juan Carlos I y Sofía, siéndole entonces entregado a la Reina el título de “Camarera de Honor de la Santísima Virgen de las Nieves”, que había aceptado siendo Princesa de España. Su Majestad manifestó entonces al rector del Real Santuario, Pedro Manuel Francisco de las Casas, su voluntad de reafirmar el trato de realeza en el marco de la nueva monarquía constitucional, lo cual se llevó a efecto siguiendo los cauces establecidos mediante comunicación oficial y certificación de la Casa Real Española.

[3] Sus primeros elementos se labraron en 1672, con objetos tasados para ello por el orfebre Diego González. El frontal fue enviado desde Cuba en 1714 por el presbítero Juan Vicente Torres Ayala; el sagrario albergó las sagradas formas desde 1720 y las barandas constan desde 1757. [Para más información sobre este tema, véase: Fernández García, Alberto José. Real Santuario Insular de Nuestra Señora de las Nieves, León 1980; Fraga González, María del Carmen. La arquitectura mudéjar en Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1977; Pérez Morera, Jesús et al. Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad, Santa Cruz de Tenerife 2000].

[4] El Museo Insular de Arte Sacro está considerado en su género uno de los más importantes de Canarias. El edificio, proyectado por  los arquitectos Rafael Daranas y Luis Miguel Pérez, recrea una casona de dos plantas, con balcón y ventanas de tarima, construido con materiales nobles –carpintería de tea labrada, cantería gris, forja y vidrieras- y está perfectamente integrado en el conjunto del Real Santuario. Dicho espacio, junto al camarín de la Virgen –obra del arquitecto José Miguel Márquez Zárate, que remata la cabecera del templo con un lujoso acabado- fueron ideados por Alberto José Fernández García y exponen importantísimos documentos históricos, así como esculturas de distintas épocas y escuelas, pintura y orfebrería de talleres europeos y americanos; retratos históricos de Nuestra Señora de las Nieves, a través de los cuales se puede seguir la evolución del atuendo. En su vestidor cuelgan los mismos trajes con los que se la pintó confeccionados con sedas de La Palma y brocados importados de Europa, reservados para las grandes solemnidades, caso de la Bajada de la Virgen.

[5] El prelado García Jiménez (1618-1690), de origen sevillano, había sido promovido a la Silla de Canarias en mayo de 1665 por el Papa Alejandro VII y visitó La Palma por primera vez en 1666 y volvió a finales de 1675.

[6] Considerado, sin duda, una de las personalidades más relevantes de La Palma en el siglo XVII, Juan Pinto de Guisla (1631-1695), clérigo presbítero, estudió en la Universidad de Salamanca, donde se licenció en Derecho civil y eclesiástico. Fue notario ordinario, consultor y calificador del Santo Oficio y beneficiado de la parroquia de El Salvador (1656). Nombrado visitador general de La Palma por el obispo García Jiménez, realizó una loable labor en la recopilación de datos y citas de historia de la isla, evitando con ello su pérdida.

[7] Lorenzo Rodríguez, Juan B. Noticias para la Historia de La Palma. pp. 12 y ss. Tomo I. La Laguna, 1975.

[8] Op. cit.

[9] Viera y Clavijo, José. Noticias de la Historia General de las Islas de Canarias. p. 691. Tomo II. Santa Cruz de Tenerife, 1971.

[10] Lorenzo Rodríguez, Juan B. op. cit. p 197.

[11] Op. Cit. 

[12] Pérez Morera, Jesús. Notas al manuscrito “Descripción Verdadera de los solemnes Cultos y célebres funciones que la mui noble y leal Ciudad de Sta Cruz en la ysla del Señor San Miguel de la Palma consagró a María Santísima de las Nieves en su vaxada a dicha Ciudad en el quinquenio de este año de 1765”.  p 85. Santa Cruz de La Palma, 1989. 

[13] Rodríguez Escudero, José Guillermo. Santa Águeda. La olvidada Patrona de Santa Cruz de La Palma. El Día, 18 de noviembre de 2006.

[14] Lorenzo Rodríguez, Juan B. Op. cit. p. 312.

[15] Op. cit. p. 312.

[16] Op. cit. p. 313.

[17] Fernández García, Alberto José. Real Santuario Insular de Nuestra Señora de las Nieves. León, 1980.

[18] Duque Acosta, Gabriel. Pregón de las Fiestas de la Bajada de la Virgen. En Diario de Avisos, 18 de junio de 1970.

[19] Martín Rodríguez, Fernando Gabriel. Santa Cruz de La Palma, la ciudad renacentista. p. 111. Santa Cruz de Tenerife, 1995.

[20] El protagonismo de los tres eruditos barrocos en los primeros lustros de la Bajada es indudable. Pedro Álvarez de Lugo y Usodemar (1628-1706), Juan Pinto de Guisla (1631-1695) y Juan Bautista Poggio y Monteverde (1632-1707) debieron coincidir en las Bajadas de 1646, 1659 y 1676, anteriores a la institucional de 1680 y también en la de 1678 con motivo del volcán de San Antonio, en Fuencaliente. Del último de ellos se conocen varias obras dedicadas a Nuestra Señora, que coinciden en su datación con las fiestas lustrales, caso de la loa sacramental La Hermandad (1680), loa a Nuestra Señora de las Nieves y El amor divino (1685), El Pregón (1690), El ciudadano y el pastor (1695), La Emperatriz (1700) y La Nave (1705).

[21] Paz Sánchez, Manuel [de]. La Ciudad. Una historia ilustrada de Santa Cruz de La Palma. p. 47. Santa Cruz de Tenerife, 2003.

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo